Vicente Mendiola = Escuelas al aire libre (1926-1927)

Artículo publicado en el periódico “Traza. Temas de arquitectura y Urbanismo”, número 5, correspondiente al mes de noviembre y diciembre de 1983, pp. 3, en la ciudad de México.

¿Cómo y cuando nace la arquitectura del funcionalismo en México? Mucho se ha escrito hasta la fecha: hay quienes plantean que el verdadero racionalismo nació en los últimos veinte años del siglo pasado, aunque a veces un poco disfrazado de clasicismo depurado, y quienes dicen que sólo con José Viliagrán Garcia y Juan O’Gorman se dió realmente este fenómeno. Quisiéramos en estas notas acercarnos un poco más al problema, a través de una serie de construcciones quehan pasado totalmente desapercibidas a los historiadores de la arquitectura de nuestro siglo: las llamadas Escuelas al Aire libre, construidas por la Secretaría de Educación Pública entre 1926 y 1927. El proyecto fue de un joven recién graduado, Vicente Mendiola, compañero de estudios de José Viilagrán García (1), y cuyo aporte a la arquitectura moderna no ha sido aún suficientemente comprendido pese a la importancia que reviste.

Impulsadas por la Secretaría de Educación Pública ya desde la época de José Vasconcelos, pero materializadas por José María Puig Casauranc, estas escuelas tenían como intención básica romper con el sentido de enclaustramiento de los salones tradicionales. Se los quería abrir hacia espacios exteriores, para que la comunidad pudiera observar lo que allí se hacia. La educación, inmersa en los ideales revolucionarios, debía integrarse a la vida cotidiana del pueblo. Es así como nació la idea de tener aulas sin muros, edificios sin paredes: un verdadero reto a la arquitectura y a la educación.

En 1926 se realizaron seis de ellas, y una más durante el año siguiente, aunque al parecer se construyeron algunas más que no llegaron a publicarse o a darse a publicidad (2). Hacia 1930 ya imperaba una nueva tendencia arquitectónica para las construcciones escolares, y la experiencia de las anteriores fue totalmente rechazada, e incluso negada. La obra de Vicente Mendiola en los años en cuestión, fue intensa y sistemáticamente siempre dentro de los más estrictos cánones del modernismo, y en una época en que la influencia de las ideas de Le Corbusier era aún incipiente. Sólo tras su viaje por Latinoamérica en 1928-9, es que tomaría un auge más notable. Recordemos que las obras más impactantes de Villagrán, como el Sanatorio de Tuberculosos de Huipulco, se hizo en 1929, al igual que el Edificio Proveedor de Leche y el Dispensario de Higiene infantil. Por cierto, su primera gran obra, el Sanatorio de Popotla, se remonta a finales de 1925 (3). Con O’Gorman en cambio, sus escuelas y primarias casas funcionalistas (la suya propia y la de Diego Rivera, por ejemplo) son de 1929, al igual que sus escuelas primarias (4).

En ciertos aspectos hay notables paralelis­mos entre las primeras obras de Mendiola y Villagrán, pese a que el uno entró en la Secreta­ria de Educación Pública y el otro en la Secre­taria de Salubridad Pública. Cada uno de ellos estudió el problema de la “casa minima”, y cada uno resolvió a su manera. En el caso de Men­diola tenemos varias muestras construidas en las escuelas que veníamos describiendo, como las “casas para el conserje” de varias de ellas. Fueron construidas en el mismo año de 1926 en que Villagrán hizo su “casa para el portero”, del Instituto de Higiene, considerada hasta hoy como única y primera en México (5).

Los planteamientos básicos eran los siguientes: se necesitaban escuelas integradas al medio, baratas de construir, con cabida para el mayor número posible de alumnos, donde se realizaran actividades tradicionales (como cría de caballos, conejos y gallinas, talleres, etc.); debían tener un alto grado de higiene, buena iluminación y asoleamiento, y debían estar ubi­cadas en colonias marginadas. Todo esto llevó a la realización de estudios detallados sobre sistemas constructivos, orientación, decora­ción e higiene, pioneros para su época.

Las escuelas consistieron por lo general en tiras de cuatro a seis abiertas por tres, dos o uno de sus lados, con jardines y huertas inter­medios, talleres de trabajo manual, una arqui­tectura sumamente simple de construir, y una ornamentación mínima, enmarcada dentro de los nacientes cánones del Art Déco y el mura­lismo mexicano, en pleno auge en esos años. Las colonias que le vieron erigirse tuvieron una participación activaen las obras para desagües y pavimentos, y la idea de que los padres pudie­ran observar el desarrollo de las clases —a distancia y sin intervenir— fue una novedad bien recibida en la época, “con el natural resul­tado de estímulo y aplauso, o desaprobación, de la sociedad para las labores de la escuela” (6).

Así se construyeron rápidamente las escue­las Alvaro Obregón (la primera de ellas, en el barrio de Atlampa), la Niños Héroes (Mesones y Cruces), Narciso Mendoza (Plomo y Proaño), Dr. Ruiz (en la calle Dr. Arce), Cuauhtémoc (Costa Rica y República Dominicana), El Pípila (hoy en Constituyentes, frente a Chapultepec) y la escuela de Balbuena. Todas ellas han sido, al día de hoy, o destruidas totalmente, o sus edificios originales se integraron como partes de construcciones modernas que las modifica­ron casi por completo.

Lo interesante de estas escuelas, más allá de que su resultado histórico haya sido bueno o no, es el sentido de experiencia. Es la posibi­lidad de romper totalmente con la legislación vigente y plantear alternativas novedosas. Las escuelas de O’Gorman, excelentes por cierto, fueron el resultado de unainversión millonaria (de poco más de un millón de pesos), quefue una cantidad infinitamente más grande de la que pudo disponer Mendiola. Otros resultados por otras posibilidades.

Es así que lo que queremos, ademas de res­catar este experimento pedagógico-arquitectónico, es replantear cuáles son los mecanismos metodológicos para analizar la arquitectura moderna en un país como México. ¿Se es más moderno cuando se copia más rápi­damente una tendencia europea o norteameri­cana? ¿O cuando se experimenta con las posibilidades verdaderas, creando nuevas pro­puestas acordes a las características reales del país?

Vicente Mendiola, nacido en 1900 y aún activo en la docencia y la construcción en todo el país a sus 83 años de edad, se recibió de arquitecto en 1925. Realizó trabajos ya antes de graduarse, con una posición teórica que ha sostenido en forma sistemática a lo largo de su vida: cuando la arquitectura moderna puede resolver un problema, es obvio que debemos utilizarla; pero cuando no es así, la tradición y la utilización de los elementos clásicos todavía sigue siendo válida. Algunos podrán discutir este principio, pero éste posibilitó que en ambos campos, el moderno y el tradicional, Mendiola realizara aportes importantes. Durante los años que van de 1925 a principios de 1928, cuando se construyeron sus escuelas abiertas, realizó otras obras que causaron sen­sación en un México todavía poco acostum­brado al modernismo y al naciente Art Déco. Por ejemplo, la construcción del edificio de la Alianza de Ferrocarrileros Mexicanos fue real­mente de una modernidad casi estridentista. Lo mismo sucedió con la nueva Estación de Bomberos e Inspección de Policía, aún en uso y casi sin modificaciones. Hizo también otras escuelas, dentro de un estilo diferente: La Escuela Industrial Rafael Dondé en el Distrito Federal, y las Escuelas Agrícolas de Celaya, Champuzco y Tenerla. La residencia del gene­ral Plutarco Elías Calles y la tumba de su esposa, culminaron esos tres años de intenso trabajo (7).

Un último aspecto a destacar, es el proceso de paulatino mejoramiento de las Escuelas, a medida que se iban construyendo. Por ejem­plo, la primera tuvo piso de ladrillo, la segunda de cemento y las sucesivas de concreto cubierto con asfalto. Lo mismo sucedió con la separación entre las aulas. La primera sólo tenía un límite formal entre una y otra, pero más tarde se levantaron muros entre ellas, y sólo quedó abierto un lado, que se cerraba mediante una cortina de lona. La estructura de casi todas ellas fue de concreto a la vista, cosa notable en su momento, y sólo el interior de los salones se pintaba de diferentes tonos de verde, amarillo y ocre, para alegrar la vista y simplificar la limpieza y el mantenimiento.

Es así como estas obras sencillas pero muy bien pensadas, que han pasado desapercibi­das para la historia y la crítica, son un buen ejemplo de la primera arquitectura de la revolu­ción; construcciones que fueron a la vez un experimento de arquitectura y de pedagogía, y una alternativa válida para un momento histó­rico muy particular.

Notas y bibliografía

(1)   Esa generación de la Academia de San Carlos fue fundamental para el desarrollo de la arquitectura moderna. Además de Mendiola y Villagrán, podemos citar a Juan Segura, Roberto Alvarez, Carlos Obregón Santacilia y Carlos Tarditi. Villagrán se recibió en 1923 y Mendiola presentó su tesis en 1924.

(2)    Las escuelas al aire libre en México, Secretaría de Educación Pública, México, 1927. Existen algunas referencias en los números del Boletín de la Secreta­ria de Educación Pública, de los años 1926 a 1928.

(3)   Ramón Vargas, “Apuntes para una biografía” y Salvador Pinoncelly, “Obras maestras de José Villa­grán García”, ambos artículos incluidos en Cuader­nos de Arquitectura, no. 4, México 1962. Daniel Schávelzon y Rosa María Sánchez Lara, “La arquitec­tura moderna en México”, Summarios, vol. VII, no. 39, Buenos Aires, 1980.

(4)   Graciela de Garay, La arquitectura funcionalista en México (1932-1934): Juan Legarreta y Juan O’Gor­man, tesis de licenciatura en historia, UNAM, México. 1978.

(5)   Destacado por Salvador Pinoncelly, op. cit.

(6)   ldem nota 2, pág. 11.

(7)   Israel Katzman, La arquitectura del siglo XIX en México, UNAM, México. 1973. “Testimonios vivos: 20 arquitectos”, Cuadernos de Arquitectura y Conserva­ción del Patrimonio Artístico, nos. 15-16, INBA, México, 1981.

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