“La antigua fuente de la Plaza Mayor: traer el agua”
marzo 19 2013 |
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La arqueología construye su conocimiento a través del estudio de los restos materiales y su contextualidad en el espacio y el tiempo. Esta definición, quizás simple pero por todos aceptada, permite que proyectemos nuestro trabajo hacia espacios físicos diferentes de aquellos con los cuales la arqueología tradicional trabaja -es decir el suelo-, para intentar aplicarla al estudio de los muros de los edificios históricos. Sin duda esto no es nuevo y la bibliografía internacional lo ha tratado en forma reiterada, pero en nuestro medio sigue habiendo un corte casi imposible de salvar entre el suelo y el espacio superior. Una pared, cualquiera que sea, implica no sólo un conjunto de objetos diversos -ladrillos, piedras, cal, arena, cemento, revoques, pinturas, inscripciones, molduras- dispuestos en el espacio y el tiempo, sino también un complejo conjunto de actividades sociales que dejaron su impronta. Los muros fueron levantados por alguien en particular, en un momento concreto, con técnicas y materiales específicos y con una decoración acorde a un momento y a una intención particulares. Y además, con una función específica determinada por un proyecto explícito o implícito en la mente de quien o quienes los levantaban.
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Mendoza
El Museo del Área Fundacional preserva el predio, parte de los pisos y varios restos de objetos que pertenecieron al Ayuntamiento de Mendoza. El edificio se vino abajo con el terremoto de 1861.
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Introducción
Durante el mes de enero de este inicio del Milenio los diarios de la ciudad de Mendoza tuvieron una noticia en la primera plana día tras día: se estaban haciendo importantes descubrimientos arqueológicos en donde había estado la iglesia y convento de San Agustín (1). Únicamente un tema similar en la historia de la ciudad tuvo semejante repercusión: fue la excavación y restauración de las cercanas ruinas jesuíticas de San Francisco. Esas ruinas estaban a la vista y preservadas; de San Agustín sólo quedaba el vago recuerdo entre los viejos vecinos; es más, había una enorme escuela encima del lugar: ¿qué pasaba realmente? Lo que saltaba entre las líneas de las noticias iba por cierto mucho más allá del interés o curiosidad por el “descubrimiento” de objetos del pasado; muchos comenzaron a recordar que San Agustín había sido un sitio en ruinas conservado hasta inicios de 1954, que incluso fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1941, y que luego —por motivos que discutiremos aquí— fue “dado de baja” y demolido. La idea que afirmaremos en este artículo es que aún cuando se demuela un sitio histórico, borrándolo de la faz de la tierra, nunca se lo destruye totalmente, pues de algún modo permanece en la memoria colectiva. La repercusión del descubrimiento de las ruinas en los medios locales y la avidez de la gente por acercarse hasta el lugar reflejan esa sensación de haber recuperado un bien perdido. Esto justamente es lo que posibilita la indagación en el subsuelo por medio de la investigación arqueológica, procediendo a su salvataje y puesta en valor.
La iglesia y convento formaron parte de la ciudad como propiedad de la orden de los agustinos; el primer templo fue construido al adquirirse este terreno hacia 1650 y luego sufrió demoliciones y cambios de todo tipo, hasta la construcción del enorme edificio que llegó al terremoto de 1861, cuya obra se hizo entre 1782 y 1803. Sus bienes, propiedades y estancias eran las más importantes de la provincia luego de los jesuitas, pero el convento quedó vacío tras la reforma rivadaviana, pasando al estado en 1825 y más tarde a la Dirección General de Escuelas de la Provincia.