Recomendaciones para la preservación de sitios arqueológicos
marzo 4 2013 |
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Este material se ha vuelto a publicar en la página web oficial del Instituto de Arte Americano e Investigaciones Estéticas “Mario J. Buschiazzo”, acompañando a la biografía del primer director de dicho Instituto.
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Esta tesis de maestría presentada en 1981 cuando este tipo de temas, es decir la historia y la teoría de la restauración, estaban aun en sus inicios, es una reconstrucción de la versión original perdida. Hemos usado un borrador conservado, artículos contemporáneos, sectores fotocopiados por amigos que los guardaron y el reencuentro reciente en México de las fotografías. Los cambios que están ocurriendo en las bibliotecas de la UNAM con la digitalización hicieron imposible encontrar el ejemplar que allí debe existir, sin el tiempo suficiente y entre otras miles. Creemos que salvo algunas diferencias mínimas se la logró rehacer incluso en las notas y bibliografía. Sabemos que hay faltantes en las notas al pie del capítulo 1, únicas que no pudieron salvarse completas.
Resulta ahora interesante observar que muchas de estas ideas, pese a los tremendos cambios en la des-ideologización del problema que caracterizó la década siguiente, fueron discutidos, elaborados y publicados por otros y por mí mismo, lo que significaba que el tema existía. Y algunos interrogantes, pese a lo simple de los planteos, siguen aun en pie. Por otra parte fue útil para demostrar que quienes son considerados como los creadores de la restauración, Ruskin y Viollet-le-Duc, no tuvieron influencia real en América Latina y aparecen con los historiadores del tema a partir de la década de 1970, como manera de cubrir sus propias faltas de información en lo que sucedió en América Latina.
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Presentación
La preservación de sitios arqueológicos en nuestro país es un tema complejo que, pese a su importancia, ha avanzado poco. Ya hay trabajos que han revisado las pocas experiencias que tenemos y por cierto no todas son tan buenas como podría suponerse, pero también hay indicios de que algunas cosas están cambiando. Es en esa línea en que estas normas se insertan, es decir dar algunas reglas básicas para que el trabajo del arqueólogo o de quienes tienen a su cargo el cuidado de un sitio, no interfieran con la preservación y con la futura restauración. Básicamente están pensadas para conciliar el trabajo arqueológico, que necesita de la excavación, con la no destrucción de datos habitualmente no relevados que son de importancia para la restauración. Siempre debemos tener en cuenta que si la arqueología es una ciencia que reconstruye el pasado a partir de la interpretación de contextos, la restauración también los necesita, y una vez excavados difícilmente se pueda obtener información no recabada antes. Nadie puede decidir por su propia cuenta si la obtención de información arqueológica es de mayor o menor importancia que la preservación del sitio en si mismo.
Estas normas son mínimas, acordes a las normativas internacionales vigentes, pero pensadas para una realidad donde, a diferencia de la mayor parte del mundo, el arqueólogo no trabaja junto con el restaurador. De esta forma el profesional podrá tomar decisiones sobre su trabajo especifico de tal forma que no afecte acciones futuras y sin distraer sus objetivos de investigación. De otra forma seria contradictorio predicar la conservación del patrimonio y a la vez ser factor de alteración o destrucción no reversible. Por supuesto esta normas se complementan con una bibliografía accesible para quien esté interesado en ampliar el tema y se complementan con otras dos: la Ficha para el relevamiento de arquitectura arqueológica (Magadan 1988) y las Normas mínimas para restaurar sitios arqueológicos prehispánicos de próxima difusión.
Como siempre las normas tienen límites imposibles de definir y el profesional a cargo de una excavación tendrá que decidir por su cuenta; únicamente se recomienda tener presente la perspectiva interdisciplinaria con que estas normas han sido pensadas.
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Los argentinos tenemos dos edificios que, casi sin duda alguna, son los más significativos de toda la historia del país: la Casa de la Independencia en Tucumán y el Cabildo de Buenos Aires. Pero pese a su importancia, repetida en miles de ilustraciones y descripciones con las que se bombardeó a diario a generaciones enteras de argentinos en todo el país, ambas fueron demolidas y hoy no son más que copias, bastante alejadas de lo que realmente fueron. El Cabildo fue recortado, mochada su torre, destruido el frente completo, sus interiores, los patios y las construcciones que los rodeaban; la Casa en Tucumán fue necesario excavar para encontrar los cimientos para las paredes que hubo que rehacer. Esto sucedió entre 1938 y 1940 —la reconstrucción—, y en 1978 Tucumán vio la demolición de toda la manzana que rodeaba al edificio histórico que ahora es un baldío monumental; y se salvaron de milagro sus medianeras que se iban a transformar en columnatas.
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