Un grupo de códices falsos atribuidos a José Mariano de Echeverría y Veytia.

Artículo publicado en la revista Mesoamérica, publicación del Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica y Plumsock Mesoamerican Studies, número 22, año 12, correspondiente al mes de diciembre de 1991, en pps. 323 a 330, ISSN 0252-9963, Woodstock, VT, Estados Unidos de América.

El pasado 1989, se nos presentó la oportunidad de fotografiar en Madrid ocho códices que se encuentran en manos de un prestigioso librero, y que formaban un cuadernillo cuya carátula estaba firmada por José Mariano de Echeverría y Veytia en 1744. De ser verdadero, se trataba de un descubri­miento de primera importancia, ya que permitía demostrar el origen y destino del grupo de ocho ruedas calendáricas las cuales, desde los tiempos en que estuvieron en manos de Sigüenza y Góngora, han estado quitando el sueño a muchos eruditos: el cuadernillo era sin duda excepcional y de un valor incalculable. No se trataba del único, sino que formaba parte de varios documentos históricos más modernos escritos por Francisco del Paso y Troncoso, en especial borradores de su obra sobre Sahagún.

Respecto a los calendarios o ruedas calendáricas, como se les ha dado en llamar, existe una vastísima bibliografía y por el mundo circulan muchas copias de diversa antigüedad cada una de ellas. Veytia lleva su nombre asociado a éstas, ya que fue quien las incluyó en sus manuscritos, y fueron parcialmente publicadas en 1836 por primera vez como un conjunto. A la muerte de Veytia, su hijo hizo una relación de sus obras, en la cual incluyó lo siguiente:

Un tomo de la Historia general del Reyno, con dos libros primero y segundo, y parte de otro, compuesto de cuarenta y cuatro cuadernillos, y cuatrocientas setenta y seis fojas, con exclusión de las sueltas de notas y adiciones.

Otro libro intitulado: Discurso preliminar de la historia antecedente, en dos cuadernos.

Otro primero, de la referida historia general, con siete cuadernillos y ocho calendarios, que es el orden como se habían de colocar, en fojas setenta y una, y concluía con el método de contar las semanas en Mechoacán.

Un cuadernillo de tablas cronológicas.

Otros nueve cuadernillos sueltos.

La historia es por cierto más antigua y se inicia con Carlos de Sigüenza y Góngora, quien al parecer los tuvo en su poder; a la muerte de éste, sus papeles se dispersaron y una buena parte terminó en poder de Lorenzo Boturini un siglo más tarde (1). Uno de los calendarios llegó directo de manos de Sigüenza a un viajero, Gemelli Carreri, quien lo publicó en 1699-1700; se trataba del número 4 de la colección. De éste se hicieron luego varias copias, más o menos fidedignas, las que tuvieron a su vez diversas ediciones. Boturini debió tener estos papeles en su poder desde quizás 1736 hasta que fueron confiscados en 1743. Recordemos que al año siguiente llegó a casa de Boturini el joven Veytia. Los documentos que aquí discutimos están fechados en 1744; Boturini publicó su catálogo de documentos, recordados de memoria en 1746 (2). Veytia más tarde en su Historia escribe:

Yo he trabajado en esta obra con notable esmero y girando siempre sobre los mismos principios que establece Boturini, y aprendí de él. Me he valido no sólo de los propios manuscritos y documentos que él recogió, sino también de las mismas tablas cronológicas que él dejó comenzadas de su puño: sin embargo, no alcanzo ni percibo el cómputo que él se figuraba (3).

De todas formas, la rueda número 2 la había publicado ya fray Diego Valadés en su Rhetorica Christiana de 1579. Desconocemos si fue en Madrid cuando don Mariano hizo copias de estos papeles, si es que las hizo, pero sin duda fue la oportunidad para hacerlo. Lo que sí sabemos es que los calendarios fueron a parar a manos de Juan Bautista Muñoz en Madrid en 1780, y en la colección de éste se incluyeron también cuatro variantes de las ruedas originales.4 En este proceso debe haber sido copiado el calendario número 5, o simplemente retirado, llegando a poder de Lorenzana, quien lo publicó en 1770; en algún momento antes o después, de ese mismo códice se hicieron copias que fueron dadas a conocer después de Lorenzana. Aparte, también tuvo movimientos grandes el texto escrito por Veytia, el cual apareció en 1782 en México. Para terminar con esta primera etapa, el calendario número 2 posiblemente siguió un recorrido diferente aunque paralelo, llegando a poder de Joaquín García Izcabalceta mucho más tarde, para terminar actualmente en Austin, en la Biblioteca de la Universidad de Texas.

El traspaso de la Colección Muñoz, donde quedaron varias copias incom­pletas, hacia México es aún difícil de reconstruir, aunque por lo menos una parte la tuvo en su poder Antonio León y Gama en 1802 (5). Lo que resulta cierto es que las copias eran muchas: el texto y siete calendarios, provenientes de un obsequio hecho por el brigadier Antonio Bonilla, secretario del virreinato a Joaquín Pérez Gavilán, quien a su vez los pasó a C. Francisco Ortega, quien procedió a realizar la primera edición en 1836. El mismo Ortega, en ese mo­mento prefecto de Tulancingo, los envió al museo que se estaba formando en Tlalpán, del cual no hay más noticias salvo su dato de que “deben existir en la biblioteca de Toluca” (6). Tengamos presente que ya se sabía que en la colección había “siete cuadernillos y calendarios, que es el orden como se habían de colocar, en fojas 71, y concluía con el método de contar las semanas de Me­choacán” (7). También es posible que sea cierta la afirmación de que todo lo que estuvo en poder de Bonilla y de Ortega no haya sido original de Veytia, y menos aún antiguo, sino que sería una copia hecha sobre lo existente entre los papeles de Muñoz para su gran Historia general de América. Según Ortega, la portada del manuscrito llevaba la fecha 1782 y no 1744 como se lee en los calendarios del cuadernillo. Tampoco parece ser el manuscrito usado en 1836 el que actualmente se halla en el Museo Nacional de Antropología, ya que se trata de una copia incompleta, reducida, que perteneció a Diego García Panes y luego a José Ignacio Esteva, quien la regaló al Primer Congreso Mexicano cuando ocupaba el puesto de diputado, pasando de allí al Museo Nacional.

El editor de Veytia escribió en su introducción que sólo los grabados números 1, 2 y 5 “son indudablemente copias suyas [de Veytia]”8; los números 6 y 7 lo fueron de las existentes en el museo y se aclara que “se han hecho algunas ligeras variaciones, para que quedasen enteramente conformes con la explicación del texto” (9); la rueda número 4 fue tomada de Gemelli Carreri y la tercera simplemente inventada por el editor. El códice número 2 desapareció entre 1892 y 1907.

La segunda edición de estas ruedas calendáricas se hizo en 1907, y estuvo a cargo de Genaro López, conocido copista y litógrafo del Museo Nacional, que trabajaba con Francisco del Paso y Troncoso (10), y a quien atribuiremos más adelante la autoría (o falsificación) de los manuscritos que aquí discutimos. La edición fue hecha con cierta calidad a partir de un grupo de láminas que estaba en poder de Troncoso desde 1888 por lo menos, y que él había estudiado con detenimiento en 1892; cabe señalarse que fue ya la primera vez que se incluyó el Códice Boban como el octavo calendario. En el prólogo de la reedición de 1973, que a su vez se originaba de la de 1907, Ignacio Bernal escribió que “las dos series [la de 1836 y la de 1907] tienen evidentemente una base común aunque ambas han sido alteradas, redibujadas y añadidas con anotaciones en español” (11); y aclara con respecto al códice Boban que “Veytia no debió haberlo conocido, pues en ese caso lo hubiera incluido con los otros que estudiaba en su obra”. Es decir, que López y García debieron incluir el octavo calendario como decisión propia, sin que mediara explicación alguna, suponiendo de buena o mala fe, que éste era el octavo en cuestión: ¿tuvieron López y García en su poder este cuadernillo de ocho códices y se basaron en ello para la edición? Es muy difícil saberlo.

Es oportuno recordar que la historia del Códice Boban es diferente a la de los otros siete, y no tenemos prueba alguna de que haya estado en poder de Boturini, ya que de haber sido así, él mismo lo hubiera descrito con detalle. Con la información existente se lo puede rastrear hasta el abate Charles Brasseur de Bourbourg quien lo tuvo en su colección. De allí lo tomó su amigo el coronel Doutrelaine para publicarlo por primera vez (12). De Brasseur pasó a la colección de Joseph Aubin; más tarde a la colección de Goupil en 1889 y en 1891 lo publicó Eugene Boban, de donde tomó su nombre. Fue luego adquirido por Alphonse Pinart, luego por el norteamericano C. F. Gunther y llegó a su destino actual en la John Carter Brown Library de Rhode Island, previo a un corto período en la Chicago Historical Society. Es decir, que hasta la edición de Veytia de 1907, no había ninguna asociación entre todo el grupo de códices y éste, y a nadie se le había ocurrido incluir al Boban entre los otros publicados para completar el juego de ocho. Podría ser que este cuadernillo le hubiera llegado, o le hubiera sido vendido a Francisco del Paso y Troncoso, y que éste, obrando de buena fe, hubiera asumido que el conjunto era una sola unidad, incluyéndolo en la edición de 1907 que estuvo a cargo de Genaro García y copiado por López. Este hecho nos hace suponer que se trata de una verdadera falsificación, hecha con anterioridad a esa última fecha, pero con posterioridad a la publicación del códice en 1867, del cual fue copiado el del cuadernillo.

Hasta el presente no existen pruebas de ninguna índole que puedan atribuirle a Boturini la tenencia del códice Boban. Por el contrario, el estudio sistemático de su colección hecho por John Glass (13) a través de todos y cada uno de sus catálogos y listas de sus pertenencias, indica que en su poder sólo se hallaban las ruedas calendáricas 1, 3, 5, 6 y una copia del original de la 7; es más, sólo los números 5 y 7 están citados en los inventarios realizados en 1743 y 1745, y al parecer ambos habían desaparecido poco más tarde. En otras palabras, se podría poner en duda la posibilidad de que Veytia hubiese siquiera copiado los códices de Boturini en 1744; menos aún podría ésta ser una copia de otra copia de Veytia, dada la diferencia de letra con otros manuscritos del mismo autor.

Quizás sea oportuno resumir lo dicho y nos basaremos en el estudio de John Glass: de los siete calendarios incluidos en la edición de Veytia, con la posible excepción del número 2, todos los originales están extraviados, y sólo es posible asegurar que dos de ellos estuvieron realmente en manos de Boturini (14). El que don Mariano haya visto los ocho calendarios reunidos es, por así decirlo, casi imposible. Existen copias de séis de ellos en el códice 35-54 (hace falta el número 2), entre los capítulos de la Historia del origen de las gentes que poblaron la América septentrional, en el Museo Nacional de Antropología. No existen pruebas de que el manuscrito ni las copias sean de mano del autor y ya narramos la historia de su publicación en 1907.

También en Madrid existen actualmente siete calendarios y cuatro va­riantes en la colección Muñoz, conjunto que aún permanece inédito. Del grupo usado en 1836 los calendarios 1, 2, 5 y 7 fueron copiados de otros desconocidos actualmente; ya hemos visto la historia de este manuscrito y su destino. Respecto a los siete códices podemos recordar que el primero es una rueda fechable para 1649-1700 y debió ser un verdadero original azteca. El segundo, un ciclo de 260 días, tiene al parecer su origen en la versión existente actualmente en la Universidad de Texas. El códice número 3, cuadrado, fue posiblemente reconstruido tanto en 1836 como en 1944, por falta del original, a partir de su descripción. El cuarto, del que sabemos proviene de la edición de Gemelli Carreri, fue usado gracias a Sigüenza. Es fácil comprobar las diferencias existentes entre esa copia y la de Veytia puesto que la de Carreri gira hacia la izquierda, mientras que las posteriores giran hacia la derecha. Otras variantes se pueden observar también en las publicadas por Lord Kingsborough (1831-1848), Constantini (1778) y Isidro Gondra (15). El códice 5 es el que fue publicado por Lorenzana y existen varias otras copias del siglo XVIII. Se trata de un calendario tlaxcalteca de 365 días, que ha sido atribuido a Santos y Salazar (16). Existen copias en el Museo Nacional (códice 35-125), en el Archivo General de la Nación y en la Real Academia de la Historia en Madrid. El sexto, en realidad, bien podría ser sólo una ampliación de la parte central del siguiente. El séptimo debió pertenecer a Boturini; quizás sea tlaxcalteca, según Troncoso (17), y existe por lo menos otra variante en el Museo Nacional (códice 35-124).

El cuadernillo en discusión es de papel antiguo, sin marcas de agua salvo lineas verticales y su color es amarillento. La tinta es de pluma y de color violáceo, el mismo tono que toma la tinta negra tras mucho tiempo de decolorarse a la luz. Todas las hojas tienen el mismo tono de tinta, y ésta a veces traspasó el papel, manchando el reverso. Las hojas miden 20.5 centímetros por 24.5 centímetros. La primera lleva escrito: “Soy de Mariano Jph. Fernandez de Echeve / ria y Veytia / Contiene geroglíficos de todos los mapas de / los indios / Apuntes del Sr. Dn. M. Lorenzo Boturini Be / Naduci / Madrid en 26 días de abril de 1744 / Rúbrica”.

En las hojas siguientes se encuentran los ocho dibujos, cada uno con su número al pie, trazados con una pluma dura, sin experiencia alguna de dibujo, hasta burdamente, estando el segundo salido de la hoja, por error o por haber estado en una hoja más grande y que fue mal cortada más tarde. En el séptimo códice se lee al pie: “de la Corte / Rúbrica LBB. / Cbro. de Hono” con la misma letra que la portada; en el último códice se lee: “Unicos geroglíficos de la Cronología / de los Indios / Nva. Epña junio de 743 / LBB”.

Respecto a la historia del manuscrito, sabemos que fue adquirido en México hace pocos años junto con los citados papeles de Francisco del Paso y Troncoso, los que pudimos ver comprobando que eran auténticos, e incluso presentaban pruebas de edición corregidas de algunos de sus libros. Esto, si bien no es prueba de ningún tipo, nos permite acercarnos a una hipótesis sobre el autor de este cuadernillo, y a tratar de dilucidar si se trata de una copia o talco de un original de Veytia, o simplemente de una falsificación.

En primer lugar, desde ya hace muchos años se ha puesto al descubierto la obra de un falsificador mexicano, Genaro López, copista de códices y dibujante del Museo Nacional entre 1885 y 1900 (18). Fue López un eximio copista y llevan su firma muchas de las mejores ediciones de códices de México, ya que tal era su trabajo: hacer copias exactas para su edición. Quedan los dibujos para la Junta Colombina como homenaje a su capacidad. López mantuvo siempre una estrecha relación con Francisco del Paso y Troncoso, primero en el museo y más tarde como acompañante de sus largos viajes a España, donde copió el códice Matritense y luego las ilustraciones de Sahagún (19). También él firmó las ilustraciones a color de las ruedas calendáricas de Veytia publicadas por el museo en 1907. El problema es que López, además de este trabajo, hizo una serie de otras copias que fueron vendidas como originales; esto es, hizo falsificaciones. Lo antes expuesto nos lleva a pensar que, posiblemente, haya sido este hombre el único que pudo reunir la información histórica necesaria para escribir la carátula, que conocía el orden y contenido de los calendarios y la posibilidad de que el octavo fuera una rueda similar al códice Boban. La única duda es la ligereza del trazo, el copiado de las roturas (en el octavo códice) y el borroneado de las partes complejas de dibujar; esto podría hacer suponer que la autoría fuese de alguien menos entrenado en estos menesteres. También podría pensarse en un borrador rápido hecho por encargo del mismo Troncoso para luego continuar trabajando, pero eso no explica el por qué de la imitación de la firma o el uso del papel antiguo.

La presencia de códices falsificados es muy antigua, aunque no tanto como la de cerámicas y otros objetos prehispánicos; sabemos que al conde Waldeck le fueron vendidos dos de ellos, el códice de la Conquista de Azcapotzalco y una rueda calendárica en 1831, ambos claramente falsificados. El manuscrito número 1 de Chavero, códice que según él había pertenecido a Pichardo, es también falsificado; recordemos también que Pichardo falleció en 1812 (20). Esto nos permite ver que para finales del siglo XIX ya había en México una larga tradición de falsificaciones, las que eran adquiridas incluso por los especialistas.

En la actualidad, las copias conocidas de estas ruedas calendáricas se encuentran en los siguientes lugares: en la biblioteca de la Universidad de Texas en Austin, el número 2 está incluido en un manuscrito de Motolinía; en la biblioteca W. I. Clements de la Universidad de Michigan en Ann Arbor el número 5; en la biblioteca Newberry de Chicago el número 4; en la biblioteca del Congreso en Washington, D. C., un juego del 1 al 7 en un manuscrito de Veytia; y en la biblioteca de la Universidad de Yale en New Haven otro juego similar. También se encuentran copias en la Biblioteca Nacional de París, donde se encuentra el número 2 en la versión de Valadés copiada por Pichardo y otra variante anónima, y el número 4 en copia de Pichardo; en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia se encuentra un juego de los siete códices junto al manuscrito de Veytia y otras dos copias del número 5; en México se halla en el Museo Nacional un juego del 1 al 7 y su respectivo manuscrito en el Archivo Histórico de la biblioteca y una copia del número 2; en la Colección de Códices se encuentran los números 1, 3, 4, 5, 6 y 7; salvo el primero, todos los demás pertenecieron a Troncoso; en el Archivo General de la Nación se encuentra una copia del número 5.

De todas formas, la atribución a Genaro López de estas copias no puede ser demostrada; menos aún la intención de engañar a Troncoso, haciéndole presumir que la octava rueda calendárica era el códice Boban para que más tarde él mismo propusiera publicarlo a través del Museo Nacional, en 1907. Sin embargo, entre las incógnitas que quedan pendientes en este caso se suma ahora una más: ¿por qué un eximio copista hizo dibujos tan burdos, a los que les falta incluso partes y detalles? Podemos suponer que lo único que le importó es mostrar que Veytia, quien habría copiado a la ligera los originales de Boturini, le daba la razón, y por ello era necesario hacer una nueva edición más cuidadosa. Todo esto difícilmente pase alguna vez de ser algo más que una simple conjetura, pero abre muchas interrogantes sobre las tantas copias que circulan de estos calendarios, generalmente fechados para el siglo XVIII y XIX, y que en muchos casos no fueron copias sino directamente falsificaciones, hechas con el afán de engañar y no simplemente de reproducir un documento para su estudio.

NOTAS

  1. Manuel Ballesteros Gaibrois, “Los papeles de Lorenzo Boturini”, Documentos inéditos para la historia de España 5 (Madrid: Editorial Maestre, 1947); y John B. Glass, “A Survey of Native American Pictorial Manuscripts”, en Handbook of Middle American Indians, Robert Wauchope, editor general (Austin: University of Texas Press, 1972), XII: 3-80.
  2. Lorenzo Beneduci Boturini, Idea de una nueva historia general de la América Septen­trional (Madrid: Juan de Zúñiga, 1746).
  3. José Mariano Fernández de Echeverría y Veytia, Historia antigua de México, prólogo de C. F. Ortega (México, D.F.: Juan Ojeda, 1836), I: 51-52.
  4. Charles Gibson, “A Survey of Middle American Manuscripts in the Native Historical Tradition”, en Handbook of Middle American Indians, XIV: 311-400; y Glass, “A Survey of Native American Pictorial Manuscripts”.
  5. Margarita Moreno Bonett, “Veytia: la vida y la obra”, Boletín del Instituto de Investigaciones Bibliográficas 14/15 (México, 1978), pp. 479-534; y John B. Glass, “A Survey of Native Middle American Manuscripts”, en Handbook of Middle American Indians, XII: 81-252.
  6. Veytia, Historia antigua de México.
  7. Veytia, Historia antigua de México, XII y XIII.
  8. Veytia, Historia antigua de México, pp. 191-196.
  9. Veytia, Historia antigua de México, pág. 195.
  10. Silvio Zavala, Francisco del Paso y Troncoso, su misión en Europa (1892-1916) (México, D.F.: Museo Nacional, 1938).
  11. José Mariano Fernández de Echeverría y Veytia, Los calendarios mexicanos, prólogo de Ignacio Bernal (México, D.F.: Edición de Papel y Cartón de México, S. A., 1973).
  12. Coronel Doutrelaine, Archives de la Commission Scientifique du Mexique (Paris: Ministére de l’Instruction Publique, 1867), III: 120-133.
  13. Glass, “A Survey of Native American Pictorial Manuscripts”; y “A Survey of Native Middle American Manuscripts”.
  14. Catálogo de la colección de códices [del Museo Nacional de Antropología] (México, D.F.: INAH, Museo Nacional de Antropología, 1964), pp. 102-104.
  15. Joseph A. Constantini, Sobre el origen de los americanos, reedición de la de 1778, Reimpresos del Instituto de Investigaciones Antropológicas Publicación 8 (México, D.F.: UNAM, Instituto de Investigaciones Antropológicas, 1982); y Isidro Rafael Gondra, Expli­cación de las láminas pertenecientes a la Historia Antigua de México y a la de su conquista que se han agregado a la traducción mexicana de la de W. Prescott, publicada por Ignacio Cumplido (México, D.F.: Imprenta y Litografía del Editor, 1846), lámina 7, pp. 45-47.
  16. George Kubler y Charles Gibson, The Tovar Calendar, Memoirs of the Connectict Academy of Arts and Sciences XI (New Haven: Yale University Press, 1951): 60; y Charles Gibson, Tlaxcala in the Sixteenth Century (New Haven: Yale University Press, 1952), pág. 268.
  17. Zavala, Francisco del Paso y Troncoso, pág. 270.
  18. Glass, “A Survey of Native Middle American Manuscripts”, pág. 302.
  19. Zavala, Francisco del Paso y Troncoso, pág. 7.
  20. Glass, “A Survey of Native Middle American Manuscripts”.

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