La primera excavación arqueológica de América: Teotihuacán en 1675

Artículo publicado en Anales de Antropología, tomo I, “Arqueología y antropología física”, pps. 121-134, del Instituto de Investigaciones Arqueológicas, Universidad Nacional Autónoma de México, 1982.

Summary

Contrary to what most historians of archaeology believe, it was not Thomas Jefferson who started archaeological research in the Americas. In 1875 in Mexico, Carlos de Sigüenza y Góngora had done excavations in Teotihuacan His work was a long tunnel in the Piramid of the Moon, as the result of a series of hypothesis that he had proposed. The tunnel itself later became subject of speculation, until it was covered at the beginning of this century.

Introducción

La historia de la arqueología latinoamericana es una especialidad prácticamente nueva. Si bien existen publicaciones que revisan biografías, o reseñan los trabajos realizados en ciertas regiones en particular, los libros que nos dan un panorama general del proceso histórico de ella son muy pocos, tan pocos que no sobrepasan de dos. De ahí que consideramos interesante el publicar algunos aspectos poco conocidos, que aunque hayan sido citados, vale la pena adentrarse en ellos y clarificarlos en lo posible. Valga para eso este corto artículo, surgido hace algún tiempo tras una discusión con el máximo experto en la vida de Carlos de Sigüenza y Góngora, el recientemente fallecido José Rojas Garcidueñas, quien primero nos informó sobre el asunto. Luego, Ignacio Bernal nos proporcionó en su libro Historia de la arqueología en México, en ese momento recientemente publicado, datos a partir de los cuales pudimos profundizar más en el tema. Por supuesto, tanto la interpretación del tema, como los errores, son exclusivamente míos. Una versión previa de este trabajo, fue presentada como ponencia en la Primera Reunión de Historiadores de las Ciencias, celebrada en Puebla en agosto de 1982.

En las historias tradicionales sobre la arqueología americana, es factible leer que la primera excavación arqueológica, fue realizada por Thomas Jefferson hacia 1790. Y es considerada como arqueológica, debido a dos motivos muy especiales: no buscaba oro o joyas —cosa tradicional desde el siglo XVI— sino corroborar una inquietud científica; y por otra parte, por la minuciosidad de la observación y el cuidado en el trabajo, con la intención clara de obtener la mayor cantidad de información posible durante el propio proceso de exploración.

Pero este mismo año, se ha publicado un corto artículo que nos presenta pruebas que apuntan a un aspecto inusitado de esta cuestión: Ralph Rowlett1 ha planteado la posibilidad de que exploradores vikingos, arribados en el siglo X, hayan realizado excavaciones en sitios en esa época ya arqueológicos. Nos trae información referente a la exploración de los viajeros noruegos Rodslander y Styrbjorn, quienes en los años 981 y 982, excavaron un montículo. Al parecer esto era práctica común debido a la mentalidad exploradora vikinga.

Pero más allá de lo anecdótico de esto, es válido preguntarse ¿Cuándo realmente nace la arqueología, en América Latina?, ¿Quién realizó los primeros trabajos de excavación sin objetivos de lucro?, e incluso más aún: el que esa excavación haya sido para demostrar una hipótesis previa, a la que no quede más remedio y que los resultados de ese trabajo hayan perdurado, y hayan sido incluidos de alguna manera en el pensamiento de su época o posteriores. Creemos que es factible demostrar quién fue esa persona y qué excavación realizó.

En este caso, se trata del célebre Carlos de Sigüenza y Góngora, escritor, historiador, cosmógrafo, artista y novelista del siglo XVII de la Nueva España y sobre quien ya se han escrito multitud de estudios.2 Posiblemente en una fecha cercana a 1675, realizó una gran excavación en la pirámide de la Luna de Teotihuacán. Y queremos llamar la atención sobre ella no sólo por su antigüedad, sino por los resultados notables de su trabajo, y rastrearlos a lo largo de tres siglos.

Don Carlos de Sigüenza y Góngora, en un retrato póstumo.

Don Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700), criollo mexicano, miembro de la Compañía de Jesús, autor de gran cantidad de trabajos sobre matemáticas, astronomía, arte e incluso historia, fue un personaje célebre en su época. Sobre su vida y obra hay una extensa lista bibliográfica, pero salvo Ignacio Bernal, nadie había reparado en su vocación arqueológica. Este historiador de la arqueología nos dice con respecto a Sigüenza, que lleva a cabo la primera exploración francamente arqueológica, en la que trata de utilizar un monumento para esclarecer algún problema histórico.3

Esta cita, cuando la leí por primera vez, me llamó poderosamente la atención, lo que me llevó a tratar de averiguar más sobre el particular. Al parecer, Sigüenza había realizado un túnel en la Pirámide del Sol de Teotihuacán, pero no había dejado escrito sobre el tema. Probablemente redactó algo, pero o se perdió o más posiblemente nunca vio la luz como un libro.

La mejor referencia antigua sobre esta excavación es la que nos da Lorenzo Boturini en fecha tan temprana como 1746. Nos dice, hablando de la Pirámide del Sol, que:

Era este cerro en la antigüedad perfectamente cuadrado, encalado y hermoso, y se subía a su cumbre por unas gradas que hoy no se descubren por haberse llenado de sus propias ruinas y de la tierra que le arrojan los vientos, sobre la cual han nacido árboles y abrojos. No obstante estuve yo en él y le hice por curiosidad medir; y, si no me engaño, es de doscientas varas de alto. Asimismo mandé sacarlo en mapa, que tengo en mi archivo, y rodeándolo vi que el célebre don Carlos de Sigüenza y Góngora había intentado taladrarlo, pero halló resistencia. Sábese que está en el centro vacío.4

Es justamente esta cita, y me gustaría recalcarlo, la que ubica la excavación en la Pirámide del Sol. Trataré de demostrar que el caballero Boturini estaba equivocado: fue enrealidad en la Pirámide de la Luna. Este enorme túnel estuvo a la vista de muchos otros viajeros, y llegó intacto hasta nuestro siglo en que, sin saber de qué se trataba, se le cubrió en 1924.

Hay un aspecto que también queremos destacar, y que puede ser a la vez una prueba. Boturini dice, extrañamente, que la pirámide tiene “el centro vacío”. El propio Humboldt en 1811, también repitió que la pirámide era hueca por dentro. Veremos que justamente esto apunta a identificar la exploración de la Pirámide de la Luna con el trabajo de Sigüenza.

En 1841 visitó México otro interesado en las antigüedades: esa vez Brantz Mayer sí visitó Teotihuacán, cosa que Humboldt no había hecho. Nos dice que:

«… hace unos años entre la segunda y la tercera terraza se descubrió una entrada en la que desemboca un corredor estrecho, por donde, andando a gatas y por un plano inclinado de unos veinticinco pies de largo, se llega a dos aposentos amurallados, parecidos a cisternas; uno de ellos tiene como quince pies de profundidad y el otro algo menos. Los muros, así los de la entrada como los de los pozos, son de adobe vulgar y no hay rastros de esculturas, pinturas o cuerpos humanos que recompensen al que se mete por la entrada tenebrosa y polvorienta. En la Casa del Sol no pude descubrir ningún vestigio de entrada».5

La siguiente evidencia a presentar es la narración del ingeniero Antonio García Cubas, quizás uno de los más prominentes científicos mexicanos del siglo pasado, que trabajó en Teotihuacán primero en 1863 y más tarde en 1895. En un trabajo publicado,6 podemos leer que excavé en la Pirámide de la Luna levantando parte de la enorme capa de escombros que la cubría, y luego procedió a limpiar las aristas del lado sureste, parte de la escalera y una de las grandes bajadas de agua. Este sector fue restaurado tiempo más tarde por Francisco Rodríguez, otro pionero de la arqueología mexicana.7 Tras esta limpieza de escombros, procedió a explorar “el túnel que existe en la cara austral de la pirámide”, que él consideró como original y perteneciente a la misma época que la pirámide. En realidad no lo era, pero sí ya tenía doscientos años de realizado. Sobre lo anterior nos dice que:

«La única abertura conocida, que es la de la pirámide de la Luna, se encuentra en la cara austral, a la altura de veinte metros: esta abertura da entrada a una estrecha galería descendente, interrumpida por un pozo profundo cuadrangular, cuyas paredes están revestidas de toba volcánica. Se ha creído que esa abertura no es más que una horadación artificial ejecutada por buscadores de tesoros; pero es de observarse que los que tal cosa se ocupan no suelen perder su tiempo en construir un pozo regular, con sus paredes perfectamente verticales, y mucho menos en revestirlas de sillares y bruñir las superficies. El eje de la galería descendente coincidió exactamente con el meridiano magnético. El resto de lo interior permanece desconocido; no exploré más adentro a causa de los grandes derrumbes que obstruyen el paso, y por no contar con los elementos necesarios para vencer esta dificultad».

Años más tarde volvió a escribir sobre este túnel, en el informe final de los resultados de su excavación de 1895, encargada por Porfirio Díaz para la visita de los asistentes al Congreso Internacional de Americanistas reunido ese año en México. Este informe, nunca publicado y hoy perdido, fue parcialmente reproducido por Enrique de Olavarría y Ferrari en ese mismo año. Nos dice:

«Hacia la parte media de la pirámide, en su cara austral y sobre el tlatel adherido, existe una abertura que permite el acceso al interior de la pirámide, pero tan estrecha, que fue preciso ampliarla socavando el piso que no ofrecía peligro alguno y respetando la bóveda formada de puras piedras no talladas. Es una galería que tiene a la izquierda otra de poco fondo y otra más pequeña aún a la derecha, pero con la circunstancia de tener sobre su cielo y en un rincón escondido, otra abertura practicada de abajo a arriba. Al fin de la galería se encuentra un pozo cuadrangular, y después la continuación de ella en un pequeño tramo. Dispuse que el Teniente Esquer tomase las medidas de todos estos detalles interiores para la reconstrucción de la pirámide en conjunto que me propongo llevar a efecto. Los argumentos que se presentan en favor de ‘la creencia de que tales detalles interiores pertenecen a trabajos relativamente recientes, con el fin de buscar tesoros, se contraponen a otros de igual fuerza, de quienes los admiten como parte integrante de la misma pirámide. Las razones que inclinan mi ánimo en favor de la segunda de esas opiniones, descansan en las notables circunstancias que observé en el interior de la galería. No se ven en ella efectos de excavación en las capas alternadas de piedra y lodo, de tepetate y de hormigón formado de piedrecillas de basalto y barro, todas las que sobreponiéndose constituyen el macizo del colosal monumento, sino una abertura en la que las paredes y el cielo están, aunque toscamente, formadas de pedruzcos y el pozo ademado con adobes. Grande ha sido mi empeño, por tal motivo, en inquirir si en la del Sol existen análogas circunstancias, tanto porque resolvería el expresado punto dudoso, como porque acusarían a nuestros monumentos un detalle más de identidad con los análogos egipcios».8

La Pirámide de la Luna en la actualidad, con las restauraciones realizadas en 1962-4. La excavación realizada por Carlos de Sigüenza se hallaba en la parte superior de la estructura adosada al frente, y hacia el medio de la escalinata central.

Para esos mismos años, otro investigador serio volvió a escribir respecto al problema en cuestión. Esta vez Alfredo Chavero9 nos describe el túnel, aunque con un pequeño agregado fantasioso sobre “tres galerías de forma circular a diferentes alturas”. Concretamente nos dice que:

«Hemos hablado de los tlateles que hay sobre las dos pirámides y debemos agregar la existencia en la de la Luna de un pozo cuadrangular, cuyas paredes están formadas de sillares de toba volcánica unidas con lodo, de ocho centímetros de espesor: el pozo es cuadrado, de un metro seis centímetros por lado, con paredes verticales. Pozo y tlateles han sido motivo de discusión, se les han dado diferentes objetos y ha surgido sobre todo la cuestión de si las pirámides tienen galerías interiores y sirvieron éstas de cámaras funerarias.

La cuestión del pozo se reduciría a saber si había galerías en el interior de las pirámides, y si servían de cámaras funerarias como acabamos de decir. Pues bien, desde el momento que en otros monumentos semejantes, como el zacualli de Cholollan y la pirámide del Puente Nacional hay tales subterráneos y en otros encontramos salas mortuorias, como en Chila, la discusión carece de gran interés, aunque sí sería conveniente hacer una exploración y estudios verdaderamente serios. Diremos solamente, sin responder de su exactitud, que alguna persona nos ha contado que se atrevió a descolgarse por el pozo y que encontró hasta tres galerías de forma circular a diferentes alturas. El tlatel adherido a la pirámide de la Luna coincide con la entrada de la galería que va al pozo, y si recordamos la plataforma sostenida por cariátides del templo de la cruz en Palemke, creemos comprender que eran lugares destinados para hacer sacrificios a la vista del pueblo reunido en las extensas plazas».

Respecto a este túnel, también Orozco y Berra10 nos reconfirma que no hay excavaciones en la Pirámide del Sol, y describe la de la Luna:

«… es dudoso si las pirámides de Teotihuacán contienen alguna construcción central, pues aunque emprendidas en diversos tiempos algunas horadaciones, ninguna logró atravesar los monumentos de manera conveniente; hace pensar por la afirmativa el pozo vertical de Metztli Itzacual, cuadrado de un metro seis centímetros de lado, revestidas las paredes de toba volcánica».

Este ya multicitado túnel fue también visitado en 1895 por un arqueólogo entrenado, como lo fue William Holmes, curador del Field Museum de Chicago, y que ya había hecho aportes sustanciales a la arqueología de su país y de México. En su libro más importante, dedicado a las antiguas ciudades mesoamericanas, le dedica unos renglones a la cuestión que estamos dilucidando. Concretamente nos aclara que:

«Frente a la base (de la Pirámide de la Luna), en el lado sur, es visible una estructura tipo plataforma saliente, ahora muy modificada en su apariencia por excavaciones recientes y por la acumulación de escombros provenientes de un túnel realizado en el medio del frente de la pirámide».11

Es interesante ver que, pese a la cita de Boturini, ningún explorador de las ruinas habló acerca de túneles en la Pirámide del Sol. Cuando en 1905 Leopoldo Batres comenzó allí sus excavaciones y cuando en 1910 reconstruyó casi totalmente esa gigantesca mole, nada parecido pudo descubrir.12 Tampoco Ramón Almaraz, ni el propio García Cubas, ni otros de la época o posteriores lo vieron. Manuel Gamio recorrió la zona y trabajó allí a lo largo de cinco años (desde 1917 hasta 1922), y publicó su monumental obra La población del valle de Teotihuacán, y nada nos dice al respecto.

Gamio en cambio, nos trae una información muy valiosa sobre el túnel en la otra pirámide, puesto que viendo que era moderno y que no correspondía a la construcción original, tal como pensara García Cubas, mandó hacer un plano y un estudio detalla de él.13 Gracias a esto podemos entender muchas cosas importantes. El túnel penetraba por la cara sur, un poco hacia abajo y hacia adentro. Tras atravesar la pared exterior y el piso, el túnel llegó hasta una zona que, para asombro de quienes lo excavaron, presentaba la forma de grandes “pozos” rellenados con tierra, Estos pozos, que crearon la leyenda de que el interior era hueco, son parte del sistema constructivo original, característico de Teotihuacán, que consistía en formar cajones de mampostería y rellenarlos con material suelto, simplificando el sistema de construcción y reduciendo el peso total.

Sigüenza y sus trabajadores deben de haberse topado con esto, lo que les causó extrañeza, y por eso excavaron hacia arriba y hacia abajo estos «cajones» interiores, obviamente sin descubrir nada, salvo el propio sistema constructivo utilizado por los teotihuacanos. De allí lo que Boturini, Humboldt y tantos otros repitieron. Recordemos que el propio Gamio mal interpretó una situación similar en la Ciudadela, cosa que pudo rectificar más tarde.

Tras esa cita de Manuel Gamio y sus colaboradores, nada más hemos podido descubrir al respecto. Cuando se realizó el gran proyecto de restauración de los años 1962-1966, no había ya evidencias de él, o por lo menos no se buscaron. En esos años todo el frente del edificio fue reconstruido, borrándose definitivamente todo resto del mismo. De todas formas es factible que quien lo haya cubierto fuese Francisco Rodríguez en 1924, quien firmaba como Tepoztecocanetzin Calquetzani, y había realizado ya otros trabajos arqueológicos desde 191114 habiendo sido subdirector del Museo Nacional; de todas formas no dejó publicaciones al respecto.

Respecto a la fecha en que Sigüenza realizó sus trabajos en Teotihuacán, no tenemos una precisión absoluta. Pero en función de su vida, es factible pensar que debió de hacerlo con un poco de anterioridad a 1678, año en que sus molestias y enfermedad le impidieron prácticamente trasladarse. Sabemos por sus biógrafos que en 1681 casi no podía asistir a su cátedra, y que siguió empeorando hasta su muerte en 1700. También es importante destacar que Sigüenza fue el albacea de los descendientes del cronista Alva Ixtlixóchitl, heredero de los antiguos reyes de Teotihuacán, y que visitaba esas propiedades que administraba —entre las cuales estaba una parte de las famosas ruinas—, en forma habitual. En uno de esos viajes debió habérsele ocurrido la idea de corroborar la idea ya antigua de que las grandes pirámides eran efectivamente artificiales, y obra de los indígenas prehispánicos.

Otro aspecto digno de destacar en toda esta larga historia, es el hecho de que muchos años más tarde, concretamente en 1975, se descubrió la gran cueva que se encuentra bajo la Pirámide del Sol. Esto no quiere decir que cuando los historiadores citados hablaban de que las pirámides estaban huecas por dentro, tuviesen información respecto a esta enorme caverna —la que no se conoce en la de la Luna—, sino que no es más que una extraña casualidad. Esta cueva fue cerrada por los propios teotihuacanos, en fecha incluso anterior al colapso de la ciudad, y no hay evidencias de que haya sido excavada en ningún momento con posterioridad a ello.

En este punto, la cobertura de la excavación de Sigüenza, la cuestión no está realmente clara. Sabemos con certeza que estaba a la vista en la época en que Gamio, Marquina y Reygadas trabajaron allí, es decir con anterioridad a 1922, y en esa pirámide, que sepamos, no se realizaron trabajos hasta 1962, en que se le restauró, con la excepción de una breve temporada durante el año 1924. Durante esos cortos meses de exploración, se procedió a restaurar parte del sur; y en especial se terminó la cobertura superficial del segundo talud, parte del tercero, la arista sureste y la bajada de agua de ese mismo lado, al igual que los tableros laterales de la estructura adosada a la fachada. Nuestra hipótesis es que este trabajo fue dirigido por Francisco Rodríguez, quien había iniciado esa tarea en 1911. No existen publicaciones o documentación al respecto. De ser así, debió de haberse cubierto el túnel durante ese año.

Fotografía de la Pirámide de la Luna, tomada tras los trabajos de restauración realizados en 1924, momento en el cual debió taparse el túnel de Sigüenza.

Creemos que tras todo esto es posible pensar que Boturini se equivocó de pirámide. Por supuesto que no fue un error intencional, sino que cuando escribió su Idea de una nueva historia, ya habían pasado muchos años de ello. Recordemos que fue encarcelado, deportado, sus colecciones confiscadas y su Historia nunca llegó a publicarse completa.15 Si esto es verdad, tal como pensamos, es factible entonces asegurar la veracidad de que Sigüenza y Góngora realizó un trabajo arqueológico en una fecha tan temprana como 1675. Recordemos que la historia de la arqueología tradicional ubica a Thomas Jefferson como el iniciador, en nuestro continente, de este tipo de trabajos, en el año de 1791.16 Al parecer podemos decir esta vez que un latinoamericano hizo algo similar, un siglo antes y a una escala, costo y organización enormemente más grande. Pero en realidad, la importancia de este hecho, no radica simplemente en que sea anterior o posterior a otros similares en otras regiones del continente —o del mundo—, sino en su real significado histórico. Pensemos en el vanguardismo que significaba que, en pleno siglo XVII, e incluso antes de que siquiera comenzara el fenómeno que conocemos como Ilustración en la Nueva España, un investigador quisiera corroborar mediante el método experimental, una hipótesis. Que las pirámides las habían realizado los indígenas de épocas anteriores, era sabido por lo que los cronistas —incluyendo a Hernán Cortés—, habían narrado. Y el que los grandes montículos de tierra de Teotihuacán eran construcciones antiguas, lo dijeron muchos antes que Sigüenza. Pero cosa muy diferente era el querer comprobarlo empíricamente, y más, aún, entender cuándo, cómo y para qué las construyeron.

Creemos que ahí está el gran aporte de don Carlos de Sigüenza y Góngora, en el haber inaugurado el método experimental en la Nueva España, enfrentando a las autoridades y la Iglesia no sólo en cuestión de las antigüedades, sino que también lo hizo, y más públicamente, cuando contradijo al padre Kino, en la ya famosa discusión sobre la estructura del universo y el paso de un cometa sobre México.17

APÉNDICE

Ignacio Marquina, «La arquitectura»: 134-136, publicado en Manuel Gamio (coord.). La población del Valle de Teotihuacán, 1922, Secretaría de Agricultura y Fomento, México, vol. I.

En la cara sur de la pirámide se ha practicado una excavación que es la descrita por el señor ingeniero García Cubas; en nuestro concepto, esta excavación es relativamente moderna y hecha más bien con el objeto de buscar objetos de valor en el interior de la pirámide, habiendo llegado casualmente, al hacerla, a uno de los pozos que sí forman parte de la estructura primitiva de la pirámide y cuyas caras están a plomo y formadas por pequeños sillares de piedra y de tepetate, bien acomodados, aunque no ligados en los ángulos. Esto se comprueba con el hallazgo de pozos semejantes en las obras de exploración que actualmente se llevan a cabo en el montículo central del edificio llamado La Ciudadela.

El corte de esta excavación, que permite ver el procedimiento seguido, fue hecho por el señor ingeniero Ordóñez, al estudiar los materiales empleados en la construcción. Refiriéndose a él, dice:

Como lo indica nuestro dibujo, el túnel tiene un desarrollo horizontal de 25 metros, y el pozo, una longitud vertical de siete metros…

Cuatro cubiertas se pueden claramente distinguir en esta excavación: la primera, de afuera hacia adentro, consiste de piedras cementadas con barro; sigue después otra, hecha de lajas, pedazos chicos de toba volcánica o tepetate y piedras chicas de tezontle, el todo argamasado con barro; la tercera envoltura es de adobe asentado horizontalmente y muy apretado, pues con dificultad se perciben las junturas; no se nota que se haya extendido lodo para juntar los adobes, sino que fueron puestos cuando todavía estaban húmedos. Sigue hacia el interior, otra vez, la mampostería de piedra y barro, primero de piedras de mediano tamaño; después, hacia el interior, de grandes piedras con menos cantidad de barro. Dentro de esta mampostería está abierto el pozo, con sus paredes a plomo, revestidas de pequeños e imperfectos sillares, más bien dicho, lajas de tepetate, cuatrapeadas con gruesa argamasa de puro barro. Notamos con sorpresa que los ángulos del pozo no están amarrados, sino que queda independientemente cada pared del pozo. En el techo de éste se ven las grandes piedras casi sueltas, y el piso está cubierto de tierra y de escombros.

Estos pozos parece que fueron quedando entre los apoyos que constituyen una estructura del montículo y rellenados después con piedra suelta y tierra, que, en el caso a que nos referimos, al caer, han aumentado cada día la altura del pozo y disminuido su fondo. Nosotros creemos que estos pozos no fueron abiertos después, sino que quedaron, como antes lo decimos entre los apoyos, lo que explica que sus ángulos no estén cuatrapeados.

A la entrada de este túnel se puede ver también la estructura del piso en el lugar en que penetra el cuerpo adosado. Sobre la capa de piedra grande que forma parte de la pirámide, vienen otras, horizontales: la primera, de 85 centímetros, de piedra chica, unida con barro; sobre ésta, una de tepetate fino, de 4 centímetros, y otra de concreto de 12 centímetros. Sigue una de tepetate, de 49 centímetros y otra, de concreto, de 8 centímetros, sobre la que se extiende una capa de 1,15 metros, de piedras unidas con barro, cubierta por otra, de tepetate, de 11 centímetros y por la de concreto que forma la superficie y que tiene un grueso de 16 centímetros.

Figura 4

BIBLIOGRAFÍA

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REFERENCIAS

(1) Sobre ese interesante descubrimiento puede verse el artículo de Ralph M. Rowlett (1982) publicado recientemente.

(2) Sobre Sigüenza y Góngora hay una excelente bibliografía publicada. Por ejemplo pueden consultarse los libros y trabajos de Francisco Pérez Salazar (1928), Irving Leonard (1929 y 1959) y José Rojas Garcidueñas (1945 y 1983). Respecto a los materiales de Sigüenza puede consultarse a E. J.Burns (1959).

(3) Sobre la arqueología mesoamericana en su conjunto sólo hay un libro completo dedicado a ella, el de Ignacio Bernal (1979), pero sí existen muchos artículos o libros que cubren aspectos o períodos determinados. Sobre la época en discusión puede verse a Enrique Juan Palacios (1929).

(4) Lorenzo Boturini Benaducci (1974), Esta edición posee una notable introducción realizada por Miguel León Portilla. La cita pertenece a la página 52.

(5) Brantz Mayer (1953). La cita es de la página 294.

(6) Antonio García Cubas (1872).

(7) Daniel Schávelzon (1981a y b).

(8) Este texto de García Cubas fue publicado por casualidad por Ola­varría, ya que fue incluido en el Congreso de Americanistas debido a que a último momento el propio García Cubas no entregó sus descrip­ciones de los trabajos realizados en las pirámides. El de Olavarría se utilizó porque era similar al tema, aunque formaba parte de otra publicación,que tampoco vio la luz en forma completa. Véase Enrique Olavarría y Ferrari (1895).

(9) Alfredo Chayero (1887).

(10) Manuel Orozco y Berra (1880).

(11) William H. Holmes (1897: 295).

(12) Leopoldo Batres (1906).

(13) Véase apéndice.

(14) Véase nota 7.

(15) Las tristes peripecias sufridas por Boturini pueden yerse en la obra citada en la nota 4.

(16) Sobre la historia de la arqueología en general existe ya una bibliografía bastante extensa. Sobre América, además del libro de Bernal ya citado, podemos ver los de G. Willey y J. Sabloff (1974), G. Daniel, The idea of prehistory (1974), Historia de la arqueología: de los anticuarios a V. G. Childe (1974), A short history of archaeology (1981). También los libros de C. W. Ceram: El primer americano (1973) y The march of archaeology (1975).

(17) Esta gran polémica fue analizada en varios de los trabajos ya citados, en especial puede verse con detalle en el libro de Elías Tra­bulse (1974).

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