Mitre en Tiahuanaco

Todo es Historia N°292 - Octubre 1991

El presente artículo fue publicado por Daniel Schávelzon en la revista Todo es Historia, correspondiente al número 292 del mes de octubre de 1991, pps. 52 a 65, Buenos Aires, Argentina.

En 1846 un Mitre de veinticinco años era expulsado de Bolivia y exiliado en el Perú. En ese viaje, que luego detallaremos, insistió y logró pasar por Tiahuanaco y permanecer allí algunas horas tomando notas y recorriendo las antiguas ruinas prehispánicas. La experiencia fue, como Mitre mismo lo declararía, impactante; más aún, lo dejó lleno de incógnitas. La hipótesis de este trabajo se centra en que en ese viaje, cruzando el puente del Desaguadero hecho de balsas de totora y habiendo recorrido las minas poco antes, se produjo un cambio notable en la personalidad de Mitre: fue su primer encuentro con la historia americana, con la Historia con mayúsculas, tomando conciencia repentinamente de ese pasado que penetraba hacia atrás por siglos y siglos -más de cincuenta mil años según él supondría-, abriendo un mudo interrogante que le llevaría más de treinta años dilucidar.

Mitre tardó ese tiempo en escribir su libro sobre Tiahuanaco no por no haber tenido oportunidad o interés -aunque por cierto, actividades tuvo muchas, y múltiples-, sino porque la respuesta al gran interrogante americano necesitaba una explicación que implicaba resolver otras dudas antes. Una era la construcción de un modelo de evolución social de la sociedad humana en su conjunto; la otra era arqueológico-lingüística -o así lo suponía en la época por la influencia del americanismo francés-, y debía explicar la secuencia histórica de los pueblos prehispánicos de la región, su cronología. Fue quizás una de las tareas más complejas que Mitre se impuso en su vida, que incluyó varias obras frustradas que quiso y no llegó a escribir1, a compilar una biblioteca monumental y posiblemente única en la región sobre este tema dominante2, a estudiar y publicar textos sobre lenguas indígenas e incluso a polemizar con historiadores de todo el mundo que sustentaban ideas diferentes. En un pequeño libro titulado Las ruinas de Tiahuanaco, recuerdos de viaje 3, publicado en 1879, Mitre sintetizó su visión del mundo, de la historia, del papel social que él y que «su mundo» debía jugar ante la posteridad, planteó un modelo historiográfico – crítico de enfrentar la historia, demostró la universalidad de su conocimiento, y por supuesto, sus virtudes y defectos, sus ideas luminosas y sus preconceptos, e incluso sus hipótesis aventuradas. Lo mejor y lo peor: Mitre de carne y hueso.

¿Qué era Tiahuanaco en 1846? Para muchos porteños no era nada, no existía. La historia estaba preocupada por otros temas que el del pasado indígena; tal vez porque pensaban que ellos, como sociedad, debían mirar hacia Europa y no hacia la vieja América indígena, o porque los grandes problemas no resueltos de la realidad hacían acuciantes otras polémicas. A excepción de Vicente Fidel López4, pocos porteños escribían libros sobre estos temas y menos aún viajaban a conocer los restos de esas ciudades. Para el mundo occidental, para la Gran Cultura de la Europa central, era uno de esos exóticos lugares del altiplano, impresionantes, descomunales, de bloques monolíticos de piedra y símbolos no traducibles que hablaban de culturas muertas y no bien comprendidas. Antes de Mitre, sólo se había escrito un libro que hablaba en parte sobre Tiahuanaco. Desde su visita hasta que editó su estudio, sólo hubo seis viajeros más5. Pero no siempre había sido así: Mitre tenía fresco en su memoria que no casualmente Castelli había celebrado el primer aniversario de la Revolución de Mayo en aquellas ruinas.

Aquí se plantea una de las relaciones más interesantes y menos claras entre la historia y las ideas de Mitre, con la historia y las ideas americanas; con su interés personal en la Independencia, en Belgrano, en San Martín, en el nacimiento de América latina como conjunto de nacionalidades, y en el pasado y el presente indígenas. Fue otra vertiente de su pensamiento y de su acción política, otro ejemplo de cómo sus posiciones frente a la historia eran sus posturas frente a la realidad, y su opinión sobre la historia indígena, sobre los Incas y el planteo de un Rey Inca establecido en el Congreso de Tucumán, estaba unido a su lucha armada contra el indio de frontera, y su interpretación de un modelo de sociedad que debía luchar por imponerse, no ante la barbarie sino contra la sociedad spencerianamente definida como regresiva. Contra el indio, el pasado, el mundo involucionado que llevó a la ruina a la gran Tiahuanaco de hacía cincuenta mil años (Mitre atribuía esa antigüedad a dicha cultura). A ello se enfrentaba la sociedad evolutiva, el progreso, la modernidad, el Estado centralizado, Europa. No era la antinomia de civilización y barbarie del Facundo sarmientino; era la sociedad del progreso contra la sociedad de la regresión. Era la historia entendida como los procesos permanentes de cambio y transformación enfrentados: la barbarie no era un fenómeno de estancamiento sino un proceso de regresión. Era parte de la llegada de las ideas de la evolución biológico – cultural de Darwin y Spencer.

Mitre antes de Tiahuanaco.

Mitre ha sido historiado ya muchas veces, pero aún es poco lo que sabemos sobre ciertos períodos de su historia, en especial de los iniciales. No vamos a repetir aquí lo que mucha y buena bibliografía ya ha dicho: lo que me interesa es destacar qué clase de vida había llevado Mitre hasta su llegada a Bolivia. No hace falta recordar que había nacido en 1821 (6), y los viajes y traslados que se vio obligado a efectuar tempranamente con su familia. Lo importante es que sus años de formación transcurrieron en Montevideo, donde había llegado en 1835, para regresar a Buenos Aires por un tiempo y nuevamente volver al Uruguay. Sus primeros escritos datan de 1837, año en que también entró en la Academia Militar de Montevideo. Durante los siguientes cinco años haría una doble carrera: la militar por un lado y la literaria por otro. Cada vez más se iba perfilando como un militar joven dedicado a la poesía, al teatro y a la ficción. Largas poesías románticas como Mi primer amor, algunas épicas, y otras apologéticas, se reunían con escritos sobre Lord Byron, Víctor Hugo o Esteban Echeverría; estrenó obras de teatro y colaboró en los periódicos de su época. Y si bien es posible ver detrás de este militar, que en 1842 ya tuvo sus primeras batallas, la existencia de la postura política característica de los exiliados, sus intereses estaban más cerca de la literatura que de cualquier otro tema7.

Los años entre 1843 y 1846 fueron del mismo tenor: actividad militar durante el sitio de Montevideo, gran producción literaria cada vez más diversificada, incluso acercándose a la historia con su biografía de José Rivera Indarte y su elegía a Juan Lavalle. En esos años escribió sus Instrucciones prácticas de artillería. Pero la situación uruguaya se complicó, y en el mes de abril de 1846 debió dejar Montevideo para trasladarse a Corrientes, de donde nuevamente emprendió viaje hacia Rio de Janeiro en el mes de diciembre. Allí no llegó a permanecer seis meses, ya que en julio de 1846 parte en un largo viaje para Bolivia.

Aquí comienza una historia esquiva, difícil, que la mayor parte de los historiadores de Mitre cruzan rápidamente: las razones por las cuales abandonó Brasil y se trasladó a La Paz, donde según él mismo había decidido «aceptar la invitación que en 1847 me hizo el gobierno de Bolivia para dirigir un colegio militar» 8. Sabemos por cierto que esa invitación le fue hecha por el embajador Eusebio Guilarte; lo que no sabemos es si este último sabía o no que ese colegio militar ya no funcionaba. Una vieja polémica, la que sólo ha sido estudiada una vez9. Asimismo, hoy sabemos que la fecha del viaje fue 1846 y no 1847 como él mismo escribiría y muchos de sus historiadores repetirían. Como muestra de voluntad del embajador se le adelantó un dinero para los gastos de viaje; pero al llegar a La Paz se encontró con que el presidente Ballivián no reconocía ni la cuenta de gastos de Guilarte ni la promesa hecha.

Mitre entró así en contacto con una sociedad diferente a la de Buenos Aires y Montevideo; conoció a los intelectuales y escritores, y logró al fin entrar al servicio de Ballivián y escribir en La Época. De esos años son varios folletines, traducciones y escritos románticos. Luchó en batallas, recibió una condecoración e incluso llegó a ser director del nuevo Colegio Militar. Pero las luchas internas en el país cambiaron rápidamente la situación, y el nuevo presidente Manuel Belzú lo desterró al Perú el 1 de enero de 1847. Mitre no había cumplido aún veintiséis años. Y si sabemos poco sobre Mitre en Bolivia, menos informados estamos de su viaje por el altiplano hacia el Perú. El mismo contó que acompañado de su amigo Del Solar, ocho soldados de caballería y treinta indios armados de macanas «era la cuarta vez que atravesaba la altiplanicie boliviana en opuestas direcciones, obedeciendo al destino más que a mi espontánea voluntad. La primera lo había hecho como viajero que examinaba por acaso los monumentos prehistóricos que encontraba en el camino; la segunda y la tercera como militar, en que pude de paso reconocer los campos de batalla de la guerra de la Independencia en Aroma, Vilcapugio, Ayohuma y Sipe-Sipe. La cuarta y última vez lo hacía como prisionero de Estado, por causas que alguna astringencia tenían con la arqueología, puesto que Tiahuanaco era uno de los móviles que me habían llevado a Bolivia» 10. Al parecer, Mitre había mostrado algún interés por el tema de las antigüedades en La Paz, donde por lo menos visitó el museo. Es más, su amigo y compañero Domingo de Oro había logrado que Ballivián trasladara esculturas de Tiahuanaco al museo. Pero poco debió durar la visita a Tiahuanaco si el mismo día Mitre estaba regresando para continuar el camino; sabemos que hizo anotaciones en una libreta de viaje, en las cuales tomó medidas «a ojo de buen cubero» 11, algunas de ellas con «mi poncho de viaje, cuya medida exacta conocía» 12, y algunos otros registros mínimos. Pero por lo amplio de la descripción es evidente que Del Solar le mostró la gran extensión del conjunto. De allí siguieron viaje para cruzar el puente del Desaguadero, hecho con balsas de totora, de la misma manera que lo habían visto los incas y aquellos que lo atravesaron durante siglos.

Pero Mitre llegó a Chile en el mes de marzo, donde retomó su actividad literaria: folletines, poemas, apoteosis heroicas y románticas, prólogos a libros diversos; y por fin fue redactor de El Progreso, fundado por Sarmiento. Pero las cosas volvieron a ponerse difíciles para los emigrados argentinos, y en 1851 debió partir nuevamente, esta vez con Paunero, Aquino y Sarmiento hacia Montevideo, ya con una definición política clara y definitiva: «luchar contra Rosas». Rápidamente, ya que no es parte de este trabajo, podemos recordar que Mitre se unió al ejército de Urquiza y logró con Caseros el retomo a su país para ver cómo se lograba estructurar el tipo de sociedad por la cual había luchado. Y sin embargo, esto duró poco, ya que en los meses siguientes se enfrentó a Urquiza y regresó a su actividad militante política. En el ínterin, corno escritor, su mundo seguiría cerca de la literatura, los poemas como Himno a los mártires de la libertad americana, y el ensayo. Los años siguientes fueron los de su máxima participación en la política nacional, hasta Cepeda en 1859, Pavón en 1861 y la presidencia de la nación en 1862. Su primera gran obra histórica se publicó en 1858: la Historia de Belgrano y la emancipación americana; luego vendría su Historia de San Martín, seguida de muchos otros trabajos; Tiahuanaco debería esperar hasta 1879, cuando Mitre tenía ya cincuenta y ocho años, y hacía treinta y dos que había estado en el lugar.

La visión de las ruinas.

¿Qué se sabía en el mundo sobre estas ruinas? Realmente muy poco. Cuando Mitre las visitó sólo existían pocas obras sobre el tema: los libros de Alcides d’Orbigny publicados entre 1835 y 1847. Los cronistas Pedro Cieza de León y el padre Bernabé Cobo, mucho tiempo antes, también habían escrito sobre el sitio. Los viajeros, observadores y excavadores fueron visitando el lugar justamente entre los años que pasaron desde su visita hasta que escribió el libro: Francis de Castelnau publicó en 185113; la monumental obra de Mariano Rivero y J. Jacob von Tschudi se editó en 185114, la de William Bollaert en 185315. y luego, en rápida sucesión, vieron la luz las obras de J. M. Scrivener en 185616, Leonce Angrand en 186617, nuevamente Von Tschudi en 186918 y George Squier en 187719. Fueron los años de la culminación del período conocido en la historia de la arqueología como «clasificatorio-descriptivo» 20. Posiblemente Mitre no lo sabía en ese entonces, pero de haber escrito su trabajo inmediatamente después de su visita habría sido el primer americano en describir Tiahuanaco. De todas formas, fue el segundo en hacerlo.

Lo que quiero dejar sentado es que tanto en 1846 como en 1879 lo que se sabía de Tiahuanaco era muy poco, y Mitre lo sabía. También es verdad que en esos años se gestó el gran cambio entre una arqueología de viajero y otra de científico adscripto a una institución o museo21. Y esto Mitre no lo supo: su forma de ver el pasado indígena aún seguía los métodos de la historia poscolonial, es decir, necesitaba irremediablemente de textos escritos. De allí su investigación meticulosa en los libros y el lenguaje indígena; era el método del americanismo francés en todo su apogeo22.

El libro sobre Tiahuanaco tiene cien páginas de extensión, es decir que no fue uno de sus grandes libros. Se inicia con un recuento histórico de su paso por el lugar, y tras describir el entorno y su impactante desolación, asume una postura cronológica que sustentará hasta el final: «Las ruinas de Tiahuanaco, con sus elevados terrados o túmulos artificiales, sus largas columnatas, sus murallas ciclópeas, sus ídolos fantásticos, sus estatuas colosales, sus misteriosos subterráneos, sus correctos bajorrelieves, sus columnas geométricas, sus acueductos en embrión (…) son otros tantos enigmas de una civilización extinta, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, y cuya remota memoria habían perdido millares de años antes del descubrimiento de América hasta los mismos habitantes del suelo» 23. Es decir que las ruinas eran de una cultura anterior a los incas, que podría llegar a retrotraerse incluso a «millares de años». Es más, ya que esas ruinas eran «testimonio de una raza constructora, más adelantada que la que encontraron los descubridores del Perú, son anónimas como las de Mitla, de Palente y de Copán, y su carácter más primitivo y severo indica que son más antiguas». Aquí se podía ver la mano de un contemporáneo, Désiré Charnay, y de su prologuista Emanuelle Viollet-le-Duc y sus teorías cronológico – raciales – constructivas publicadas en 186324, publicaciones que leyó no bien aparecieron.

Así continuó Mitre describiendo el sitio y sus monumentos, demostrando a su modo por qué el sitio no podía pertenecer a los habitantes contemporáneos o directamente anteriores a los incas. Discutió el origen del nombre, describió paisajes y el acceso a la zona, y con más detalle cada uno de los grandes montículos y construcciones, comparando sus recuerdos y notas con los que cada uno de los escritores anteriores había dicho sobre ellos. Su lógica es impecable e incluso asevera que el llamado «túnel», que según la tradición comunicaba con el lago cercano, no era más que un acueducto subterráneo. Luego analizó la llamada «Puerta del Sol», el gran monolito que ha hecho famosas a las ruinas, deteniéndose en su alto valor estético: «Estos bajorrelieves enigmáticos constituyen una verdadera composición, que tiene su unidad, que debió tener en su tiempo un significado mítico como los del friso del Partenón en Atenas. Figuran varias procesiones como las panateneas en honor de Minerva, sin su gracia inmortal y sin su interpretación histórico-poética; pero de un carácter simbólico más acentuado y una síntesis religiosa más primitiva, menos complicada, que responde directamente a la idea de lo desconocido, del dios ignoto del génesis fundamental» 25. Es decir, que interpretaba el relieve desde una perspectiva estética, lo cual no deja de ser llamativo para esos años; tal vez fue la herencia de John Lloyd Stephens con los mayas26, libros que Mitre tenía en su biblioteca. Pero esta visión a veces poética no empaña al buen ojo crítico: entre otras cosas aclara que la única lámina que muestra seriamente el relieve es la publicada por Squier, pero que pese a eso le faltan detalles que sólo trae D’Orbigny, aunque éste «ha trazado mal los contornos angulares del cuerpo y ha puesto algunas cosas que sólo han existido en la fantasía del dibujante» 27. En este sentido, ya estaba adelantando las bases del nuevo método científico del positivismo tardío en la arqueología, al discutir con detalle los aportes de los autores anteriores y aceptar únicamente lo que podía ser corroborado por su propia experiencia previa. Esto lo lleva a plantear que las ideas del antiguo cónsul francés en La Paz, Leonce Angrand, quien había visitado el sitio sólo un año antes que Mitre, y publicado un interesante estudio acerca de la relación entre este relieve y los de México, era absurda, conclusión que ni el mismo Squier se había atrevido a postular. Para ello hace una cita bibliográfica de menos de dos renglones, en la cual menciona a «del Rio, Dupaix, Waldeck y Stephens», incluyendo la bibliografía más conocida escrita sobre México anterior a 185028.

Mitre y Spencer: un modelo de la sociedad americana.

Más allá de la descripción general, la muestra de erudición y, por qué no, el placer de haber rescatado una vieja libreta de apuntes de la juventud y volver a usarla para un libro que, por cierto, fue novedoso en nuestro medio, cabe preguntarnos, ¿qué quería demostrar Mitre con todo esto? Indudablemente no podía competir con el excelente libro de Squier y sus dibujos, mucho menos con dos observadores pioneros como Rivero y Tschudi, pese a todas sus flaquezas. Mitre quería ejemplificar un modelo histórico, demostrar que la teoría de Herbert Spencer de las sociedades que involucionaban era verdadera29. Que, en síntesis, los indios actuales no eran más que la degeneración final, casi animalesca, de las grandes culturas primigenias; en sus palabras, «sus imbéciles descendientes» 30.

Para empezar su capítulo XVII Mitre cita a Spencer: «Es más posible, y aún probable que el retroceso haya sido tan frecuente como el progreso». Esta frase sintetizaba todo: «así se comprobaría de una vez más por la crítica, y experimentalmente con un nuevo hecho, que la ley de la evolución de la sociabilidad antecolombina desde el Estrecho de Behring hasta Tierra del Fuego, era el retroceso, y que su organismo rudimental, sus elementos constitutivos de vida social, no entrañaban el principio fecundo de una civilización progresiva, destinada a vivir, crecer y dilatarse en los tiempos perfeccionándose» 31.

Cómo se demostraba esto: primero una estructura política centralizada, fuerte y organizada para las grandes obras colectivas. Frente a un imponente monolito de casi 12 metros de largo escribió: «lo interesante de esta piedra semirrústica no es tanto su tamaño, cuanto la circunstancia de haber sido transportada de una distancia tal, que apenas se concibe; cómo haya sido posible hacerse sin auxilio de máquinas poderosas y por la sola acción de los débiles brazos de hombres casi salvajes» 32. Estos indígenas se organizaban en una sociedad muy peculiar de «una sociabilidad más poderosa, más coherente y más adelantada que la de los Incas, si bien no menos opresora, ni menos desprovista del germen fecundo y resorte moral que hace que las civilizaciones sean duraderas y progresivas», y «la raza que los ejecutó (…) era numerosa, obedecía a un tiránico gobierno central que tenía una constitución unitaria, un culto y un ideal también». Y continúa diciendo que «guiándose en nuestras investigaciones arqueológicas por el resplandor incierto de estas luces crepusculares, podremos entonces percibir en la penumbra del tiempo la sombra vagarosa de una sociedad de oprimidos, gobernada por la fuerza, en que la máquina humana, sin impulso propio, concurría a un resultado cooperativo, se consumía en esfuerzos estériles, y se extinguía en un trabajo largo y paciente, amasando con sudor y con sangre los cimientos del templo, que representaba la creencia y el ideal de aquella raza y la autoridad soberana de aquella sociabilidad muerta y destinada fatalmente a morir» 33.

Continúa expresando: «no pidamos a las piedras más explicaciones al respecto, pues es sabido que estas obras gigantescas sólo pueden concebirlas los déspotas y ejecutarlas los esclavos» 34. Este pueblo «vivió hace miles de años» 35; es más, su ciudad quedó trunca, nunca lograron siquiera completarla. La conclusión era terminante: fueron los exponentes de una cultura superior luego degenerada. Nos dice que «las tribus salvajes de la América, lo mismo que sus naciones relativamente más adelantadas, no poseían en su organización física, ni en los instrumentos auxiliares que mejoran y perfeccionan la condición humana, los elementos creadores, regeneradores, eternamente fecundos y eternamente progresivos y perfectibles, que caracterizan a las sociedades o las civilizaciones destinadas a vivir y perpetuarse». Y continúa: «el hombre americano -que hasta hoy es un documento vivo de su barbarie congénita-, tomado como unidad, carecía del resorte individual así en la condición salvaje como en el medio social» 36. Y para terminar nos aclara que «sin el principio de vida fecunda y de progreso perfectible que le inculcó la sangre europea, dotándolo con sus armas de trabajo y de combate, el hombre americano habría vegetado como sus árboles, propagándose como sus especies animales (…). Tal es la filosofía histórica que las ruinas de Tiahuanaco me enseñaron» 37.

¿En qué medida estas ideas eran realmente de Herbert Spencer? Esta es una buena pregunta a la luz de la polémica actual de la introducción del darwinismo en Argentina38, pese a que esta discusión en buena parte olvida que quizás para nosotros sea más útil entender la llegada de Spencer. Aún son muchos los que caen en el viejo error de llamar «darwinismo social» a lo que, para ser exactos, debe llamarse «spencerismo biológico». Esto entre nosotros se expresó en la larga lucha entre ameghinistas y seguidores de Burmeister y Moreno39. Sin entrar en este tema que tiene su propia bibliografía, la idea de la transformación era típica de la Ilustración. Desde Condorcet, e incluso antes, los conceptos de progreso, mejoramiento racial (en los animales ya se usaba) y modificación biológica en el tiempo, eran comunes. Charles Lyell, en sus Principies of geology de 1830, dejó bien sentada, aunque con una teoría aún predarwiniana, la unión entre lucha – progreso – cambio. Pero fueron Spencer y Darwin quienes unieron, cada uno a su modo, estas ideas con la del cambio biológico en el hombre y con la cultura misma.

Lo que Mitre estaba planteando era, por supuesto, una vieja idea de Spencer; lo que no era de él era la aplicación que hacía de la misma. Spencer, al igual que Darwin, estaba convencido de que hubo un «estado salvaje» previo al «estado civilizado», y que la humanidad toda cambió en forma directa de la barbarie a la civilización, en una línea de progreso creciente, de mejoramiento social. De allí que apoyar o ayudar a grupos de culturas más «primitivas» era ir en contra de la naturaleza, era impedir la evolución, era estar contra la supervivencia del más apto, la lucha de las especies. Y por ello Sarmiento se asumió como spenceriano40 en sus años tardíos, escribiendo que su libro de 1883 Conflictos y armonía de las razas en América 41 era el complemento de Facundo de medio siglo antes. Estas ideas spencerianas llegaron a ponerse en el centro de la discusión del evolucionismo en el país, con los enfrentamientos entre Ameghino, Burmeister, Moreno y Holmberg más tarde. Fue el resultado de haber aplicado una teoría de este tipo al mejoramiento poblacional, al haber iniciado una inmigración masiva europea junto con la guerra al indio. Fueron los inicios de la década de 1880, cuando llegó a la culminación esta política junto a las críticas ante un fracaso ya visible para los pioneros. Sarmiento en su Conflictos y armonía… está llegando al recurso del darwinismo social ante una visión que no muestra un mejoramiento racial de la población y trata de entender qué pasó, por qué el modelo que tan buen resultado diera en Estados Unidos no servía en nuestro país. La aplicación mecánica de las teorías no garantizaba resultados; porque al igual que Darwin, no se supo separar lo hereditario de lo aprendido, lo biológico de la cultura. José Ingenieros, creyendo aún en la existencia de razas superiores destinadas al progreso infinito y razas inferiores destinadas a la extinción, escribió en sus Crónicas de viaje, al ver a los negritos zambullirse para buscar las monedas que les arrojaban desde el barco en San Vicente: «Semejantes hombres no pueden sobrevivir en la lucha por la vida. La selección natural, inviolable a la larga para el hombre como para las demás especies animales, acabará con ellos cada vez que se encuentren con las razas blancas (… ). Cuanto se haga en pro de las razas inferiores es anticientífico; a lo sumo se las podrá proteger para que se extingan agradablemente» 42.

Pero volviendo a Mitre y su Tiahuanaco, lo que llama la atención en su interpretación de Spencer es su uso de la idea de una sociedad que involuciona, es decir que parte de un nivel más alto y regresa en la escala. En este sentido, Mitre ha hecho una lectura muy personal de Spencer, quizás más valiosa justamente por eso, por ser propia. Da la casualidad que la primera traducción de Spencer al español es justamente del mismo año que el libro de Mitre sobre las ruinas. La secuencia de publicaciones de este autor había sido rápida: primero apareció Social Statics en 1851; en 1862, First principies; en 1876 se iniciaron los volúmenes de Principies of Sociology, y en 1873 la gran compilación etnológico – arqueológica que fueron los múltiples tomos de su Descriptive Sociology, cuyos tomos II y VI estaban dedicados al indígena americano (publicados en 1874 y 1878), y en 1880 ya estaban traducidos43.

Son interesantes estas ideas de Mitre desde varios puntos de vista: uno es el personal, que discutimos más adelante; el otro atañe a la visión que lo prehispánico tenía en ese momento en el mundo. Por suerte ya hay amplia bibliografía que ha revisado la imagen del indio americano en las ideas de Europa y de nuestras clases dirigentes. Pero para la segunda mitad del siglo XIX se estaba más cerca de Squier, quien decía: «Constituirá una especulación curiosa y posiblemente infructuosa considerar cuál podría haber sido el futuro del Perú de no haberse subvertido el imperio por la conquista española (…) lo llamo desdichado, porque bajo los incas había un mejor gobierno, mejor protección para la vida y mejores medios para la búsqueda de la felicidad que los que han existido desde la conquista o que existen actualmente» 44. Y esto lo escribía en el libro sobre Tiahuanaco que Mitre citó incansablemente. Es evidente que quería hacer explícita su tesis contrapuesta: demostrar con un caso extremo la validez de su teoría de la sociedad regresiva.

La sociedad prehispánica en Mitre.

Anteriormente dijimos que estas ideas, tengan ahora mayor o menor validez, son importantes para entender al propio Mitre. Sirven para explicamos las ideas que tuvo acerca del indígena contemporáneo suyo, al que peleó en la frontera; recordemos que llevó a cabo varias batallas contra el indio al sur de Buenos Aires. Pero el enfrentamiento armado con ellos no significaba que su interés por las lenguas que hablaban no fuera en aumento. Y esto se inserta en uno de los puntos difíciles de la historia del pensamiento argentino: el nacimiento de la antropología y la arqueología, con hombres preocupados por la cultura material del indígena pero no tan preocupados por el aniquilamiento de los portadores de esa cultura.

El interés de Mitre por las lenguas indígenas fue amplio, y está expresado en su biblioteca selecta de libros de lingüística, arqueología y etnografía americana. El catálogo de su biblioteca muestra la vastedad de sus intereses, habiendo en ella la enorme mayoría de los libros accesibles sobre América latina, y por cierto muchas rarezas, algunas ya notablemente caras en su época y difíciles de obtener. Por otra parte, en su serie de tres volúmenes sobre lenguas indígenas, hizo un acopio de erudición bibliográfica al reseñar e incluso discutir cientos de libros sobre el tema, que trataban desde las lenguas del norte del continente hasta las más australes. En relación con esto, Mitre publicó su corto estudio titulado Lenguas americanas, el mije y el zoque, sobre dos lenguas indígenas del sureste mexicano45. Un año antes había editado la obra del padre Luis de Valdivia sobre el araucano y el allentiak del sur chileno, de la que hubo dos ediciones, la primera de ellas del Museo de la Plata46.

Otro de los temas que Mitre trató con detalle sobre el mundo americano prehispánico, fue el de la literatura, más concretamente el teatro, en su libro Ollantay, estudio sobre el drama quichua, publicado en 1881. Esta importante pieza del teatro indígena había sido publicada tras ser rescatada en 1837 por Palacios en Lima, y con los años reunió una larga serie de publicaciones y versiones. Entre ellas la más importante fue la de Clements Markham de 1871, quien había logrado separar con bastante claridad lo español de lo precolombino, en función de las diversas ediciones y versiones conocidas. Mitre, con esa fuerza que lo caracterizaba, salió al frente con un planteo acorde a su anterior Tiahuanaco, llevando sus ideas aún más lejos. Básicamente su planteo era que los antiguos incas, e incluso sus predecesores, no podían haber tenido ni teatro, ni literatura y que simplemente no se trataba más que de una «novela de capa y espada» escrita por un español en el siglo XVIII y reescrita por algún cura de la región para solaz de los indígenas. Esto levantó un coro inusitado de protestas, críticas y contracríticas en las que entraron varios de los más reconocidos científicos de la época47. En sus propias palabras: «¿Existía en América una literatura cualquiera antes de la época de su descubrimiento?». Y esto fue lo que discutió, demostrando la presencia de elementos hispanos en la obra y descartando su posible origen indígena. A lo sumo, decía, «estos primitivos elementos amorfos, atributos intelectuales de toda agrupación humana aún en el estado salvaje, constituyen a lo sumo lo que puede llamarse el protoplasma de una literatura» ya que «el estado sociológico de la América al tiempo del descubrimiento excluye hasta la posibilidad moral de la existencia del drama».

Quienes se dedicaron minuciosamente a demostrar que esto no era cierto fueron el mismo Markham y Vicente Fidel López, viejo crítico de Mitre. El trabajo de ambos fue en realidad demoledor, basado en el hecho de que Mitre había usado una versión no sólo mal traducida, sino también con correcciones y adiciones tardías, y que su idea, en cierta manera preconcebida, de que los indígenas no podían tener este nivel de creatividad cultural, lo llevaba a buscar la explicación fuera de la realidad. Más allá de que Mitre nunca contestó a esto, la polémica fue llevada adelante con bastante caballerosidad para nuestras normas actuales. Markham escribió: «Siempre es ventajoso tener un fuerte adversario, que se tome la tarea de hacerse eco de todo lo que puede decirse contra la opinión consagrada. En este caso el Devil’s Advocate es nada menos que el general Mitre, ex presidente de la República Argentina. El general sostiene que todo el drama de Ollantay es de origen hispánico, y que ha sido escrito en los últimos tiempos. No debe desoírse su opinión, porque es un hombre de vastos estudios que posee un espíritu crítico de primer orden (…) su ataque fue bien combinado, y llevado a cabo con gallardía, pero ha sido completamente infructuoso». Luego pasa, palabra por palabra y renglón por renglón, a demostrar esto en un trabajo de meticulosidad y rigurosidad muy llamativo para la época.

Todo esto nos reconfirma la forma en que Mitre estaba trabajando sobre el mundo prehispánico; cómo había construido ya un modelo de interpretación del pasado americano y lo aplicaba estrictamente, tal vez demasiado. Pero nos muestra cómo sus planteos iban madurando a través del trabajo escrito, cómo sus grandes ideas no se explicaban directamente sino que debían leerse a lo largo de muchos años de sus obras. Hoy en día podemos estar en desacuerdo con sus ideas sobre el indígena, quizás características del pensamiento europeo del siglo XVIII en el cual tanto abrevó Mitre, pero la coherencia, continuidad y profundidad que les dio son únicos en el continente. Lo que Mitre vio en Tiahuanaco de joven aún, y elaboró a lo largo de sus años de madurez como historiador, fue plasmado en su libro de 1879 sobre las ruinas, concretado en Ollantay y terminado con su estudio sobre las lenguas mije y zoque de 1895. Podemos pensar que Mitre es más claro en sus ideas leyendo sus pe queños trabajos hechos a lo largo del tiempo, que en sus obras grandes y paradigmáticas.

Hubo dos obras frustradas sobre temas indígenas: según él mismo iba a ser una de ellas El hombre salvaje en la cuenca del Plata 48, para la cual había reunido su «biblioteca gótico-americana» 49. La otra obra habría de titularse Historia del descubrimiento, conquista y población del Río de la Plata 50. Nada escrito quedó de ellas, mostrándonos que ésta fue una idea siempre apreciada pero que nunca pudo llegar a concretar. También debemos recordar que para los años que corrieron entre su publicación de Tiahuanaco y 1895, cuando terminó de editar su estudio sobre el mije y el zoque de México, la arqueología ya había cambiado en el país yen el resto del mundo.

El estudio del pasado en 1879.

Mitre, con su Tiahuanaco, al publicarlo en 1879, estos es pocos meses antes de la federalización de Buenos Aires y de la Campaña del Desierto, se metía de lleno en el centro de varias de las grandes polémicas intelectuales del país: evolucionismo, darwinismo, la aplicación de las teorías raciales de Spencer; todo esto en el aspecto teórico. En el más práctico, en las formas del quehacer arqueológico, de acercarse al mundo prehispánico y manejar los datos de la realidad. Mitre, como siempre, entraba de lleno en la polémica fuerte. Lo que podemos preguntamos ahora es si su ubicación en la historia del quehacer arqueológico era correcta, o mejor dicho, si las ideas que sustentaba estaban acordes al momento histórico. Esto me parece de gran utilidad, ya que ayuda a entender cómo Mitre había vislumbrado y madurado ideas en sus años jóvenes sobre estos temas, aunque cuando llegó a desarrollarlas la arqueología misma, como interpretación del pasado, había cambiado.

En 1872 se había fundado la Sociedad Científica Argentina, con dos viajeros naturalistas de la talla de Estanislao Zevallos y del perito Francisco Moreno. En Córdoba se había fundado en 1869, bajo la dirección de Herman Burmeister, la Academia de Ciencias de Córdoba. En 1873 Moreno ya contaba con fondos académicos para hacer su primer viaje de exploración científica al Río Negro, y en 1877 Ramón Lista hizo su primer recorrido. El Museo de La Plata se fundaría en 1884 a partir del Museo Antropológico de Moreno creado en 1862 y oficializado en 187751. Estos eran los años cuando los científicos preocupados por el pasado americano comenzaron a traducir las escrituras jeroglíficas a través de un trabajo largo y paciente, de tal forma que la década de los ochenta vio el desciframiento de la escritura azteca y los primeros avances en la maya. La tradición del americanismo francés, al que Mitre criticó duramente en su libro sobre Tiahuanaco, había establecido un método caracterizado por apoyarse en la lingüística, ya que las lenguas eran una especie de relicto histórico, de fósil que permitía comprender a los pueblos antiguos. En cambio, la ciencia alemana y la de los Estados Unidos planteaban un modelo más cercano al positivismo estricto: compilar información de campo, juntar y coleccionar evidencias físicas de la cultura material e interpretarlas sólo en la medida en que fuera posible, sin caer en grandes construcciones teóricas no demostrables; o incluso, usar los objetos para demostrar teorías fabricadas a priori. La arqueología comenzaba a ser una ciencia autónoma, con sus métodos propios, y la Argentina no estaba demasiado lejos de este proceso de institucionalización. Pero Mitre pertenecía a otra escuela, se movía con entera libertad y tenía sus ideas propias: Las ruinas de Tiahuanaco, en ese sentido, cierra una etapa de la historia de la ciencia en el país. La bibliografía nacional ha llamado a este período «documental» y lo cierra en 1872, para dar paso a la nueva arqueología de campo52.

A nivel de la arqueología de América latina ya se habían superado las épocas de los viajeros-eruditos, entrando en los años del llamado «nacimiento de la arqueología científica»: en México ya estaban publicando Eduard Seler, Francisco del Paso y Troncoso, y sólo cuatro años más tarde saldrían los monumentales tomos de Alfred P. Maudslay53. La época de Squier, Angrand, Rivero y D’Orbigny había quedado irremediablemente atrás; ahora se trabajaba con grandes fotografías, planos hechos por topógrafos, moldes a escala, traducción de jeroglíficos, permanencias muy largas en las ruinas -a veces de varios meses-, y el positivismo en pleno no veía con mucho agrado las disquisiciones en abstracto, sino únicamente la compilación y recolección de datos de campo. Mitre lo presintió cuando en su libro escribió «a mí me faltó tiempo y libertad para examinar con detención lo mismo que allí vi. En el espacio de dos horas y media a tres que pasé entre las ruinas, apenas pude consignar en mi cartera de viaje algunos breves apuntes, que olvidados por largos años, he encontrado en parte borrados, y me han servido para rehacer estos recuerdos» 54.

En otras regiones de América latina, donde por lo general el proceso histórico fue muy diferente al de Buenos Aires, la arqueología en esos años estaba entrando ya a sentir cierta responsabilidad frente a los restos materiales del pasado. Por ejemplo, en México se habían iniciado en 1881 los primeros trabajos de restauración de ruinas financiadas por el Estado; en Honduras muy poco después, y para la década de 1890, la mayor parte de los países de la región tenían ya una legislación preservacionista. Pero sin salir de nuestro medio, revisar el volumen primero de la Revista del Museo de La Plata publicada en 1890 bajo la dirección de Moreno, muestra el nuevo camino que la ciencia argentina estaba transitando: se inicia con el análisis del libro sobre La lengua mocoví del padre Tavolini que, precisamente, provenía de la biblioteca de Mitre, y lo discute Samuel Lafone Quevedo, quien se había iniciado en estos temas junto con el propietario del libro. Los otros dos trabajos eran de Moreno sobre las exploraciones arqueológicas en Catamarca y un estudio paleontológico. Ambos muestran estos cambios, incluso el hecho de que Moreno, si bien cita a Mitre y su Tiahuanaco, lo elimina de la bibliografía con un párrafo de tres líneas, bondadoso pero concluyente: «Las difíciles condiciones en que realizó su visita, no le permitieron entrar entonces en mayores consideraciones». Ya se estaba teniendo una visión diferente que posponía las hipótesis en función de una estricta descripción de los objetos mismos: en ese sentido los paleontólogos eran el modelo ideal perseguido. También sabemos que Mitre tuvo su propia colección de cerámicas precolombinas que regaló al museo de Buenos Aires a través del Perito Moreno, que incluía, además de algunos vasos, una espada de madera.

Sociedad regresiva y sociedad progresiva: un ciclo en las ideas de Mitre sobre América.

Nos queda aún un último tema: la unión entre su teoría del retroceso cultural del indígena americano y su visión crítica de la restauración del trono del Inca en el proceso de la Independencia. Obviamente no vamos ni a historiar este hecho ni a discutirlo; otros mejores lo han hecho antes, y quizás sea una de las grandes polémicas de nuestra historiografía. Lo que sí podemos es tratar de ver esto desde la visión mitriana del mundo indígena: «Al separarme de aquellas ruinas había empero aprendido con la simple vista, algo que no se aprende en los libros, y era a pensar por sí mismo llevando la convicción de que la América y los americanos son de la América, como sus monumentos y razas lo proclaman. Al pasar por el campo de Huaqui, orillando el gran lago, sentí revivir los grandes recuerdos patrióticos de la revolución sudamericana, que había asociado a las antiguas tradiciones indígenas las nuevas aspiraciones a la independencia y la libertad». Renglones adelante continúa, «al atravesar el puente flotante del Desaguadero, que la tradición atribuye al Inca conquistador de los aymaraes, y que hoy subsiste hace más de 600 años tal y cual se lo ve hoy -aunque sus materiales se renueven cada seis meses-, me encontré en pleno país precolombiano. El puente es de paja y por sus materiales y estructura es obra tan original como la composición del gran monolito de Tiahuanaco» 56. Pero como lo dejó muchas veces en claro, de esto al hecho de entronizar a un descendiente de los incas, aunque éste fuera Juan Bautista Tupac Amaru57, anciano hermano del Tupac Amaru que se había levantado contra los españoles, había un gran trecho. Lo que se enfrentaba no era sólo un modelo de sociedad liberal contra otro más conservador y tradicionalista, más aún que los grupos porteños y los del interior, incluidos los grupos indígenas del norte altoperuano. Era para Mitre el enfrentamiento entre dos modelos de sociedades: las del progreso infinito y las de la regresión obligada. La europea, que Echeverría había definido sólo dos antes del viaje de Mitre a Tiahuanaco, como la única que avanzaba hacia el futuro58 contra la de los indígenas que ni siquiera pudieron terminar de construir Tiahuanaco: «Pensar que con esos elementos y en ese medio (el boliviano) pudiera incubarse y expandirse una inspiración como la de Homero, una estética como la de Fidias, una doctrina como la de Jesús, un método como el de Descartes, una armonía como la de Mayerbeer, una invención como la de Fulton o Edison, una teoría vital como la de Darwin o un carácter de grandeza moral como el de Sócrates o de Washington, sería más que pedir peras al olmo; seria esperar que de los caracteres de la imprenta puestos en manos de salvajes, y combinados por ellos de millares en millones de modos, pudiese nacer la Divina Comedia del Dante» 59. La distancia recorrida por la historia política y por la historia de las ideas americanas, que pasó entre la celebración del 25 de mayo de 1811 por Castelli en las ruinas de Tiahuanaco60 y las frases de Mitre tres cuartos de siglo más tarde, era más clara; mostraba el cambio operado en gran parte del continente61.

Esta pequeña historia escrita por Mitre, su aporte al tema prehispánico e indígena en el país y en el continente, queda así como una historia más grande, como parte indisoluble de la historia de cómo los argentinos nos hemos pensado a nosotros mismos, a nuestro pasado y a nuestro futuro. Las ideas de Mitre posiblemente cambiaron; creo que puedo suponer, con el lógico riesgo de equivocarme, que las ideas de él al llegar a Tiahuanaco sin ninguna formación histórica en el tema en 1847, no eran las mismas que al escribir su libro en 1879. Muchos asumieron sus ideas, otros las discutieron; nadie las pudo dejar de lado. Hoy quizás ya veamos la historia de otra manera. Y justamente porque la vemos desde perspectivas distintas, con métodos y teorías diferentes, es que ya no podemos dejar de releer a Mitre, engarzar sus ideas con su práctica como historiador, militar y político, y con las de gran parte del pensamiento de Buenos Aires, y del país también, durante un siglo.

NOTAS

1. FERNANDO MÁRQUEZ MIRANDA, «Mitre y las lenguas aborígenes america¬nas», Mitre: en el cincuentenario de su muerte, pp.175-182, La Nación, Buenos Aires.
2. Museo Mitre, Lenguas americanas: catálogo ilustrado de la sección X de la biblioteca, Buenos Aires, 1912; Catálogo razonado de la sección lenguas americanas, 3 vols., 1909/1911, Imprenta Coni, Buenos Aires.
3. Utilizo la edición hecha bajo la dirección de Fernando Márquez Miranda, Editorial Hachette, Buenos Aires, 1954. La original fue editada por Pablo Coni, Buenos Aires, 1879. El original que incluía una hoja de su diario y tres fotos «de las ruinas, la iglesia y un monolito» ha desaparecido del Museo Mitre.
4. VICENTE FIDEL LÓPEZ, Les races aryennes du Perou, leur langue, leur religion, leur histoire, Libraire A. Franck, París, 1871.
5. ALCIDES D’ORBIGNY, Voyage dans l’ Amérique méridionale, 9 vols., París, 1835/ 1847.
6. Para la secuencia cronológica seguimos a JUAN ANGEL FARINI, Cronología de Mitre, publicación del Museo Roca IV, Buenos Aires, 1964; RICARDO CAILLET-BOIS, «Mitre historiador», Mitre en el cincuentenario de su muerte, pp.103-114, La Nación, Buenos Aires, 1956; ANGEL ACUÑA, Mitre historiador, Imprenta Coni, 2 vols., Buenos Aires, 1936; JOSÉ CAMPOBASSI, Mitre y su época, Eudeba, Buenos Aires, 1980; E. DE GANDIA, Mitre bibliófilo, Imprenta Coni, Buenos Aires, 1939.
7. ANTONIO PAGÉS LARRAYA, «Años de aprendizaje», Mitre en el…, pp.7-25, op.cit.; JORGE NEWTON, Mitre, una vida al servicio de la libertad, Claridad, Buenos Aires, 1965; ACUÑA 1936, vol. I, op.cit.
8. MÁRQUEZ MIRANDA, 1954, op.cit., utiliza información de Daisy Ripodas Ardanaz.
9. La historiadora Daisy Ripodas Ardanaz estudió el tema en Bolivia.
10. MITRE 1954, pág. 110, op.cit.
11. MITRE 1954, pág.120, nota 5, op.cit.
12. MITRE 1954, pág. 135, op.cit.
13. FRANCES DE CASTELNAU, Antiquités des incas et autres peuples anciennes, recuillis pendan: l’expedition dans les parties centrales de l’Amérique du Sud, 5 vols., París, 1851.
14. MARIANO E. DE RIVERO y JOHAN JACKOB VON TSCHUDI, Antigüedades peruanas, Imprenta Imperial de la Corte y del Estado, Viena, 2 vols., 1851.
15. WILLIAM BOLLAERT, The pre-incarial ruin of Tiahuanaco…, Intellectual Observer, vol. III, pp.229-237, Londres.
16. J. H. SCRIVENER, «Una visita a las ruinas de Tiahuanaco», Revista de Buenos Aires, tomo VII, pp. 140-148, Buenos Aires, 1865.
17. LEONCE ANGRAND, Lettres sur les antiquités de Tiahuanaco et l ‘origine presumable de la plus anciennes civilization du Haut-Perou, París, 1866/1867.
18. J. J. VON TSHUDI, Travels in Peru: 1838-1842, London; Reisen durch Sudamerika, 5 vols., Leipzig, 1869.
19. Utilizo la edición de GEORGE SQUIER, Un viaje por tierras incaicas: crónica de una expedición arqueológica (1863-1865), Los amigos del libro, La Paz, 1974.
20. GORDON WILLEY y JEREMY SA¬BLOFF, A history of American archaeology, W. H. Freeman and Co., San Francisco; BRUCE TRIGGER, A history of archaeological thought, Cambridge University Press, 1989.
21. DANIEL SCHÁVELZON, «The history of Mesoamerican archaeology at the crossroads: changing views of the past», en Tracing archaelogy’s past, the historiography of archaeology, pp. 107-112, Southern Illinois University, Carbondale.
22. DANIEL SCHÁVELZON, Francia y la arqueología en México y América Central, en prensa, Universidad Nacional Autonóma de México, México. Nadie ha buscado el origen y desarrollo de las ideas de Mitre sobre el pasado prehispánico y sobre lo indígena. Por lo general sus biógrafos, como ANGEL ACUÑA (1936, op.cit.) se han preocupado más por su visión de la historia inmediata encerrada en sus grandes libros sobre Belgrano y San Martín, pasando rápidamente por los demás escritos de Mitre.
23. MITRE 1954, pág. 103, op.cit.
24. DÉSIRÉ CHARNAY y EMANUELLE VIOLLET-LE-DUC, Cités et ruines américaines: Mitla, Palenque, Chichen Itza, Uxmal, Izamal, 2 vols., París, 1862/1863; KEITH DAVIS, Désiré Charnay expeditionary pho¬tographer, University of New Mexico Press, Albuquerque, 1981.
25. MITRE 1954, pág. 129, op.cit.
26. JOHN LLOYD STEPHENS, Incidents of travel in Central America, Chiapas and Yucatan, 2 vols., Harper and Brothers, New York, 1841.
27. MITRE 1954, pág. 132, nota 11, op.cit.
28. IGNACIO BERNAL, Historia de la arqueología en México, Editorial Porrúa, México, 1980.
29. MARVIN HARRIS, El desarrollo de la teoría antropológica: una historia de las teorías de la cultura, Siglo XXI, Madrid, 1982.
30. MITRE 1954, pág. 171, op.cit.
31. MITRE 1954, pág. 189, op.cit.
32. MITRE 1954, pp. 135-136, op.cit.
33. MITRE 1954, pág. 141, op.cit.
34. MITRE 1954, pág. 141, op.cit.
35. MITRE 1954, pág. 175, op.cit.
36. MITRE 1954, pág. 196, op.cit.
37. MITRE 1954, pág. 198, op.cit.
38. ELENA P. DE DAVILA, «Darwin en la Argentina», Quipu N°21, México, 1984; RICAURTE SOLER, El positivismo argentino, Paidós, Buenos Aires, 1968; MARCELO MONTSERRAT, «La recepción del darwinismo en la Argentina», Criterio, N° 1656, Buenos Aires, 1972.
39. JULIO ORIONE y FERNANDO ROCCHI, «El darwinismo en la Argentina», Todo es Historia, 228, pp. 8-28, Buenos Aires, 1986.
40. «Con Spencer me entiendo, porque andamos el mismo camino», Domingo F. Sarmiento, carta a Francisco P. Moreno, 9 de abril de 1883. Véase FERMÍN CHÁVEZ, «Sarmiento spenceriano», Todo es Historia N°173, pp. 26-28, Buenos Aires, 1981.
41. Uso de la edición de La Cultura Argentina, Buenos Aires, 1915, que incluye la carta a Moreno citada en nota 40.
42. JOSÉ INGENIEROS, Crónicas de viaje, pág. 118, Elemer Editor, Buenos Aires, 1957.
43. Los dos libros sobre los indígenas de América fueron traducidos al español en la época: Los antiguos mexicanos y El antiguo Yucatán, México, Oficina Tipográfica de la Secretaría de Fomento, 1898; traducción de D. y G. García.
44. SQUIER 1974, pág. 108, op.cit.
45. BARTOLOMÉ MITRE, Lenguas americanas: el mije y el roque, Imprenta La Nación, Buenos Aires, 1895; también en Catálogo razonado, pp. 29-40, vol. II, 1910.
46. BARTOLOMÉ MITRE, Lenguas americanas: estudio bibliográfico-lingüístico de las obras del padre Luis de Valdivia sobre el Araucano y el Allentiak, con un vocabulario razonado Allentiak, Museo de La Plata 1894; Lenguas americanas: el Tupy egipciano, en Catálogo razonado…, 1901/ 1911, op.cit.
47. Esta obra de teatro fue estudiada por muchos autores, los que casi en su mayoría están representados en sus versiones originales en la biblioteca de Mitre. Su edición se titula Ollantay, 44 págs., separata de la Nueva Revista de Buenos Aires, 1881; los autores a los que Mitre retruca o que lo discuten a él son: CLEMENTE MARKHAM y VICENTE FIDEL LÓPEZ, Poesía-drama de los Incas: Ollanta, Imprenta y Librería de Mayo, Lima, 1883; CONSTANTINO CARASCO, Ollanta, drama quichua entres actos y verso, Imprenta de El Comercio, Lima, 1876; JOSÉ S. BARRANCA, Ollanta, o sea la severidad de un padre y la clemencia de un rey…, Imprenta Liberal, Lima, 1869; J. J. VON TSCHUDI, Ollanta eine Altoperuanische drama aus Kechausprache, Viena, 1875; GAVINO PACHECO ZEGARRA, Ollantai: drame en vers quichua du temps des Incas, Collection Linguistique Américaine, vol. IV, París, 1878. También el Ollanta de Mitre fue incluido en su Catálogo razonado…, vol. n, pp. 200-236, 1910.
48. MÁRQUEZ MIRANDA 1956, pág. 176, op.cit. y 1954, pág. 89, op.cit.
49. MÁRQUEZ MIRANDA 1954, pág. 90, op.cit.
50. Idem, ibídem.
51. JORGE FERNÁNDEZ, Historia de la arqueología argentina, Asociación Cuyana de Antropología, Mendoza, 1972; NORA S. DE GENTILE y MARÍA MARTÍN, Geopolítica, ciencia y técnica a través de la campaña del desierto, Eudeba, Buenos Aires, 1981; ANTONIO LASCANO, El Museo de Ciencias Naturales de Buenos Aires, Ediciones Culturales Argentinas, Buenos Aires, 1980; HORACIO CAMACHO, Las ciencias naturales en la Universidad de Buenos Aires, Estudios Históricos, Eudeba, Buenos Aires, 1971.
52. DANIEL SCHÁVELZON, Teoría e historia de la restauración arqueológica en México (1780-1980), Tesis Doctoral, UNAM, México, 1984; DANIEL SCHÁVELZON, La conservación del patrimonio cultural en América latina. Instituto de Arte Americano, Buenos Aires, 1990. Recordemos que en Perú ya habían excavado Wilhelm Reiss y Adolph Stubel en 1875 y se había realizado el viaje excepcional de Charles Wierner en 1875, aunque ambos aún no los habían publicado.
53. MITRE 1954, pág. 178, op.cit.
54. MITRE 1954, pág. 107, op.cit.
55. MITRE 1954, pág. 202, op.cit.
56. EDUARDO ASTESANO, Juan Bautista de América, el rey inca de Manuel Belgrano, Ediciones Castañeda, Buenos Aires, 1979.
57. De la generación de la Joven Argentina se habían escrito, por Alberdi su Fragmento preliminar al estudio del derecho en 1837, Sarmiento su Facundo en 1845 y Echeverría su Dogma Socialista en 1846. Joseph Barager, «The historiography of the Rio de la Plata since 1830», Hispanic America Historical Review, XXXlX-4, pp. 588-642, 1959.
58. MITRE 1954, pp. 197-198, op.cit.
59. BARTOLOMÉ MITRE, Historia de Belgrano y la emancipación americana, Editorial Suelo Argentino, Buenos Aires, 1950.
60. BENJAMÍN KEEN, La imagen azteca, Fondo de Cultura Económica, México, 1974.

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