Sobre algunos temas actuales de la historia de la arqueología en las Américas

Society for American ArchaeologyPonencia realizada por David Browman en el marco del The Gordon R. Willey Simposium in the History of Archaeology realizado por The Society for American Archaeology 71st Annual Meeting en San Juan de Puerto Rico el 29 de Abril de 2006. Co-organizadores: Daniel Schávelzon y Eleanor King.

Versión bilingue en español e inglés.

La arqueología, a diferencia de muchos otros campos del mundo científico, necesita acudir constantemente a los conocimientos generados en el pasado. No sólo hay interés en lo último que se ha hecho, sea como excavación o como reflexión teórica, sino que por su propia naturaleza destructiva y porque los sitios mismos se transforman o son transformados, es imprescindible trabajar con lo hecho antes por otros, y a veces hace mucho tiempo. Esto hace que sea habitual para cualquier arqueólogo trabajar con viejos textos, fotos o planos, que valga el ejemplo, sería raro que usara un médico, un químico o un biólogo. Incluso un historiador va en busca de documentos incluso ya publicados pero no es habitual que use las interpretaciones y descripciones hechas en el pasado. Pero para un arqueólogo es imprescindible ver lo hecho antes que él, describirlo y discutirlo; hasta enumerarlo al inicio de su publicación. Y también es válido usar esa documentación ya que lo que otros vieron hace tanto tiempo ya no existe, o al menos no existe de esa manera. Ha sido tan rápido el cambio, por destrucción o restauración o cambios en nuestra propia mirada, que cada generación ha visto cosas diferentes en los mismos lugares. Nunca nadie verá la estructura E7 de Uaxactún, nadie verá la Acrópolis de Tikal y su templo central enteros, nadie podrá ver jamás la superficie de La Venta, ni Pachacámac como lo vió Max Uhle, ni tantas estructuras que cubrían otras y que fue necesario remover. ¿Cuántos sitios han desaparecido devorados por las ciudades? Valga Kaminaljuyú como un ejemplo cualquiera. Han habido libros que revisaron las diferentes miradas en el tiempo sobre los mismos objetos, desde las ciudades prehispánicas, los edificios, el territorio o una simple cerámica. Valga el desarrollo de la epigrafía para ver como un mismo glifo ha podido ser interpretado de tantas maneras diferentes a lo largo del siglo XX.

Este fenómeno de la proximidad a los pioneros fue la puerta de entrada a la historia de la arqueología en las Américas, a la que se sumó rápidamente otra: la primera generación de quienes hicieron las «grandes historias» del tema, quienes presentaron una visión que en causó fuerte impacto ya que le daba una genealogía venerable, siguiendo a Glyn Daniel; para la década de 1970 la arqueología americanista tenía una historia al cumplir un siglo de existencia. Pero muy poco después surgieron las críticas ya que esas historias no sólo se insertaban en una visión institucionalista discutible sino que apuntalaban una manera considera mecánica de ver el pasado, típicamente anglo-sajona y norteamericana: la historia de la arqueología era presentada como el desarrollo de nuevos paradigmas (teóricos o metodológicos) y su dispersión por el continente, siempre de norte a sur, donde quienes los aceptaban más rápidamente quedaban como héroes de una lucha contra el oscurantismo de quienes sostenían ideas de etapas precedentes. Una historia que, en extremo, algunos consideraron difusionista y a la vez darwinista.

A esta historia se le fue enfrentando otra que surgía desde diversos lugares, muchos de ellos con dificultades de publicación y difusión, sin opciones para traducir y divulgar: el planteo era que coexistían en realidad una arqueología de investigación pura, apoyada por museos y universidades en Estados Unidos que permitía viajar a otros países y regresar con la información -y a veces con los objetos-, y otra que implicaba enormes esfuerzos por conservar, restaurar, recibir el turismo y difundir. Es decir que la arqueología pasaba de ser sólo ciencia pura a transformarse en un patrimonio que debía ser protegido. Valga como ejemplo que, en un mismo momento, Rene Millon estaba haciendo un trabajo excepcional de mapeo en Teotihuacan, pero México decidió invertir una suma muchísimo mayor en restauración y adecuación turística del sitio que ya llegaba al millón de visitantes anuales. Si comparamos los resultados científicos la diferencia es abrumadora, el problema es que se estaba usando -y recreando- el pasado de dos formas diferentes. No era válida la comparación tantas veces usada.

Y esa historia alternativa era impresionante en sus logros y también en sus problemas, pero mostraba una de las causas del porqué no había coincidencia en la mirada del desarrollo de la arqueología. Lo que se estaba haciendo eran libros sobre la investigación de los arqueólogos de Estados Unidos, y de algunos europeos, en América Latina, y la aceptación y colaboración de los arqueólogos locales en la aplicación de esa forma de hacer ciencia, sin tomar en cuenta los esfuerzos por evitar el saqueo, por conservar y restaurar, por hacer museos y concientizar a la población en el valor de su herencia. Quizás el ejemplo de Eduard Thompson en el Yucatán, considerado a la vez un pionero para la bibliografía internacional, y un vulgar saqueador a la vez que empresario esclavista con impunidad diplomática, sea aun valedero pese al tiempo transcurrido.

Otro de los grandes temas que ha abierto la historia de la arqueología en las Américas, una vez estudiados los grandes pioneros, fue buscar en la «segunda línea», para encontrar historias cada vez más interesantes: personalidades que pudieron ser descollantes pero que la coyuntura, o su pertenencia social, o por trabajar fuera de las grandes ciudades, no los dejaron competir con quienes formaban el frente institucional. Estos frentes fueron extremadamente rígidos, muchas veces impidiendo el pensamiento diferente, llegando casos en que su postura política, el Nacionalismo a ultranza (México como ejemplo) o incluso el Nazismo y el Fascismo (Argentina) eran la única alternativa válida. Así quedaron relegados muchos que pudieron haber hecho grandes aportes en sus temas, pero que la realidad les impidió ocupar lugares de privilegio. La formación de las «corporaciones» institucionales en cada país es un tema abierto al debate y que recién comienza a ser estudiado. Ya tenemos historias de género, podemos atisbar la mirada femenina del pasado, nos enfrentamos a desafíos sobre los primeros arqueólogos no católicos en países en que esa religión es dominante, a los primeros de extracción indígena o afro-americanos. Aun queda mucho por pensar sobre la historia de la vieja controversia entre arqueólogos de diferentes países o ideologías.

Y tema de interés también ha sido el de los arqueólogos de las grandes ciudades y museos en la propia América Latina y quienes residieron más modestamente en las pequeñas ciudades del interior, generalmente sin bibliografía ni recursos. Ha resultado interesante observar como la ciencia de cada país ha levantado las figuras de los primeros, pero en cada estado o provincia los que se quedaron son los héroes locales y, generalmente, hasta los museos llevan sus nombres, pese a que su obra es considerada como no de vanguardia en su tiempo.

Por último, se ha logrado entender el papel que la arqueología ha tenido en la construcción de la identidad nacional de cada país. En los de fuerte tradición indígena esto es comprensible y sucedió desde muy temprano (Guatemala, Perú, Bolivia y otros), pero en los países construidos con límites artificiales, definidos tras grandes genocidios, o por la política de turno del siglo XIX o incluso del XX (valgan de ejemplo Panamá, Belice, Uruguay), fue necesario hacer juegos a veces insólitos para darles cohesión nacional. Y la arqueología jugó un papel crucial en estas definiciones que sin duda pasan por el imaginario colectivo, la memoria reconstruida y una identidad re-fabricada.

Este simposio, en los inicios del siglo XXI, recupera la figura de quien fuera pionero de la historia de la arqueología de las Américas, se realizará por primer vez fuera de Estados Unidos. Es un paso importante para la discusión sincera entre expertos de todo el continente e incluso de otros, quienes tienen mucho que decir al respecto. Para entrecuzar miradas diferentes sobre un mismo pasado, para contrastar ideas, para pensar diferente, para avanzar en el conocimiento de nuestra propia especialidad. El siglo XXI nos ha traído la posibilidad, tras el derrumbe de los grandes paradigmas y las verdades absolutas, de producir conocimientos más abiertos, flexibles, críticos, de penetrar en lugares que podían ser «políticamente incorrectos».

La apertura que las ideas provenientes del Marxismo le dio al pensamiento arqueológico de las décadas de 1960 y 1970, ha sido ya bien entendida incluso en los Estados Unidos como una corriente de pensamiento altamente social y comprometido con la situación injusta de marginación y subdesarrollo que vive gran parte del continente, y por eso dijo y sigue teniendo mucho que decir sobre la inserción de la arqueología en su realidad social y política -no se excava en el vacío sino en países concretos-; y sobre la importancia que tienen esos factores que hoy aceptamos todos: la economía, la producción, la asimetría social y la opresión de unos a otros. Revisar los enfrentamientos con las teorías de los Estados Unidos, y con el quehacer de los arqueólogos en terriorio latinoamericano, puede resultar más que interesante.

Hoy más que nunca, los arqueólogos de todo un continente tenemos un foro para discutir sobre cómo fue que nos hicimos a nosotros mismos.

VERSION EN INGLES

On Some Major Issues Concerning History of Archaeology in the Americas Today.

Archaeology, as opposed to many other disciplines in the world of science, needs to constantly source from the knowledge generated in the past. Its interest is not only focused on the very last breakthroughs -an excavation, a theoretical reflection-, but rather, due to its own destructive nature and to the fact that sites change or are transformed, the neeed arises to work with what others have done before, and at times, way back in the past. As a result, it has become customary for archaeologists to work with earlier texts, photographs or plans, something that a medic, a chemist or a biologist would never do. Even historians source from already published documents, though they rarely use past interpretations and descriptions, even if these were originated in the past century. For an archaeologist, on the contrary, it is indispensable to explore every previous progress made on his subject of study, and to provide a description and a discussion, as well as a detail which should be presented at the beginning of his publication. Clearly, it is valid to use such documents, as whatever other researchers had the chance to witness so long ago, now no longer exists, or does not exist in the same way.

As a consequence of destruction or restoration, changes have been so sudden that each subsequent generation, in fact, has seen different things in one and the same place. Noone will ever see again Structure E7 from Uaxactún, noone will see again the surface of La Venta, or Pachacamac as Max Hule saw it when he work at the site, or the countless structures that covered other earlier ones and that had to be removed. How many sites have vanished, devoured by cities? Kaminaljuyú is one such example. Several books have explored the different approaches throughout time to a similar object such as a prehispanic city, a building, a territory, or a mere ceramic ware. The development of epigraphy shows how a single glyph has been interpreted in many different ways along the XXth century.

This phenomenon of proximity with the pioneers has represented one of the gateways to history of archaeology in the Americas, followed shortly after by a second, different one: the first generation of scholars who elaborated great histories on the subject, presenting a vision which from the very beginning, and following Glyn Daniel, caused a strong impact by endowing it with a venerable genealogy. By the 1970’s, and with one hundred years upon its shoulders, Americanistic archaeology already had a history of its own. Shortly after, however, criticisim gradually appeared, based on the fact that those histories were not only inserted in a debatable institutionalistic vision, but were also reinforcing what was deemed as a typical Anglo-Saxon, North American, mechanical manner to see the past: the history of archaeology was being presented as the development of new paradigms (both theoretical and methodological) and the dispersion thereof throughout the continent, always in a north-south direction, where those who more readily accepted them would very quickly become the champions of a struggle against the obscure minds of those who favored the notions of earlier stages. A history which, in extreme, some would consider both diffusionistic and Darwinistic in nature.

This history began to be gradually confronted by a different one, originated in territories where publishing and diffusion faced serious difficulties, and where chances were scarce as far as translations and publications was concerned. The claim was that together with a pure research archaeology, such as the one funded by U.S. museums and universities, one that allowed travels to other countries and the collection of relevant information -and much too often the collection of the archaeological objects themselves-, there was another archaeology engaged in a tremendous effort in the field of preservation, restoration, tourist attention, and diffusion. Thus, archaeology had switched from being simple, pure science, to become a heritage that was to be protected. René Millon represented the best possible example of this stand, with his remarkable mapping effort in Teotihuacan, while simultaneously México chose to invest a much larger amount in the restoration and touristic adequation of the site, which was already receiving about one million visitors per year. When comparing scientific results, the difference is overwhelming; the issue here is that the past was being used -and recreated- in two different ways. The comparison was not valid.

Such alternative history was impressive, both in terms of achievements and handicaps, and exposed one of the reasons why there wouldn’t be a coincidence in the way archaeological developments were considered. What was being written, for the most part, were books on the research efforts accomplished by U.S. and several European archaeologists and institutions in Latin America, together with the acceptance and collaboration of local archaeologists in front of that way of doing science, and disregarding any effort directed to prevent lootings, to preserve and restore, to build museums, and to make people aware of the significance of their heritage. Perhaps the example of Eduard Thompson, hailed as a pioneer in international bibliography, and simultaneously considered a looter and a contractor who exploited his laborers, and an individual who enjoyed diplomatic immunity may be valid, in spite of the time elapsed.

History of archaeology in the Americas, once the study of the most important pioneers was completed, led the way to an additional broad issue. This consisted in the search of «second-liners», in the pursuit of new interesting histories. Potentially, they were outstanding individuals who due to the momentary situation, or their social ascription, or for working out of the large cities, were not allowed to interact and compete with those who were a part of the institutional front. Such fronts were extremely rigid and shut any different line of thinking, while their political stand, at times -exacerbated Nationalism in México, or Nazism and Fascism in Argentina- represented the only valid alternatives. Thus, many scholars with the capability to produce important contributions in their fields of expertise were left aside, whenever reality prevented them to occupy a position of privilege. The formation of institutional «corporations» at the core of each country remains a subject to be debated, and has just begun to be studied. There are already a few gender histories that allow us to catch a glimpse on the feminine interpretation of the past. We face as well challenges concerning the first non-Catholic archaeologists in countries where religion is dominant, and concerning the first scholars of an indigenous or Afro-American origin. There is still plenty to elaborate about the history of the long-existing controversy between archaeologists from different countries and with different ideologies.

An additional subject of interest has to do with archaeologists working in large cities and museums from Latin America, and with those who lived and worked more modestly in smaller cities within the hinterlands, who usually suffered a scarcity of literature and resources. We have observed with interest how science in each country has enhanced the image of those who acted in large cities, while in each state or province, on the contrary, those who chose to stay are considered local champions and even the museums carry their names, disregarding the fact that the work produced probably was not considered a leading effort at the time.

Finally, we have come to understand the role archaeology has played in the construction of the national identity in different territories. In countries with a strong indigenous tradition this is quite easy to understand, and was a reality since earlier times (Guatemala, Peru, Bolivia, and others), but in built countries, with artificial boundaries defined by the prevailing politics of the XIXth and XXth centuries (Panama, Belize, Uruguay), the most sophisticated maneuvers were put in practice so that they could exhibit some sort of national cohesion. Archaeology, in many ways, has played a crucial role in these definitions, undoubtedly related to the collective imaginary, the constructed memory and a newly-fabricated identity.

The Present Symposium at the Dawn of the XXIth century

This Symposium, which hold the name of a pioneering personality for the history of archaeology in the Americas, will be held for the first time out of the United States’ mainland. This is an important advancement towards honest discussion, held at a scientific level, between experts of the entire continent and elsewhere, who have plenty to say in this regard. Notions will be compared, as also different lines of thinking, and progress will be made in the knowledge of our field of expertise. The XXIst century has brought about the possibility, following the collapse of grand paradigms and absolute truths, to produce knowledge of a rather more open, flexible and critical nature, tha chance to set foot on some blurry territories which were perhaps considered as «politically incorrect».

Marxist-originated notions produced in Latin America an opening in the archaeological thinking of the 1960’s and 1970’s, and have been properly interpreted as a highly social line of thought strongly committed with the unjust situation of marginality and underdevelopment in which a large part of the continent is submerged. That is why it has referred -and still has plenty to say- to the insertion of arcaheology in a social and political reality of its own: excavations are not carried out in a void, but on the contrary, in specific countries. It has has referred as well to the relevance of those factors we all acknowledge nowadays: economy, production, social asymmetry and the opression some individuals inflict on others.

More than ever, here, today, archaeologists from an entire continent have a forum to discuss how we have come to create ourselves.

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