Gordon Willey y su Historia de la arqueología americana a treinta años de distancia: una mirada a América Latina, lo que había y lo que hay.

Society for American ArchaeologyPonencia de Daniel Schávelzon presentada en The Gordon R. Willey Simposium in the History of Archaeology en el marco de la 71° Encuentro Anual  de la The Society for American Archaeology (http://www.saa.org/), realizado en el Centro de Convenciones de la ciudad de San Juan de Puerto Rico el 29 de Abril de 2006. Fueron co-organizadores Daniel Schávelzon y Eleanor King.

Resumen
Durante los últimos 50 años se han producido una enorme cantidad de textos sobre la arqueología en América Latina. Por la historia propia de cada país esta ha mostrado diferentes temas de preocupación, diferentes interpretaciones e incluso ha sido utilizada como enfrentamiento político. Se estudia parte de su historia, el estado actual de estos conocimientos y sus posibles futuros desarrollos.
Abstract
In the last 50 years an enormous amount of literature has been generated on archaeology in Latin America. However, the particular history of each country reveals different interests, different interpretations and, indeed, shows how that history has been used as a political weapon. This paper reviews the history, the actual status of research and possible future developments.

Estas páginas acerca de la historia de la arqueología en América Latina han sido escritas desde una mirada centrada en el libro escrito por Gordon Willey con Jeremy Sabloff, History of American Archaeology, publicada por primera vez en 1974 (1), y cuyo impacto en el continente fue indiscutible. Al comenzar a revisar el pasado de la especialidad me pregunté qué bibliografía habían utilizado en su libro, por todos asumido como el inicio de la historiografía de la arqueología a escala del continente. En su bibliografía, que forma un conjunto de cerca de quinientas referencias, encontré sesenta y seis publicaciones (cerca del 11,5 %) de autores de América Latina escribiendo sobre esta misma región, hechas por 49 arqueólogos; hay 43 en español (el 65.5 %), 19 están traducidas al inglés y cuatro son en portugués. No he tomado en cuenta a los autores coloniales como Bartolomé de las Casas, Diego de Landa, Guamán Poma de Ayala (ordenado como “Pomo”), Sahagún o Clavijero. Tampoco quiero considerar a los arqueólogos de Estados Unidos o Europa que vivieron parte de su vida en México o Perú y sus textos aunque fuesen históricos; estoy hablando de los arqueólogos latinoamericanos o del Caribe escrito sobre la arqueología de la región o lo escrito por autores locales sobre extranjeros que hubieran trabajado aquí. De los 49 autores hay:

Argentina: 27 textos de 15 autores (uno escribe sobre Brasil)
México: 18 textos de 12 autores
Perú: 8 textos de 3 autores
Brasil: 5 textos de 4 autores (uno de 1885, dos de 1895, el otro es una publ. institucional)
Ecuador: 4 textos de 2 autores
Colombia: 3 textos de 2 autores
Venezuela: 1 texto de 1 autor (de 1889)

Esta revisión nos produjo varios interrogantes que generaron preguntas, de las que la mayor de todas es si la selección estaba simplemente determinada por el acceso a lo que tuvieron disponible en sus bibliotecas, o si implicaba una selección. Y en ese caso si ella permite observar la existencia de una interpretación de la historia en la cual estaban inmersos –el “espíritu” de su tiempo como se lo llamó en la época. Estas dudas, nos llevaban a pensar que ese libro concretaba una tendencia preexistente, magistralmente presentada, que interpretaba el desarrollo de la arqueología como una ciencia –un campo del conocimiento en realidad-, de tipo universal, la que iba creando teorías, paradigmas, metodologías y técnicas, pero sólo en ciertos países, las que desde allí se difundían, generalmente de norte a sur. Esto no era fácil de demostrar y parecía coincidir con la visión predominante en la política, la cultura y la economía de Occidente de todo el siglo XX: habían los que producían tecnología, modelos de desarrollo y ciencia, y los consumidores de todo aquello.

Para revisar la historia de la arqueología en y de América Latina era por tanto necesario hacer un primer cuidadoso estudio: conocer qué es lo que se había producido hasta el momento del libro de Willey y Sabloff. Para eso ordené la bibliografía que pude encontrar en los diferentes países del continente en períodos: de los pioneros hasta 1960, luego a 1970 y desde esa año hasta 1974. Por cierto, y asumiendo que tengo un déficit probable de un 30 % de trabajos publicados que no he podido conocer o ubicar, lo que he encontrado resulta más que interesante.

De los pioneros a 1960

Desde el siglo XIX tardío hubo una intensa búsqueda de escritos antiguos y se fueron publicando manuscritos de viajeros, exploradores, hallazgos casuales o intencionales, lo que aun no era una historia de una actividad en sí misma, era trabajo histórico funcional a su presente. Como aun no existía una marcada diferencia teórica o metodológica en la forma de excavar con la de un siglo antes, no eran usados con el propósito de contraponer pasado versus presente, pero igualmente estaban construyendo historia. Es por eso que no pueden olvidarse los esfuerzos por publicar a Fray Francisco de Ximénez y su Popol Vuh hechos en Guatemala y algunas noticias sobre su historia (2), en 1911 se escribió la primera historia de algunos estudios hechos en Palenque y la genealogía de su nombre (3), o que en 1930 se había reimpreso el informe sobre el descubrimiento de las ruinas de Tikal por Modesto Méndez, reeditado en 1955 (4); aunque otro texto sobre el mismo tema e incluso ilustrado había sido publicado en 1951 (5), lo mismo que algunos textos de Otto Stoll (6).

El pionero en esta materia fue seguramente Ramón Mena, el polémico investigador del Museo Nacional de México, quien en 1911 publicó una historia de la arqueología en su país desde la Independencia hasta su presente (7). Más tarde el director de ese museo, Luis Castillo Ledón hizo una historia de su institución entre 1825 y 1925 y poco más tarde un artículo, al cumplirse cien años del viaje de Stephens y Catherwood (8), luego Enrique Juan Palacios hizo una sucinta historia de la arqueología en 1930 (9). Para esos años ya se hacía bastante, aunque a veces parcialmente, como la reedición de los viajes de Guillermo Dupaix (10), la de Alcides D´Orbigny (11), alguna traducción de los libros de Stephens y Catherwood, se habían hallado nuevas cartas del abate Brasseur de Bourbourg (12), había una breve historia de su estadía en Guatemala. Se estaba reeditando lo escrito por Herbert Spencer sobre los mayas de Yucatán (13) y siguiendo con Mesoamérica estaban publicados los primeros estudios en el tema de Juan Comas que con los años lo llevarían a una contribución fundamental sobre el americanismo (14) y una primer historia de la Escuela de Antropología (15). Para Perú podemos recordar que había una primer mirada a la obra de Mariano de Rivero (16) y allí un vistazo a Marcos Jiménez de la Espada (17), o las ediciones en español, muchas hechas en España, de viajeros románticos a los Andes o al Amazonas (18). También había muchísimas notas necrológicas, algunas bien hechas e incluyendo textos no conocidos de sus autores que se publicaban en varias revistas, en especial el Journal de la Société des Américanistes, en el Boletín Bibliográfico de Antropología Americana y en Antropología e Historia de Guatemala por citar las más conocidas, lo que aunque no sea precisamente textos de historia, al menos iban aportando datos sustantivos.

Para estos años hay tres libros fundantes de la historia de la arqueología de América Latina: la edición facsimilar del viaje puramente arqueológico hecho por Inocencio Liberani y Rafael Hernández en 1877 denominado Excursión arqueológica en los valles de Santa María, Catamarca (19), editado en 1950 por el Instituto de Arqueología de Tucumán, Argentina. El otro es Las ruinas de Palenque, de Ricardo Castañeda Paganini publicado en 1946 en Guatemala con un corto artículo que lo precedió años antes (20). Este libro sólo fue superado en la década de 1990, y la monumental publicación bibliográfica de H. Baldus publicada en 1954 (21) sobre Brasil. Otros dos libros importantes fueron la reedición del viaje hecho por Bartolomé Mitre en el siglo XIX titulado Las ruinas de Tiahuanaco con una introducción de Fernando Márquez Miranda (22), que fue editada en 1954 y la Correspondencia de Adolfo Bandelier hecha por Ignacio Bernal junto a Leslie White (23); también sobre Bandelier se publicó en Bolivia (24). Como curiosidad hay que recordar también que en 1919 se había publicado la Historia de la antropología física en México de Nicolás León (25). Otros libros editados fueron una bibliografía detallada de la producción del INAH en México (26) que se remontaba hasta 1827 y el texto básico y ya clásico de Luis Villorrio titulado Los grandes momentos del indigenismo en México (27) lo que fue seguido por otro artículo histórico sobre el mismo tema. También se publicaron numerosos artículos sobre la vida y obra de Francisco Moreno, incluyendo varios libros (28). Siguiendo con las reediciones de textos clásicos la Biblioteca Goathemala de la Sociedad de Geografía e Historia (luego Academia) ya había editado el Isagoge Histórico-Apologética (29) en 1935 e incluso antes la Recordación Florida o a Fray Francisco de Ximénez.

Entre los artículos debemos comenzar por Ignacio Bernal, citado dos veces por Willey y Sabloff aunque por otros textos, quien en 1979 publicaría su bien conocida Historia de la arqueología en México; para los inicios de la década de 1950 había publicado dos artículos de historia de la arqueología (30) y que fueron parte integral de su posterior libro ya que un primer texto cubría los años tempranos hasta 1880 y en el segundo desde allí hacia aquel presente. Más tarde publicaría muchos otros artículos históricos que irían igualmente a conformar su gran obra ulterior. Estuardo Núñez desde Chile publicada sobre Adolfo Bandelier (31) en 1957 y el argentino Alberto Rex González, apreciado discípulo de Willey, en 1959 hacía una edición del viaje a Bolivia del mismo autor con la introducción histórica escrita por Heath Mc Bain Chapin (32). Habían estudios sobre Eduard Middendorf desde 1939 (33), sobre Erwin Dieseldorff en 1941 (34), de Erland Nordenskiold (35) con su biobibliografía y de quien Carlos Ponce Sanginés publicó en Bolivia en la revista Khana siete artículos traducidos entre 1953 y 1962; también hubo muchas notas sobre Julio C. Tello (36) en especial un librito de Rebeca Carrión Cachot en donde se ubicaba bien su aporte a la arqueología peruana a partir de su formación en Estados Unidos y Europa y su reemplazo de Uhle en el museo. También lo hubo sobre Scherzer y su viaje con Wagner en 1853-54 (37), en Perú una había larga lista sobre Max Uhle (38) imposible de detallar por lo inmensa y en Chile se publicó biografías y remembranzas de Ricardo Latchman, Aureliano Oyarzún y Carlos Porter (39).

En Cuba podemos recordar que Orístides Mestre había publicado una breve biografía de Luis Montané Dardé y los orígenes de la arqueología y antropología en ese país, y se incluían capítulos sobre la historia de la especialidad en el libro de José Alvarez Conde de 1956 en especial sobre la obra de Montané (40).

Volviendo a Mesoamérica hubo algunas notas sobre Carlos Sapper (41), Enrique Juan Palacios (42) y Robert Burkitt (43). En 1937 se había dedicado un volumen del Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística a la obra de Jesús Galindo y Villa y su producción científica (44); dos años más tarde Agustín Villagra hacia una historia sucinta del edificio de Los Danzantes en Monte Albán y sus excavadores (45). Por supuesto hubo muchísimas notas necrológicas, país por país, imposibles de reseñar siquiera y John Lloyd Stephens siempre fue un viajero reeditado y recordado insistentemente (46); se continuaba con el interés sobre a los objetos llevados desde Palenque a España y su interpretación glífica (47), y la obra del jesuita Francisco Javier Clavijero estaba reeditado en cuatro tomos desde 1945 (48).

Más al sur del continente hubo un extenso estudio biográfico sobre el uruguayo Carlos Freitas (49), lo que fue común en casi todos los países donde la mayor parte de lo publicado fue de tipo biobibliográfico y conmemorativo. También ya teníamos en esa región una no muy buena historia del museo Tiwanaku (50) de 1947, la que poco más tarde se ampliaría a una deficiente historia de las colecciones y museos de La Paz (51), y varios de los constantes homenajes a Julio C. Tello tanto en Perú como en Bolivia. Para la década siguiente Tello y Gamio estarían establecidos como los “padres fundadores” de las arqueologías nacionales en Perú y México.

La obra de más de un artista, de los muchos viajeros que ilustraron sitios arqueológicos, estaban publicadas, al menos con la calidad de su tiempo, como fue el caso de Moritz Rugendas (52) de quien se harían exposiciones y catálogos; ya se habían rescatado los dibujos de Adolf Methfessel sobre los Cainguá (53) y algunos estudios sobre dibujantes en Brasil como Debret y sus temas etnográficos (54) entre los más conocidos, incluso textos sobre este tipo de viajeros ilustrados en el continente (55).

Pero no hay duda que quien se lleva los laureles de estos años fue el paleontólogo  argentino Florentino Ameghino, arqueólogo menos consecuente, de quien encontramos la friolera de noventa artículos sobre su vida y obra publicados antes de 1960, además de los veinticuatro tomos de su obra completa reeditada entre 1913 y 1926 (56). Es cierto que sus teorías sobre el origen del hombre en América fueron polémicas y su destrucción por Alex Hardlicka fue tremenda, al grado de transformarse en un “credo” local para quienes se negaban a aceptarlo, pero este es otro tema. Los libros y estudios de su obra nunca quedaron olvidados mientras que Hardlicka no fue editado en castellano, ni siquiera su libro sobre Argentina. Actualmente entendemos que los esfuerzos por demostrar la coexistencia del hombre con la fauna fósil en América son ciertas y reivindican al pobre y vapuleado Ameghino (57). Pero hay que destacar que el credo ameghiniano desatado por las autoridades argentinas ha sido un caso único, ni siquiera comparado con Tello en Perú, en donde los niños recitaban sus conclusiones como si fuera un catecismo en que sólo cabía creer sin discutir; esto generó muchos libros y folletos de nivel divulgativo e incluso de uso escolar hasta 1960 en que la realidad lo superó (58).

Una segunda etapa es la del decenio 1960 a 1970

Durante estos años la historia de la arqueología estaba dejando atrás sus biografías de homenaje o curiosidades llamativas para transformarse en la especialidad de arqueólogos que, por lo general, trabajaban en el campo. Es decir, era una historia escrita por los mismos actores, personalidades por lo general de trayectoria destacada, que eran jueces y parte, y que su forma de hacer arqueología empezaba a figurar en sus libros como una etapa superior a las anteriores: la historia estaba siendo usada para convalidar nuevos paradigmas, ideas, métodos o técnicas, que al fin de cuentas es una de las funciones que siempre ha tenido la historia, que es la de ser útil en el presente.

Los países que se van a destacar por su producción fueron: Perú, que editó dos magníficas obras, una de Duccio Bonavía llamada 100 años de arqueología en el Perú (59) en una edición monumental de más de 600 hojas, y una obra de menor dimensión sobre los pioneros, escrita junto a Rogger Ravines (60) el mismo año. En segundo lugar está lo hecho en Argentina donde hubo al menos tres libros dedicados a biografiar arqueólogos y naturalistas como Samuel Lafone Quevedo (61), Juan B. Ambrosetti (62) y Germán Burmeister (63). En México se editó otra obra de grandes dimensiones (800 hojas) en homenaje a Hermann Beyer organizada por su esposa Carmen Cook de Leonard (64) en 1969, incluyendo una historia del tema. En ese mismo libro hubo extensas necrológicas de Roberto Weitlaner, Franz Termer y varios artículos sobre Humboldt incluyendo su bibliografía completa.

Cabría en esta reseña el esfuerzo bibliográfico hecho bajo la dirección de Antonio Pompa y Pompa para compilar y reseñar todas las publicaciones oficiales del Museo Nacional y del INAH desde 1827 hasta 1962 (65); esta edición era en realidad la ampliación con más lujo de la de 1954 antes citada, la que fue continuada por Ignacio Bernal en su monumental Bibliografía de Arqueología y Etnología de ese mismo año (66), al igual que la de Luis Aveleyra sobre las primeras evidencias del hombre en el continente, siempre con funciones más instrumentales que históricas aunque cumplían con la función de compilar miles de publicaciones poco conocidas y dispersas (67).

Roberto Moreno desde la historia documental estaba ya trabajando sobre la historia de los primeros arqueólogos durante los tiempos de la Ilustración y publicó la biografía de Antonio de León y Gama y su libro en facsimilar (68). El otro gran tema que comenzó a ser historiado en esos años fue el Americanismo, entendiendo que ya era una etapa superada de la arqueología, al menos en la tradición francesa; de esa mirada surgieron las publicaciones de Juan Comas Las primeras instrucciones para la investigación antropológica en México en 1862 (69), al cumplirse un siglo de ellas y en artículos como el de Maldonado Koerdell sobre la Comisión Científica Francesa (70) publicado junto a otro de Luis González sobre Maximiliano de Austria en México y su relación con el indigenismo (71). Aquí podemos recordar el hallazgo de Paul Dony, el historiador del arte belga-argentino, que identificó la primer representación de indígenas brasileros en un grabado, texto y hasta relieve mural en Normandía, Francia (1963) (72).

En Perú debe ser citado por su basta producción sobre la historia de la arqueología Federico Kauffman Doig ya que publicó varios trabajos en esos años (73) y luego continuaría haciéndolo. Se hicieron innumerables escritos sobre Manuel Gamio ya que había dejado una gran influencia en todo el continente lo mismo que hubo recordatorios extensos a la obra de Juan Ambrosetti (74), Eric Boman (75), Carlos Rusconi (76) y Max Uhle incluyendo su extensa correspondencia en Chile (77) y cuatro bio-bibliografías de Ricardo Latchman (78); sobre Florentino Ameghino continuaron las publicaciones y vale lo que ya dijimos; Luis Duque Gómez siendo un conocido arqueólogo colombiano hizo una sucinta historia del conocimiento de San Agustín y por ende de la arqueología en su país (79), Fernando Márquez Miranda un panorama sobre la Argentina (80), Eusebio Dávalos una historia del INAH en México (81), al igual que Hans Schobinger historió la trayectoria de la arqueología de alta montaña en los andes del sur (82). La mayor parte de estas publicaciones se debieron a que ya que se estaba observando la consolidación de instituciones estatales, cada vez más fuertes; no casualmente se publicaron numerosos artículos (y más de un par de libros) sobre Francisco P. Moreno, fundador de la arqueología en Argentina y Uruguay; por cierto eran en su mayor parte apologéticos. Se había hecho la reedición del poco conocido viaje de Luis Fontana al Chaco (83), también se vieron una larga la lista de textos sobre Humboldt (84) que siempre ha sido uno de los favoritos de la historiografía. En Perú se había hecho una historia de los museos nacionales (85) por Julio Tello y Mexía Xeppe. En el Caribe, se reeditó en Cuba una obra fundante, la Arqueología Cubana, capítulo de la gran obra en tres tomos de J. A. Saco de 1858 en que se describe el primer hallazgo arqueológico de la isla (86).

La tercera etapa: los años 1970 a 1974

Si tomamos como año de corte el libro de Willey y Sabloff veremos que en los pocos años del decenio que lo precedieron se editaron varias historias de la arqueología por países: Luis Luján Muñoz hizo dos artículos extensos sobre el desarrollo de la arqueología en Guatemala (87) ambos publicados en 1972, Ponce Sanginés varios sobre Bolivia (88), Arturo Costa de la Torre sobre Tiahuanaco (89), Luis Casasola hizo lo mismo sobre El Salvador (90) (aunque la revista salió a la venta en 1975), al igual que A. Bedoya con Ecuador (91), Bernal publicaba su biografía sobre Alfonso Caso y una breve antología de artículos básicos sobre su personalidad (92), de Manuel Gamio se publicó el primer libro totalmente dedicado a la historia de su obra y a interpretarla, escrito por Eduardo Matos (93) quien con los años editaría mucho sobre ese arqueólogo; el Instituto Indigenista Interamericano le dedicó varios artículos en su revista (94). Ese mismo año Justino Fernández hizo su magnífico volumen sobre el padre Márquez (95) y sus estudios pioneros de las ruinas de Xochicalco y El Tajín; en la ciudad de Mérida, México, Carlos Echánove publicó en un libro la vida y diarios inéditos de Teobert Maler y el Conde Waldeck en un trabajo solitario y aislado (96), estudio que sin duda tenía sus bases en el gran libro de Gerdt Kutscher sobre Maler (97) y había ya varios artículos sobre Dupaix (98). En esos años Roberto Moreno de los Arcos publicó otros estudios sobre el siglo XVIII en México y en Chile se editó el viaje de Philippi y su biografía (99), en Lima se reeditó la obra de Squier en una edición facsimilar hecha en La Paz bajo los auspicios de la Universidad de Lima (100), al igual que en Bolivia la obra de Ernst Middendorf traducida por Ernesto More (101) y se hacía simultáneamente la edición del Homenaje al profesor Arturo Posnansky en el centenario de su nacimiento (102); tres años antes se habían publicado dos diferentes historias de los descubrimientos y exploraciones en Bolivia que incluyeron arqueólogos (103). En estos años hubo artículos sobre Max Uhle en Chile de Mario Rivera, Mario Orellana y Luis Alvarez y una sucinta historia de la arqueología de ese país que abría el tema a escala nacional en el país (104) incluyendo una evaluación desde el marxismo con fuertes críticas a Latchman, mostrando los debates que existían durante el gobierno de Allende. En Argentina se publicó sobre el Instituto Arqueológico de Tucumán de J. Schobinger (105). Hubo artículos sobre la misión de Crequí-Montfort al altiplano (106) y sobre los dibujos de arqueología de Moritz Rugendas (107) y de Adolf Methffesel (108). No podemos olvidar que Roberto Moreno siguió sus estudios sobre los primeros anticuarios durante la Ilustración, como Clavijero o Alzate (109) y se había traducido en Lima a Leonce Angrand (110).

Hay tres obras de gran importancia en estos años que quiero destacar: la Historia de la Etnología en México de Angel Palerm en tres tomos (111) a la que muchos la sindicaron como superadora de la tradicional History of Ethnology de Robert Lowie (que había sido traducida al español en 1946); el libro 100 años de Congresos de Americanistas de Juan Comas (112) es otra obra central aun hoy para entender el origen y desarrollo del americanismo francés y se hizo la reedición completa de Tadeo Haenke en La Paz (113). También había circulado la pobre historia de la arqueología argentina de Federico Kirbus que fue publicada poco más tarde (114). Casualmente con la historia de la etnología de Palerm se editó una historia de La investigación social de campo en México, en que se revisaban biografías y obras desde Sahagún hasta Ganio, Mendizábal, León y Mendoza entre otros (115), aunque sin la categoría del primer libro citado.

Después de este recorrido podemos ver que para 1974 existía un enorme volumen de trabajo hecho en América Latina, del que ya dije que conozco sólo una parte. Esto es positivo para volver al libro de Willey y Sabloff y observar que las dos grandes tendencias en la investigación del pasado de la arqueología estaban aun poco definidas: en su enorme mayoría, tanto en Estados Unidos y en América Latina, los que escribían sobre el tema eran actores de la misma y generalmente habían sido actores importantes; valga de ejemplo que el gran tronco de la historia que publicaron se centraba precisamente en la obra del mismo Willey (y Philips), lo que además resultaba lógico. Pero la tendencia de historiadores profesionales haciendo historia de la arqueología ya estaba planteada y precisamente en el Homenaje a Ignacio Bernal de México de 1984 ya citado, los dos únicos norteamericanos que presentaron ponencias escribieron sendos libros sobre Désiré Charnay y Auguste Le Plongeon; Willey estaba invitado pero a último momento no pudo asistir y su ponencia se publicó mucho más tarde. Todos los demás eran prominentes arqueólogos o historiadores del arte prehispánico: el mismo Ignacio Bernal, John Paddock, Julio César Olivé, Eduardo Matos, Fernando Cámara, Alfonso Villa Rojas, Augusto Molina, Arturo Romano y tantos otros. Y no casualmente ambos norteamericanos expusieron sobre pioneros del siglo XIX mientras que casi todos los demás explicaron el desarrollo del siglo XX en que eran actores. Es posible pensar que –al menos en México en este caso-, aun la historia estaba sirviendo para justificar posturas o tendencias, no sólo para crecer en su propia especificidad.

No debemos olvidar que en esos años, entre 1974 y 1984, los embates por una arqueología marxista hicieron eclosión, fue una exigencia asumida conciente o no, pero la historia fue revisada una y otra vez, sea para buscar antecedentes que sirvieran para justificar posturas del presente o para demostrar que la antropología y la arqueología eran la expresión concreta de la expansión imperial europea y luego de Estados Unidos. Bueno o malo, obligó a releer a muchos olvidados textos y a construir esquemas de desarrollo, a criticar una y otra vez a los autores clásicos, a forzarlos a veces a decir lo que uno quería que dijeran lo que al final de cuentas se ha hecho muchas otras veces y con propósitos más políticos pero no menos reales. Si nos dejó algo, fue haber hecho evidente ese incansable buscar en la historia justificaciones del presente, la exigencia revisionista; si alguien trabajaba sobre el pasado por el sólo afán de curiosidad o exotismo, era excomulgado por ser no científico, con lo que se postergaron muchas búsquedas que pudieron haber sido interesantes. Pero quedó una extensa serie de publicaciones hechas en la década de 1980 y una mirada diferente hacia el pasado.

Esta idea de que la historia de la arqueología estuvo signada por sus propios actores no es para marcar un defecto, ni describir una característica, sino entender que fue funcional, que sirvió para cerrar un esquema que podemos llamar “imperial”, no en el sentido imperialista, que también lo debe ser, sino en cuanto a consolidar construcciones de poder. Cómo era posible evaluar la historia de una ciencia producida en países con dictaduras terribles, sin entender lo que pasaba, que no sólo llevaba a hacer un tipo de arqueología sino que sólo ciertas personas escribían y publicaban, alabando a unos y desconociendo a otros. La gran producción en Argentina es precisamente el resultado de quienes estuvieron avalados por el poder militar, y salvo una minoría sólo ellos publicaban y eligieron para sus libros personajes que les eran útiles para establecer una historia en la que ellos mismos eran la etapa superior del desarrollo; eso explica la producción de Cáceres Freyre. Y eso pasó en muchos países, incluso en México. Hoy no podemos imaginar el interpretar la arqueología alemana en el nazismo, o la soviética en el stalinismo, sin Hitler y Stalin; cabría preguntarse entonces ¿porque no sucede lo mismo con América Latina?;  ¿acaso la Guatemala de las dictaduras fue la misma que la de Arbenz?, ¿o Argentina durante y después de Perón?, ¿o Paraguay que no tiene arqueólogos aun hoy por los esfuerzo del dictador Stroessner?, o cualquier otro ejemplo que queramos tomar. Willey y Sabloff bien notaron que la llegada de Oswald Menghin y sus ideas histórico-culturales, desde Viena a Argentina, no fue significativa y pocos las continuaron en otros países; lo que no sabemos es que sirvieron de justificativo para que sus pocos seguidores hicieran una “limpieza intelectual” (hoy diríamos una Limpieza Racial) obligando a retirarse de la actividad a muchos arqueólogos y a emigrar a otros; lo que se hizo, en ese caso, es menos importante de lo que no se hizo. No casualmente Menghin había sido secretario de cultura de Hitler en Austria. Por suerte ahora sí tenemos historiado esto y lo que pasó en otras dictaduras posteriores. Es por eso que la publicación de su historia y la traducción sus oscuros textos en alemán nos hace posible saber quién fue y porqué sostuvo esas ideas y por eso son importantes estudios como el de Philip Kohl y José Pérez Gollán (116).

México tiene una historia diferente en secuencia de dictaduras y libertad de pensamiento, pero no es casual que Leopoldo Batres haya sido el “malo” y Manuel Gamio el “bueno” al menos hasta la década de 1990 en que ambos personajes fueron revisados; o al menos lo ha sido Batres (117). Pero yo soy de la generación que se formó en la crítica a éste último como el ejemplo de la mala arqueología y de Gamio como el frustrado adalid de una supuesta verdadera Arqueología Revolucionaria –mito marxista setentista al fin de cuentas-, que no lo fue por cierto. Ni uno ni otro, la historia era diferente porque sólo teníamos versiones construidas con propósitos específicos; lo que había eran justificaciones de las posturas de una nueva generación que necesitaba antecesores heroicos y aprovechó acríticamente lo que ya había consolidado la historia de la Revolución Mexicana. La posmodernidad derrumbó la estructura construida durante medio siglo y hoy entendemos mejor a ambos y a muchos otros. En esa línea la publicación de Gustavo Politis sobre Sudamérica debe destacarse (118).

Otro aspecto es la fuerte tendencia a mostrar el origen y desarrollo de las instituciones arqueológicas, valga el caso del INAH en México, en que Alfonso Caso, Ignacio Bernal y el grupo fundacional fue entendido como formado por personajes excepcionales por su visión de futuro. Hasta la década de 1990 nadie se animaría a tratar de mostrar que esa estructura de poder centralizado se hizo dejando a muchos afuera, irradiando o minimizando a personalidades que hicieron o hubieran podido hacer grandes contribuciones; quienes criticaron fueron sacados del medio a veces con violencia. Esa es otra historia que apenas se vislumbra aun, la de los márgenes y no la del centro. Por suerte en los últimos años han habido estudios sobre el desarrollo de la llamada Arqueología Social en especial en Perú y sobre el rol de las mujeres de las primeras generaciones, que tratan de entender que pasaba en ese momento de violencia social, sexual y racial. También mucho se avanzado para tratar de entender la arqueología con mirada alternativa: buscar no sólo a quienes tomaron los grandes paradigmas y los difundieron en sus países, sino entender a los que no lo hicieron, sus motivos y razones, mostrando que la historia de la arqueología no es un proceso lineal ni unívoco sino un universo en el cual cada uno recorta los datos que necesita para establecer su construcción. En este sentido la obra de Willey y Sabloff generó una cantidad inusitada de estudios en el continente que fueron de extrema utilidad en la década de 1980.

Pero podemos pensar que así como había ya una producción de investigaciones locales en gran parte del continente antes de 1974, también había un consumo de libros traducidos que habían sido escritos en otros países, en especial en Estados Unidos. Valga de ejemplo que el primer libro sobre la vida de Sylvanus Morley fue editado en origen en 1971 y ya dos años después estaba impreso en México (119).

Regresando a los datos cuantitativos del inicio, si para la etapa anterior a 1960 hemos hallado casi un centenar de artículos y un par de docenas de libros, para la década siguiente conocemos aun más y para los pocos años entre 1970 y 1974 hubo un aumento potencial; lo que sucedió después fue explosivo al igual que el crecimiento de la arqueología. El retorno a la democracia en la década de 1980 en muchos de los países y el final de las grandes guerras y genocidios en Centro América, produjo la posibilidad de iniciar una reflexión orgánica, detenida y alejada de la lucha cotidiana. Por otra parte, una nueva generación estaba trabajando y no necesitaba justificar su posiciones, la arqueología tenía su lugar en el mundo de la ciencia y nadie iría a discutirla. Buena expresión de estos cambios fue la forma en que Bruce Trigger, en otra clásica obra (120), pudo sintetizar en 1989 la historia del pensamiento arqueológico en un libro que no levantó polémicas en el continente. Para ese entonces entendíamos la extrema complejidad de los orígenes de la arqueología en América Latina, que sus inicios como búsqueda metódica de respuestas científicas mediante estudios de cultura material era mucho más antigua de lo que creíamos habiendo que remontarse al menos al siglo XVII para entender sus orígenes. Si esto la equiparaba con lo sucedido en Europa tal como la habían visto autores como Glyn Daniel (121) -cuya obra comenzó a ser traducida en 1968-, es otro tema, pero sí era evidente que el traspaso de ideas de un continente a otro no era mecánico ni directo, o al menos nada simple. Las dudas que esto generaba, es decir el aceptar que los estudios del pasado no eran un invento centro-europeo, estaba planteado aunque quedaban aun dudas. Un libro magistral de José Alcina Franch sobre el siglo XVIII en América Latina (122), en donde el título de ¿Arqueólogos o anticuarios? tiene signo de interrogación, muestra que aun no se animaba a dar el paso crucial de aceptar lo que sí hizo otro magnífico libro del tema, el de Alan Schnapps de 1993 (123), que cerró al menos la cuestión de aceptar otras formas de interrogar al pasado a través de la cultura material. Las diferentes culturas y pueblos hicieron búsquedas del mismo tipo desde hace cinco mil años, las interpretaciones sobre la relaciones de dependencia de unas formas a otras son construcciones modernas y como tales podemos revisarlas una y otra vez. Y sólo por citar las traducciones de C. W. Ceram comenzaron en 1973, incluyendo textos de o sobre América Latina (124), otras historias de la arqueología estaban editadas en español desde un decenio antes (125).

Pero el gran avance de la década de 1970 a 1980 fue lo que en América latina se ha llamado la Arqueología Social. Es obvio que ha sido un tema ríspido que generó por su alta carga ideológica, más que política por cierto, una fuerte reacción en Estados Unidos que se negó a entenderla como un aporte teórico nuevo, original, para muchos la primer gran teoría arqueológica generada en la región. Pudo ser claramente marxista, pudo ser reacción a la política imperial de la CIA y su intromisión en la política local, pudo confundir objetivos científicos con otros, pero ya nadie puede negarle su valor como aporte original al conocimiento del pasado, en especial a un pasado que no es visto sólo como tal, sino que los descendientes de aquellos “indígenas arqueológicos” aun están vivos y pueden llegar a tener un significativo papel en el tema. Veinte años después incluso podemos imaginar un futuro cercano en que esas mismas comunidades interpreten su propio pasado, hagan su propia arqueología, controlen su proio patrimonio. En el ínterin el marxismo dejó de ser temática central en el mundo, terminó la Guerra Fría, se derrumbó el Muro de Berlín y el comunismo soviético, pero el aporte de las ideas sociales hacia un mundo diferente no dejan de tener valor y significado. Y el empuje teórico para un pensamiento regional propio que le dio la Arqueología Social a la arqueología no puede ser minimizado ni soslayado, sino por el contrario, analizado seriamente como parte de la historia. Y sólo como recordatorio de la agenda pendiente no olvidemos que llevó a una mejor relación entre la arqueología y el patrimonio cultural, a la conservación de los sitios, a rever el papel de los museos, a una más seria relación con las comunidades indígenas y su cultura antigua y moderna y a repensar el papel del científico en una comunidad como la latinoamericana. Por suerte se ha ido entendiendo, en la arqueología de todo el mundo, que la función de ésta puede variar –y de hecho ha variado- según los países y tiempos; y que no necesariamente su función es exclusivamente académica. Y si esto implica terminar de superar la New Archaeology, habrá que hacerlo.

La década del 2000 vio surgir en casi toda América Latina una nueva generación de historiadores de la arqueología trabajando en sociedades más estables, aunque siempre en crisis económicas y políticas, con una mayor interrelación gracias a internet (el gran problema de la región ha sido siempre la incomunicación fomentada por las dictaduras). El hecho de tener hoy en día accesible en una caja de cd´s todos los Anales del INAH publicados a lo largo de un siglo es inimaginable para quienes nos formamos en las bibliotecas pobres del continente. Por suerte hoy, quienes trabajan en estos temas, por lo general son profesionales, arqueólogos e historiadores, alejados de los constructores de las instituciones o de quienes necesitaron justificar métodos o posturas teóricas; en casi todos los casos su interés es básicamente académico.

¿Qué sucede hoy tras los treinta años transcurridos desde 1974? Lo que ha sucedido es que la historia de la arqueología existe como una especialidad en la que conviven bastante bien la arqueología y la historia, lo que es bastante diferente a lo que sucede con la arqueología histórica. Si tenemos que hacer un resumen podemos decir que:

Hoy en día en todos los países existen contribuciones que permiten conocer:

1) biografías de personajes significativos
2) el desarrollo de las instituciones
3) la legislación y sus cambios
4) los grandes hallazgos
5) diversas bibliografías

en muchos países hay además:

1) una historia de la arqueología nacional
2) se conocen los vínculos entre los personajes, instituciones y cambios metodológicos con lo sucedido en el mundo
3) una buena bibliografía completa
4) historias de los extranjeros que trabajaron en esos países

en varios países hay también:

1) historias de grupos o corrientes de pensamiento o métodos y técnicas
2) interpretaciones del proceso de la arqueología desde una visión crítica y actualizada
3) interpretaciones del papel extra-arqueológico de algunos arqueólogos y su relación con el mundo político, social o cultural
4) historias de grupos minoritarios (mujeres, extranjeros, grupos étnicos)

en algunos pocos países también hay:

1) polémicas que involucran a varios historiadores sobre temas de la historia de la arqueología
2) un crecimiento intenso en la cantidad de trabajos que se publican con soporte institucional
3) al menos una muy buena historia de la arqueología (126)
4) buenas historias críticas acerca de la interrelación entre arqueólogos nacionales e internacionales (127)

Valga para este último tema el caso de Brasil, donde se ha establecido una polémica sobre la actuación de varios arqueólogos de gran prestigio internacional provenientes de Estados Unidos durante la dictadura militar, y si eso significaba colaboración o no con la dictadura; esto se ha venido repitiendo en casi toda América latina en los últimos años como parte de la revisión histórica necesaria de los años de oscuridad política. Si bien esto ya se había iniciado en la década de 1980 con la arqueología de los Mayas en Guatemala y Honduras, tanto con la United Fruit y la Institución Carnegie en el Yucatán como su relación entre el final de la Guerra de Castas y el posterior inicio del gobierno socialista de Felipe Carrillo Puerto, sin lo cual jamás hubiera habido Chichen Itza. En ese entonces no habían discusiones, sólo eran planteos académicos sin respuesta (128). Ahora ya lo tenemos también para Oaxaca en México, para Chile y para Cuba en libros ya citados.

Cabe preguntarnos ahora qué es importante de seguir haciendo:

1) buscar las “historias no contadas”, es decir, los personajes, acciones, hallazgos o desarrollo de métodos, ideas o técnicas que quedaron de lado, generalmente por motivos ideológicos, políticos o institucionales y que pudieron haber producido una historia un poco diferente
2) investigar los arqueólogos que trabajaron al margen de las corrientes internacionales, creando lecturas alternativas de su evidencia material, hayan o no prosperado por cualquier motivo
3) seguir entendiendo la obra e ideas de los que se comprometieron con las dictaduras de turno y su accionar y nivel de compromiso; la arqueología no puede olvidar porque es una ciencia de la memoria
4) continuar investigando en la historia de la conformación de los grupos de poder, y en los conflictos entre ellos, en especial en los países que tuvieron dictaduras
5) continuar estudiando la relación que algunos arqueólogos tuvieron con o contra el tráfico ilegal de arqueología, en la explotación de indígenas o en su ayuda, comprometidos con la conservación del patrimonio cultural, o apoyando el robo de la tierra a las comunidades, o en el rescate de su cultura, o de su memoria e identidad en sus múltiples formas. Pueden no ser temas estrictamente arqueológicos, ni a veces agradables, pero nos muestran facetas muy significativas
6) completar los estudios de la “modernización” durante el fin del siglo XIX y el papel jugado por la arqueología y la antropología para mostrar ante el mundo el “progreso” de cada país, en especial en las exposiciones internacionales

Por último debemos preguntarnos: ¿porqué este interés creciente en la historia de la arqueología? ¿Porqué incluso países que tienen poca presencia indígena en la actualidad y culturas que no son las consideradas como “grandes civilizaciones”, como Brasil, Costa Rica, Venezuela, Panamá, Argentina, Chile o Uruguay, tienen un especial interés? Posiblemente sea porque nuestro tema hace a la comprensión de la construcción de la identidad como nación, a encontrar las causas del exterminio del indígena, a entender el porqué de la imposición de modelos de desarrollo basados en la inmigración del hombre europeo; tratar de comprender mejor el porqué de la necesidad de construir historias venerables que justifican el presente. Todos estos son desafíos que la historia de la arqueología tiene en América Latina hoy.

REFERENCIAS

1 Gordon R. Willey y Jeremy A. Sabloff, A History of American Archaeology, Thames and Hudson, 1974; usamos la edición de W. H. Freeman and Co., San Francisco, 1975; hay dos ediciones aumentadas, de 1980 y 1993, con numerosos cambios incluso algunos de los que aquí se destacan
2 Juan Rodríguez Cabal, Apuntes para la vida del M. R. P. presentado y predicador Fr. Francisco de Ximénez, O. P., Anales de la Sociedad de Geografía e Historia vol. XII, no. 2, pp. 209-228 y vol. XII, no. 3, pp. 348-367, 1936
3 Marcos E. Becerra, Los nombres del Palenque, Anales de la Sociedad Científica A. Alzate, vol. 30, pp. 475-480, México, 1911
4 Descubrimiento de las ruinas de Tikal, informe del corregidor del Petén Modesto Méndez, Antropología e Historia de Guatemala, vol. VIII, no. 1, pp. 3-14, Guatemala, 1955; tomado de los Anales de la Sociedad de Geografía e Historia, vol. VII, pp. 88-94, 1930
5 Ernesto Schaeffer, El corregidor del Petén, coronel Modesto Méndez y el encargado de negocios de Prusia Von Hesse, Antropología e Historia de Guatemala vol. III, no. 1,  pp. 55-60, Guatemala, 1951
6 Obras sobre Guatemala escritas por Otto Stoll, Anales de la Sociedad de Geografía e Historia vol. XII, no. 1, Guatemala, 1935; Otto Stoll, Primeros trabajos etnológicos en Guatemala: los indios ixiles de Otto Stoll, Boletín del Instituto Indigenista Nacional vol. II, nos. 1-4, pp. 59-64, Guatemala, 1960
7 Ramón Mena, La ciencia arqueológica en México desde la proclamación de la Independencia hasta nuestros días, Edición del Autor, México, 1911, 15 pags.
8 Luis Castillo Ledón, El Museo Nacional de Antropología, Historia y Etnología 1825-1925, Museo Nacional, México, 1925; Conmemoración del primer centenario de la existencia legal del Museo Nacional, Boletín del Museo Nacional vol. V, no. 1, pp. 24-30, 1931
9 Enrique Juan palacios, La evolución de los estudios histórico-arqueológicos de México, Boletín de la Secretaría de Educación Pública s/n, 1930-31
10 El capitán Dupaix y las ruinas de Ocosingo y Palenque, Anales del Museo Nacional, 2ª. Época, vol. IV, pp. 1-23, México, 1907
11 Alcides D´Orbigny, El hombre americano considerado en sus aspectos fisiológicos y morales, Editorial Futuro, Buenos Aires, 1944
12 Dos cartas inéditas del Abate Brasseur de Bourbourg, dirigidas al Dr. José Mariano Padilla…, Anales de la Sociedad de Geografía e Historia, vol. XVI. no. 4, pp. 299-303, 1940; Adrián Recinos, Cien años de la llegada del abate Brasseur de Bourbourg a Guatemala, Anales de la Sociedad de Geografía e Historia, vol. XXIX, pp. 12-16, 1956
13 Herbert Spencer, El antiguo Yucatán, traducción de Daniel y Genaro García, Oficina Tipográfica de la Secretaría de Educación, México, 1898; edición facsimilar de José Diaz-Bolio, Mérida, 1960?
14 Juan Comas, Algunos datos para la historia del indigenismo en México, América Indígena vol. VIII, no. 3, pp. 181-218, 1948 y Bosquejo histórico de la antropología en México, Revista Mexicana de Estudios Antropológcos no. XI, pp. 97-192, 1950
15 Wigberto Jiménez Moreno, Origen y desarrollo de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, Revista Mexicana de Estudios Antropológicos vol. X, pp. 135-141, 1949
16 Isaías Mendoza del Solar, La obra científica de Mariano de Rivero y Ustariz, Revista de la Universidad de San Agustín, no. 30. pp. 62-71, Arequipa, 1949
17 Angel Cabrera, La odisea de un americanista en América, La Nación, Buenos Aires, 1929
18 Por ejemplo: F. Keller y J. Crevaux, Exploraciones del Amazonas, J. Ballesta, Buenos Aires, s/f (posiblemente 1948); M. Virad, Viaje al Brasil 1858-1859, Zig-Zag, Santiago de Chile, 1944; la mayor antología fue: América Pintoresca: descripción de viajes al nuevo continente por Charles Wiener, Dr. Crevaux, D. Charnay, etc, Montaner y Simon Editores, Barcelona, 1884
19 Inocencio Liberani y Rafael Hernández, Excursión arqueológica en los valles de Santa María, Catamarca (1877), Universidad Nacional de Tucumán, 1950
20 Ricardo Castañeda Paganini, Las ruinas de Palenque: su descubrimiento y primeras exploraciones en el siglo XVIII, edición del autor, Guatemala, 1946; La arqueología maya, génesis de su estudio, Revista le Archivo y Biblioteca Nacional no. XXII, pp. 249-251, Honduras, 1943
21 Herbert Baldus, Bibliografía crítica da etnología brasileira, Comissao do IV Centenario da Cidade de Sao Pablo, 1954
22 Bartolomé Mitre, Las ruinas de Tiahuanaco, Librería Hachette, Buenos Aires, 1954 (introducción de Fernando Márquez Miranda)
23 Ignacio Bernal y Leslie White, Correspondencia de Adolfo Bandelier, INAH, México, 1960
24 Manuel V. Ballivián, Mr. Adolfo Bandelier y sus investigaciones científicas en el continente americano, Khana nos. 25-26, pp. 193-205, La Paz, 1957
25 Nicolás León, Historia de la antropología física en México, American Journal of Physical Anthropology vol. II, no. 3, pp. 229-264, 1919; fue a su vez reimpreso por el Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM, 1976
26 Antonio Pompa y Pompa, El Instituto Nacional de Antropología e Historia, su contribución editorial, científica y de cultura, Editorial Cultura, México, 1954
27 Luis Villorrio, Los grandes momentos del indigenismo en México, El Colegio de México, 1950; Raíz del indigenismo en México, Cuadernos Americanos vol. IX, no. 1, pp. 36-49, México, 1951
28 De Francisco P. Moreno resulta imposible reseñar lo escrito: tenemos una lista de dieciocho publicaciones antes de 1960 y veinte posteriores y aun se siguen editando libros sobre su personalidad
29 Isagoge histórico-apologética de la Indias Occidentales y especial de la provincia de San Vicente de Chiapa y Guatemala, Biblioteca Goathemala, vol. XIII, Guatemala, 1935
30 Ignacio Bernal, Cien años de arqueología mexicana: 1780-1880, Cuadernos Americanos vol. XI, no. 2, pp. 137-151, México, 1952 y La arqueología mexicana de 1880 a la fecha, Cuadernos Americanos vol. XI, no. 5, pp. 121-2145; su obra completa sobre la Historia de la arqueología en México, Editorial Porrúa, México, 1979, es posterior al libro de Willey y Sabloff y claramente influenciada por ella
31 Estuardo Núñez, Adolfo Bandelier, el infatigable explorador de la tierra y el hombre peruano, IPNA no. 33, pp. 14-24, Lima
32 Heath Mc Bain Chapin, The Adoph Bandelier archaeological collection from Pelechuco and Charassani, Bolivia, Revista del Instituto de Antropología, vol. I, Universidad Nacional del Litoral, Rosario, 1959
33 Estuardo Núñez, Consideraciones sobre la obra americanista de E. W. Middendorf, XXVII Congreso Internacional de Americanistas, pp. 421-427, Lima, 1939
34 David Vela, Dieseldorff: un viejo maya, Anales de la Sociedad de Geografía e Historia vol. XVII, no. 2, pp. 90-100, Guatemala, 1941
35 Erland Nordenskiold, 1877-1932, Archivo Ethnos, Serie C, no. 1, pp. 3-13, 1948 (se trata de un resumen de otra mayor publicada por Stig Ryden en 1932)
36 Rebeca Carrión Cachot, Julio C. Tello y la arqueología peruana, Revista del Museo Nacional, pp. 7-34 y con el mismo título como libro editado por Tipografía Peruana, 1968,, Lima; Julio Espejo Núñez, Bibliografía del Dr. Julio Tello, Revista del Museo Nacional, pp. 63-66, Lima, 1948; Julio C. Tello 1880-1947, Boletín Bibliográfico de Antropología Americana vol. 13, no. 1, pp. 287-290, México, 1951; Teófilo Espejo Núñez, Formación universitaria de Julio C. Tello 1900-1912, Editora Médica Peruana, Lima, 1959; Toribio Mejía Xeppe, Apuntes biográficos sobre Julio C. Tello, Revista del Museo Nacional, pp. 35-40, Lima, 1948; O. Santisteban Tello, La obra y doctrina de Julio C. Tello, Educación no. 18, pp. 27-72, Lima, 1954
37 Adrián Recinos, Evocación del viaje de Scherzer y Wagner a Centroamérica, 1853-1854, Anales de la Sociedad de Geografía e Historia, vol. 27, nos. 1-4, pp. 137-141, Guatemala, 1954
38 Carlos Manuel Larrea, Homenaje a la memoria del sabio americanista profesor Max Uhle en el centenario de su nacimiento, Cuadernos de Historia y Arqueología vol. VI, no. 16-18, pp. 107-135, Quito, 1956; Federico Schwab, Max Uhle y la arqueología peruana, Revista del Museo Nacional vol. 5, no. 1, pp. 11-14, Lima, 1936; J. C. Muelle, El Uhle que conocí, Cultura vol. I, no. 1, pp. 4-10, Lima, 1956; Aureliano Oyarzún, Max Uhle, Revista Chilena de Historia y Geografía tomo LXXX, no 88, Santiago, 1936
39 Humberto Fuenzalida, Don Ricardo Latchman, recuerdos y referencias, Revista Chilena de Geografía e Historia no. 104, Santiago, 1944; Gualterio Looser, El doctor don Aureliano Oyarzún, antropólogo y naturalista, Imptrenta Universitaria, Santiago, 1947; Biografías y bibliografías de naturalistas y antropólogos principalmente de Chile publicadas por don Carlos E. Porter, Imprenta Universitaria, Santiago, 1949 y Esbozo de los estudios sobre los indios de Chile, Imprenta Universitaria, Santiago, 1955.
40 Orístides Mestre, Montané en nuestra antropología, Anales de la Academia de Ciencias (separata), Imprenta de La Propagandista, La Habana, 1938; José Alvarez Conde, Arqueología Indocubana, Junta Nacional de Arqueología y Etnología, La Habana, Imprenta Ucar García, 1956
41 Franz Termer, Carlos Sapper: explorador de Centroamérica (1868-1945) y Bibliografía, Anales de la Sociedad de Geografía e Historia, vol. XXIX, pp. 55-130, Guatemala, 1956
42 Necrología: don Enrique Juan Palacios Mendoza (y una bibliografía anexa), Anales de la Sociedad de Geografía e Historia vol. XXIX, nos. 1-4, pp. 131-139, Guatemala, 1956
43 Lilly Jongh Osborne, Doctor Rober James Burkitt, Anales de la Sociedad de Geografía e Historia, vol. XX, no. 2, pp. 95-96, Guatemala, 1945
44 Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, tomo 45, México, 1937, con textos y bibliografías de vario autores
45 Agustín Villagra, Los Danzantes, piedras grabadas del Montículo L de Monte Albán, Oaxaca; Actas y memorias del XXVII Congreso Internacional de Americanistas, vol. V, pp. 143-158, México, 1939
46 Por ejemplo véase: Rafael Heliodoro Valle, John Lloyd Stephens y su libro extraordinario, Anales de la Sociedad de Geografía e Historia vol. XXV, no. 3, pp. 262-275, Guatemala, 1951; reedición de Revista de Historia de América vol. 26, México, 1948; Enrique Juan Palacios, Cien años después de Stephens, Los mayas antiguos pp. 273-342, México, 1941
47 Germán Beyer, Dos fechas del Palacio de Palenque, Revista Mexicana de Estudios Históricos vol. I, no. 2, pp. 107-114, México, 1927
48 Francisco J. Clavijero, Historia antigua de México, 4 vols, Editorial Porrúa, México, 1945
49 Julián Cáceres Freyre, Carlos A. de Freitas, estudio sintético, Revista de la Sociedad Amigos de la Arqueología, pp. 29-39, Montevideo, 1953
50 Luis Hertzog, Conmemoración del centenario del Museo Nacional Tiahuanaco, Boletín de la Sociedad Geográfica, vol. 69, pp. 19-33, La Paz, 1947
51 Federico Diez de Medina, Museos arqueológicos y colecciones de La Paz, Imprenta Artística, La Paz, 1954; es más un catálogo que algún tipo de historia, aunque su utilidad actual es enorme
52 J. M. Rugendas en México 1802-1855, Instituto Nacional de Bellas Artes, México, 1959, entre otras publicaciones
53 Milcíades A. Vignati, Aportes iconográficos a usos y costumbres de los indígenas Cainguá, Anales del Museo de la Ciudad Eva Perón, Antropología no. 2, La Plata, 1953
54 Celso Kelly, O tempo de Debret, O Cruceiro, edicao conmemorativo do IV Centenario, pp. 19-31 Rio de Janeiro, 1965
55 Enrique Juan palacios, Autores descriptivos y viajeros artistas de México, México Antiguo Vol. I, no. 2, 1926
56 Es imposible citar esas noventa publicaciones; una bibliografía sobre el tema es: Pablo Chiarelli (editor), Florentino y Carlos Ameghino, reseñas de la Patagonia: andanzas, penurias y descubrimientos de dos pioneros de la ciencia, Ediciones Continente, Buenos Aires, 2006
57 A. J. Torcelli, Obras completas y correspondencia de Florentino Ameghino, 24 vols, Edición Oficial, la Plata, 1913-1936
58 Como ejemplo véase: Rodolfo Benet, Ameghino, su vida y su obra, síntesis escrita especialmente para los niños de sexto grado de las escuelas comunes…, Consejo Nacional de educación, Buenos Aires, 1934
59 Rogger Ravines, 100 años de arqueología en el Perú, Instituto de Estudios Peruanos, Lima, 1970
60 Duccio Bonavia y Rogger Ravines (comp.), Arqueología peruana: precursores, Casa de la Cultura del Perú, Lima, 1970
61 Guillermo Furlong, Samuel A. Lafone Quevedo, Ediciones Culturales Argentinas, Buenos Aires, 1964
62 Julián Cáceres Freyre, Juan B. Ambrosetti, Ediciones Culturales Argentinas, Buenos Aires, 1967
63 Max Birabén, Germán Burmeister, su vida, su obra, Ediciones Culturales Argentinas, Buenos Aires, 1968
64 Carmen Cook de Leonhardt, Cien años de arqueología mexicana: Humboldt-Beyer, El México Antiguo tomo XI, México, 1969
65 Antonio Pompa y Pompa (compilador), El Instituto Nacional de Antropología e Historia, su contribución a la bibliografía nacional, INAH, México, 1962
66 Ignacio Bernal, Bibliografía de arqueología y etnografía, INAH, México, 1962
67 Luis Aveleyra Arroyo de Anda, Antigüedad del hombre en México y Centroamérica: catálogo razonado de localidades y bibliografía selecta (1867-1961), UNAM, México, 1962
68 Roberto Moreno, Ensayo biobliográfico de Antonio León y Gama, Boletín del Instituto de Investigaciones Bibliográficas, tomo II, no. 1, pp.43-135, México, 1970; edición facsimilar por Manuel Porrúa, México, 1978; La colección Boturini y las fuentes de la obra de Antonio León y Gama, Estudios de Cultura Náhuatl vol. IX, pp. 253-272, México, 1971
69 Juan Comas, Las primeras instrucciones para la investigación antropológica en México, 1862, UNAM, México, 1962
70 M. Maldonado Koerdell, La obra de la Comisión Scientifique du Mexique, La intervención francesa 100 años después, pp. 161-182, Asociación Mexicana de Historiadores, México, 1965
71 Luis González, El indigenismo de Maximiliano, La intervención francesa 100 años después, pp. 103-110, Asociación Mexicana de Historiadores, México, 1965
72 Paul Dony, Brasuil y Normandía en el siglo XVI, Anales del Instituto de Arte Americano, vol. 16, pp. 100-104, Buenos Ares, 1963
73 Federico Kauffmann Doig, Alemania y la arqueología peruana, Cultura Peruana (enero-abril), Lima, s/p, 1963; El Perú antiguo y los arqueólogos alemanes, Humboldt no. 15, s/p, Hamburgo, 1963; Manual de arqueología peruana, PEISA, Lima, 1969 (ver en la edición de 1973, pp. 77-89: Esquema histórico de los estudios arqueológicos en el Perú)
74 Sobre Juan Ambrosetti hemos extraído del libro de Jorge Fernández nueve publicaciones anteriores a 1972
75 Julián Cáceres Freyre, Homenaje a Eric Boman, Revista del Instituto de Antropología, vol. II-III, pp. 7-30, Tucumán, 1961-64; existen al menos media docena de necrológicas o laudatorias
76 J. Mas Alós, Recopilación de antecedentes periodísticos sobre la obra de Carlos Rusconi, Revista del Museo de Historia Natural de Mendoza vol. 15, pp. 75-123, Mendoza, 1963 y Síntesis biográfica de la labor científica de Carlos Rusconi, Revista del Museo de Historia Natural, vol. 19, pp. 23-139, Mendoza, 1967; Héctor Greslebin, Carlos Rusconi, Cuadernos del Instituto Nacional de Antropología vol. 7, pp. 410-413, Buenos Aires, 1971
77 Eloy Linares Málaga, El antropólogo alemán Frederich Max Uhle, padre de la arqueología andina, Talleres Gráficos Villanueva, Lima, 1964; Grete Mostny, Epistolario de Augusto Capdevielle con Max Uhle y otros arqueólogos e historiadores, Fondo Histórico y Bibliográfico J. T. Medina, Santiago, 1964
78 Guillermo Feliú Cruz, Ricardo Latchman (1869-1943): la bibliografía de las ciencias antropológicas, Ediciones Bibliógrafos Chilenos, Santiago, 1969; Grete Mostny, Ricardo Latchman, su vida y su obra, Boletín del Museo Nacional de Historia Natural, vol. XXX, Santiago, 1967;  Eugenio Pereira, Don Ricardo Latchman y la Universidad, Noticiero Mensual, Museo Nacional de Historia Natural, nos. 87-88, Santiago, 1963;  Humberto Fuenzalida, Don Ricardo E. Latchman y el ambiente científico de Chile a principios de siglo, Noticiario Mensual nos. 87-88, Museo Nacional de Historia Natural, Santiago, 1963
79 Luis Duque Gómez, San Agustín, reseña arqueológica, Instituto Colombiano de Antropología, Bogotá, 1961; ver pp. 16-42
80 Fernando Márquez Mirando, Panorama de los estudios arqueológicos en la república Argentina, Runa vol. X, partes 1-2, pp. 52-67, Buenos Aires, 1967
81 Eusebio Dávalos Hurtado, El Instituto Nacional de Antropología e Historia, Cuadernos Americanos vol. XIX, no. 6, pp. 125-134, México, 1960
82 Hans Schobinger, Breve historia de la arqueología de alta montaña en los andes meridionales, Boletín de la Sociedad Arqueológica de Santiago, no. 4, pp. 2334, Santiago de Chile, 1967
83 Luis Jorge Fontana, El gran Chaco, Solar-Hachette, Buenos Aires, 1977
84 La bibliografía es imposible reseñar, para esos años véase como base a: Ensayos sobre Humboldt, Facultad de Filosofía y letras, UNAM, México, 1962; en ese volumen hay sobre arqueología un texto de Paul Kirchoff, otro de Miguel de León Portilla y otro de Ignacio Bernal: Humboldt y la arqueología mexicana, pp. 121-1132; Jaime Labastida, Humboldt, ese desconocido, Sepsetentas, México, 1975; en la Revista Interamericana de Bibliografía, vol. 12, no. 4, Washington, 1962 se incluyeron extensos estudios de Juan B. de Lavalle, Helmut de Terra, Angel Rubio y una extensa bibliografía hecha por Victoria Conroy
85 Julio C. Tello y Toribio Mejía Xeppe, Historia de los museos nacionales del Perú 1822-1946, Arqueológicas no. 10, Universidad Nacional de San Marcos, Lima, 1967
86 J. A. Saco, Colección de papeles científicos, históricos, políticos y de otros ramos de la isla de Cuba, Imprenta D´Aubusson y Kugelman, París, 3 vols., 1858-59; la reedición fue hecha por la Dirección General de Cultura, La Habana, 1960-63
87 Luis Luján Muñoz, Breve historia de la investigación arqueológica en Guatemala, Estudios Indigenistas, pp. 1-17, Sociedad Mexicana de Geografía e Historia, México, 1982; Historia de la arqueología en Guatemala, América Indígena vol. 32, no. 2, pp. 353-376, México, 1972
88 Carlos Ponce Sanginés, Tadeo Haenke y su viaje a Samaipata en 1795, Centro de Investigaciones Arqueológicas, La Paz, 1974; Alcides D´Orbigny y su viaje a Samaipata en 1832, Centro de Investigaciones Arqueológicas, la Paz, fue editado en 1975
89 Arturo Costa de la Torre, Excavaciones en Tiahuancu en la época colonial, Homenaje a A. Posnansky en el centenario de su nacimiento, pp. 108-109, La Paz, 1974
90 Luis Casasola, Panorama general de la arqueología en El Salvador, América Indígena vol. XXV, no. 4, pp. 715-726, México, 1975
91 Angel Bedoya Maruri, El desarrollo de la arqueología en el Ecuador a partir de González Suárez, Boletín de la Academia Nacional de Historia vol. LVIII, no. 136, pp. 191-200, Quito, 1975
92 Ignacio Bernal, Alfonso Caso, Tres científicos mexicanos, SEP, México, 1974
93 Eduardo Matos Moctezuma, Manuel Gamio: arqueología e indigenismo, Sepsetentas, México, 1972
94 América Indígena, vol. XXXI, no. 4, México, 1971; con textos de Gonzalo Rubio Orbe y David Strug,
95 Pedro José Márquez, Sobre lo bello en general y Dos monumentos de arquitectura mexicana; El Tajín y Xochicalco, UNAM, México, 1972; con introducción de Justino Fernández
96 Carlos Echánove Trujillo, Dos héroes de la arqueología maya: Frederic de Waldeck y Teobert Maler, Ediciones de la Universidad de Yucatán, Mérida, 1974
97 Gerdt Kutscher, Edificios mayas trazados en los años de 1886-1905 y descritos por Teobert Maler, Monumenta Americana vol. IV, Instituto Iberoamericano, Berlín, 1971
98 Roberto Villaseñor Espinosa, Los viajes arqueológicos del capitán Guillermo Dupaix en Chiapas, Estudios Indigenistas, Sociedad Mexicana de Geografía e Historia, pp. 19-41, México, 1972
99 Julio Philippi, Viaje de don Federico Philippi por el desierto de Atacama en 1885, Revista Chilena de Geografía e Historia no. 143, pp. 171-261, Santiago de Chile, 1975
100 E. George Squier, Un viaje por tierras incaicas: crónica de una expedición arqueológica (1863-1865), Editorial Los Amigos del Libro, La Paz, 1974 (prólogo de Raúl Porras Berrenechea)
101 Ernst W. Middendorf, Perú: observaciones y estudios del país y sus habitantes durante una permanencia de 25 años, Universidad Mayor de San Marcos, Lima, 1974
102 Una larga compilación de artículos, fue editado en La Paz en 1974
103 Julio Díaz Arguedas, Expedicionarios y exploradores del suelo boliviano, 2 vols., Ediciones Camarlinghi, La Paz, 1971; Manuel Frontaura, Descubridores y exploradores de Bolivia, Los Amigos del Libro, La Paz, 1971
104 Mario Rivera, Algunas notas sobre el aporte de Max Uhle al desarrollo de la arqueología de Arica, Chungará no. 3, pp. 7-11, Arica, 1974; Luis Alvarez, Homenaje a Max Uhle, antecedentes sobre su primera comunicación pública de los aborígenes de Arica, Chungará no. 3, Arica, 1974;  Mario Orellana, Friederich Max Uhle y la prehistoria  de Chile, Boletín de Prehistoria nos. 7-8, Santiago, 1974; como mirsdas generales: Julio Montané, Apuntes para un análisis de la arqueología chilena, Rehue no. 4, Concepción, 1972
105 Juan Schobinger, El Instituto de Arqueología y Etnología, XX aniversario 1940-1970, Anales de Arqueología y Etnología, vol. XXIV-XXV, pp. 255-271, Mendoza, 1969-70
106 Carlos Ponce Sanginés, La misión científica Crequi-Monfort, Kollasuyo no. 71, pp. 104-126, La Paz, 1970
107 Gunter Karsuskopf, Rugendas en Tiwanaku, Pumaunku vol. 2, pp. 39-48, La Paz, 1971
108 La obra de Methffesel ha sido recuperada en el Museo de La Plata, parcialmente publicada y se exhibe allí; ha tenido exposiciones en museos de varios países; se ha publicado desde 1960 como artista histórico y arqueológico: la primer referencia que conozco es Clodomiro Araujo Salvadores, El doctor Estanislao Cevallos, el pintor Methffesel y una obra inédita sobre la guerra del Paraguay, Gaceta Histórica s/d, Buenos Aires, 1960
109 Roberto Moreno, Las notas de Alzate a la Historia Antigua de Clavijero, Estudios de Cultura Náhuatl vol. 10, pp. 359-392, México, 1972 y luego hubo una extensa Addenda en el vol. XII, pp. 84-120, 1972
110 Leonce Angrand, Imagen del Perú en el siglo XIX, Carlos Milla Batres Editor, Lima, 1972
111 Angel Palerm, Historia de la etnología, 3 vols, Cis-Inah, México, 1974-1976
112 Juan Comas, Cien años de Congresos Internacionales de Americanistas, UNAM, México, 1974
113 Guillermo Ovando Sanz (editor), Tadeo Haenke, su obra e los andes y la selva boliviana, Editorial Los Amigos del Libro, La Paz, 1974
114 Federico Kirbus, Historia de la arqueología argentina, Editorial La Barca Gráfica, Buenos Aires, 1976
115 Jorge Martínez del Río (comp..), La investigación social de campo en México, UNAM, México, 1976
116 Philip L. Kohl y José Perez Gollán, Religion, Politics and Prehistory: Reasseasing and Lingering Legacy of  Oswald Menghin, Current Anthropology, vol. 43, no. 4, pp. 561-586
117 Eduardo Matos Moctezuma (comp.), Descubridores del pasado en Mesoamérica, Antiguo Colegio de San Ildefonso, México, 2001
118 Gustavo Politis, The Socio-Politics of the Development of Archaeology in Hispanic South America, Theory in Archaeology: a World Perspective, pp. 197-235, Routledge, Londres, 1995
119 Robert Brunhouse, Sylvanus G. Morley y el mundo de los antiguos mayas, Editores Asociados, México, 1973
120 Bruce C. Trigger, A history of archaeological thought, Cambridge University Press, Cambridge, 1989
121 Glyn Daniel, El concepto de prehistoria, Editorial Labor, Barcelona, 1968; Historia de la arqueología, Alianza Editorial, Madrid, 1974; Historia de la arqueología, de los anticuarios a V. Gordon Chile, Alianza Editorial, Madrid, 1974
122 José Alcina Franch ¿Arqueólogos o anticuarios? Historia antigua de la arqueología en la América española, Ediciones del Serbal, Barcelona, 1995
123 Alain Schnapp. The Discovery of the Past, Harry N. Abrams, New York, 1997 (edición original de 1993 en Paris, Editions Carré)
124 C. W. Ceram, Grandes naturalistas en América: Sudamérica los llamaba, Biografías Gandesa, México, 1963; El primer americano, Ediciones Destino, Barcelona, 1971
125 Georges Daux, Las etapas de la arqueología, Fabril Editora, Buenos Aires, 1962
126 Valgan de ejemplos pese a su diferencias, exceptuando a México por la amplitud de sus publicaciones, a Mario Orellana, Investigaciones y teorías en la arqueología de Chile, Ediciones Centro de Estudios Humanísticos, Universidad de Chile, Santiago, 1982 e Historia de la arqueología en Chile, Universidad de Chile, 1996; Alfredo Mendonca de Souza, Historia da arqueología brasileira, Instituto Anchietano de Pesquisas, Rio Grande do Sul, 1991, o Carl Langebaek, Arqueología colombiana: ciencia, pasado y exclusión, Colciencias, Bogotá, 2003; en un orden diferente, más tradicional, pueden verse: Jorge Fernández, Historia de la arqueología argentina, Asociación Cuyana de Antropología, Mendoza, 1982 o Carlos Ponce Sanginés, Tiwanaku: 200 años de investigaciones arqueológicas, Centro de Investigaciones Antropológicas de Tiwanaku, 2ª. Edición, La Paz, 1995 y los artículos que ha editado Pedro Funari en Brasil
127 Los mejores ejemplos en este sentido son: Dialogues in Cuban Archaelogy, Antonio  Curet, Shanon Lee Dawdy y Gabino La Rosa Corzo, The University of Alabama Press, Tuscaloosa, 2005 y el capítulo sobre el tema de Nelly Robles García y Alberto Juárez Hosannilla, Historia de la arqueología en Oaxaca, INAH-CONACULTA, México, 2004
128 Daniel Schávelzon, Las excavaciones en Zaculeu (1946-1950): una aproximación al análisis de la relación entre arqueología y política en América Latina, Recent Studies in Precolumbian Archaeology,  pp. 167-190, BAR International Series, Oxford, 1988 y Arqueología y política en Centroamérica: las excavaciones de Zaculeu y su contexto histórico, Mesoamérica vol. 16, pp. 335-359, South Woodstock, 1989; Paul Sullivan, Conversaciones inconclusas: mayas y extranjeros entre dos guerras, Gedisa Editorial , México 1989

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