Un piolín en el túnel: Florencio Escardó y los túneles del Nacional Buenos Aires

Portada de la edición de 1989

El artículo “Un piolín en el túnel: Florencio Escardó y los túneles del Nacional Buenos Aires” ha sido publicado por Daniel Schávelzon en el año 2011.

Desde hace años he tratado de compilar todo lo posible sobre los túneles de la ciudad de Buenos Aires, sea verdad o imaginario. A partir de lo encontrado, parco por cierto a la hora de describir con detalles, y de lo hecho por nosotros mismos en excavaciones arqueológicas o hallazgos fortuitos fui publicando todo lo que pude, primero con un extenso artículo [1], luego un primer libro modesto [2], luego uno más grande [3] y con el cual creí que al menos historiográficamente era bastante completo; realmente no creí que hubiese mucho más édito que lo ya citado. Es cierto que cada tanto tiempo aparecía alguna referencia y las seguirá habiendo al infinito o un dato secundario, pero es raro hallar una fuente publicada de primera mano, no importa de qué valor. Hasta que ahora, años más tarde, tomo conciencia que tenía una descripción frente a mis ojos y no la había visto: es una  extensa descripción hecha por Florencio Escardó, nada menos que el famoso Piolín de Macramé que hiciera sonreír a una generación con su humo, por dejar para luego su monumental obra en medicinar. Lo encontrado es la descripción de una aventura que lo llevó a  él y otros estudiantes del Colegio Nacional Buenos Aires a encontrar el acceso a los túneles y recorrer una parte de ellos.

La historia de estas construcciones bajo tierra ya estaba narrada para cuando ellos entraron allí –cosa que supongo que no sabían obviamente-; años más tarde aunque no muchos serían estudiados por Héctor Greslebin quien le dedicó numerosos estudios, hizo planos y hasta filmó una película todo hecho desde el año 1920 [4], entre otros autores que también escribieron sobre el lugar, si bien creo que el pionero fue Ángel Gallardo quien las había descripto en base a sus también correrías de estudiante en 1886 las que publicó en 1918 [5]. Es decir, para mí en cuento a la bibliografía era como si todo estuviera cerrado con las fantasías de Beatriz Guido en 1970; poco esperaba encontrar más adelante [6].

Portada de la edición original de 1963

Pero resultó que en un librito poco conocido de Escardó, quien fue alumno en la segunda mitad de la década de 1910, describió sus aventuras sin saber que ya eran conocidos o sin notar la importancia que tenía el tema; posiblemente cuando escribió el libro quizás treinta años más tarde de los sucesos no hizo caso de otros escritos del tema ya que son memorias, no ensayos que bien sabía hacer. Finalmente lo que cuenta eran gracias de un estudiante travieso al igual que sus compañeros, y Escardó no sabía quién llegaría a ser en el futuro.

Portada de la edición de 1989

En lo personal no tuve presente el libro pese a la obviedad del título (La casa nueva) que trataba sobre el edificio del Colegio, el edificio “nuevo”, es decir el construido mientras él iba al colegio ya que las obras se iniciaron en 1910 en base al proyecto del arquitecto Norberto Maillart, pero si bien en la década de 1920 estaba casi concluido no lo fue realmente hasta 1938 en que quedó completo. Es decir, al igual que le sucedió a Escardó muchas generaciones tuvieron clases en un edificio dividido entre lo terminado y la parte en obras, motivo más que suficiente para imaginar picardías. El nuevo edificio significó una transformación para el barrio, para los profesores y alumnos del colegio, dejando los viejos claustros coloniales para entrar en ese gigante de la modernidad de su tiempo, un edificio que sólo la Generación de 1880 pudo imaginar. Siguiendo la tradición de Juvenilia de Miguel Cané, Escardó narró sus aventuras y desventuras tras los telares tejidos por el tiempo; el libro lo escribió a los 57 años.

Hubo dos ediciones que sepamos, la segunda 25 años más tarde: la primera, de 1963, tenía una portada con la foto del colegio en su dimensión casi heroica de la fachada y en la contraportada una foto de la puerta con el escudo; la segunda edición es de 1989 y él ya tendría 85 años para ese momento; en la foto de tapa se lo ve firme y con moño en el cuello mirando de frente al colegio, en la parte de atrás hay otra foto de él mismo caminado por la misma vereda con las paredes pintadas y papeles en el piso. No sólo Escardó había cambiado en esos años. El libro está datado por él “En la estancia de San Miguel, cerca de Venado Tuerto, provincia de Santa Fe, el día 29 de diciembre de 1962”.

De todas formas ambas ediciones tuvieron tiradas cortas en editoriales poco conocidas y con baja difusión. Y pese a que él y su esposa, la prestigiada psicoanalista Eva Giberti, fueron colegas y amigos de mis padres y el libro estuvo en mi casa por años, no lo vi o no lo recordé. Valgan estas notas como disculpa póstuma al gran pediatra que me atendió siendo niño.

El libro que estamos describiendo si bien habla de los túneles no es una gran obra de la literatura ni intentó serlo; para un médico pediatra ya famoso y acostumbrado a la historia de Buenos Aires, al sarcasmo y al humor, esto era pura memoria nada más; debió ser un gusto para él dejar en la tinta sus recuerdos de juventud sin ánimo de ser una biografía ni mucho menos, sólo eso, recuerdos. Pero por algún motivo el primer capítulo de su libro editado en 1963 está dedicado al hallazgo casual de la entrada a los viejos túneles y a eso le dedicó diez páginas, lo que en ese libro no es poco. Es evidente que le quedó grabado como la gran aventura de sus tiempos de estudiante secundario.

Florencio Escardó (1904-1992)

Nació en Mendoza en 1904 y se dedicó a la medicina tras su egreso de la facultad en 1929. Su trabajo se centró en el Hospital de Niños en que logró cosas impensables en su tiempo, algunas tan simples como permitir que las madres entren con sus hijos cosa que estaba prohibida. Sus practicantes eran llevados a trabajar a la Isla Maciel para que tomaran contacto con la realidad. Con una fuerte influencia psicológica introdujo esto en la estructura hospitalaria infantil creando grandes revuelos. Llegó a ser director del Hospital Gutiérrez y luego decano de la Facultad de Medicina y vicerrector de la Universidad de Buenos Aires. Desde su cargo en el rectorado logró que los colegios nacionales Buenos Aires y Carlos Pellegrini fueran transformados en mixtos para horror de mucha gente y lentamente fue introduciendo el apoyo psicológico en la estructura hospitalaria.

En la literatura y el periodismo se distinguió como historiador, crítico y humorista con su seudónimo Piolín de Macramé, fue incluso presidente de la SADE. Su obra escrita quedó en más de veinte libros de pediatría en su mayor parte, cinco tomos de poemas y cinco libros sobre la ciudad, entre otros varios más, incluyendo letras de tangos y hasta un guión de cine. Su imagen en televisión se hizo conocida en la década de 1960 [7].

El final de la historia en el libro

Como toda historia tiene un final. Y la dio Escardó al citar en la última página un colofón que se relaciona con el texto con que inicia el libro: una referencia a los túneles. Esta vez cuenta una anécdota que le narrara un tercero que estuvo en 1955 cuando Plaza de Mayo fue bombardeada. Los alumnos del colegio se aterrorizaron y el director prefirió que nadie saliera a la calle, que permanecieran con los docentes dentro del edificio por seguridad. Pero los estudiantes tuvieron tanto miedo que buscaron refugio en los sótanos: “Tal vez en el fondo de la tierra los restos del túnel que unía el Convento Carolino con el Fuerte vuelvan a sentir como una columna de vértebras dispersas, estremecimientos solidarios”. No es mucho, una frase sobre la ya impuesta fantasía de la unión de los túneles que se impusiera en la década de 1920 y que jamás se probara, pero que a él le permitió cerrar el círculo del tiempo.

EL TUNEL HACIA EL PASADO, Florencio Escardó [8]

Fuimos la última generación  que ocupó el Colegio viejo, es decir la parte que quedaba de él, se entraba por Moreno 555 a un ancho patio de losas blancas y negras en tablero de ajedrez; quedaba todavía buena parte del antiguo edificio de dos pisos con un par de claustros, el gabinete de física, el de química, las aulas y varias oficinas. Se tiene la complacencia de presentar aquello con el halo evocador y romántico de una grave y prestigiosa escenografía. Yo no podría festejarlo; las aulas eran oscuras y le yeso del techo que se descascaraba caía sobre nuestros hombros y  cabezas en escamas húmedas y amarillentas; la luz del sol penetraba muy oblicuamente y por corto tiempo a través de ventanas que franqueaban muros anchísimos; además tenían rejas de una forja elemental y pintadas de negro. Los techos abovedados se nos venían encima complicados de sombras y la totalidad arquitectónica encogía nuestro ánimo de doce años. Unos tabiques de madera por el lado del Este cerraban toda salida hacia el nuevo edificio terminado ya en buena parte y cuya magnificencia apreciábamos desde afuera sobre la calle Bolívar.

Todas las bocas que daban hacia la obra: ventanas, corredores, escaleras, terminaban en fondo de saco con los dichos tabiques pintados de ese triste color gris que usan los barcos de guerra; nos sentíamos ahogados en un recinto sin continuidad, sin otra liberación espacial que el pedazo de cielo que podíamos mirar desde el gran patio enlozado en damero. En las aulas y claustros colgaban de sus cables, provisorias y desnudas, lamparitas eléctricas de luz amarilla que permanecían encendidas buena parte del día. Sobre el muro lateral del patio, estaba la campana oscilante en el centro de su arco de mampostería. Su voz y su silueta se acordaban a maravilla con las losas, las rejas y los arcos. (…)

Al año siguiente nos mudaron a la casa nueva, pero la mudanza fue gradual y paulatina porque inaugurado el reluciente edificio se conservó del viejo una buena parte que confundía dos aulas de sexto, el gabinete de física y el de química, la sala de proyecciones luminosas y el gabinete de dibujo; ambas partes, la antigua y la moderna, se unían por un extraño istmo de madera que significaba el nexo entre dos tiempos; así muchas generaciones hicieron la curiosa experiencia de la transcronización usando edificios separados por más de un siglo de edad.

Una buena parte de la casa antigua fue comenzada a demoler y de pronto las obras quedaron paralizadas; ahora los tabiques de madera pintados de gris separaban lo que quedaba del histórico edificio del terreno resultante de la interrumpida demolición, pero ello no nos importaba mucho. Los amplísimos patios de la casa nueva nos liberaban de toda sensación opresiva.

A pesar de la estricta vigilancia que el colegio ejercía, había en nuestro curso tres muchachos que  desaparecían cuando querían, a poco que corriesen el peligro de ser interrogados por los profesores en situación desventajosa faltaban a esa clase, para reaparecer tranquilos y serenos en la siguiente. Lo advertimos cuando, presentes al pasar lista de la asistencia, no lo estaban al llamado del profesor. Al ser requeridos dábamos, con automática y no requerida complicidad, las explicaciones  más plausibles.

_ Se retiró enfermo.

_ Salió con permiso.

_ Está en la Prefectura.

Pasado el peligro retornaban y no había fuerza en el mundo que les hiciesen confesar adonde se habían escondido; cuando la presión inquisitiva se tornaba muy fuerte se limitaban a contestar:

_ Estuvimos fumando.

Y nadie los sacaba de allí. Evidentemente era una consigna. Entretanto disfrutaban del prestigio conjugado de la eficacia de una escapatoria y del hermetismo. Hasta que un día la presencia de un misterio mayor los hizo hablar. Habían descubierto una efracción en el tabique de tablas que separaba lo restante del claustro del sitio demolido hacia el oeste; como formaba una “impasse” los inspectores de patio no creían necesario vigilarlo. Con paciencia de presidiarios habían perfeccionado el buraco sin alterar la anatomía externa y en el momento propicio se pasaban al terreno donde, detenida un tiempo la obra, las hierbas iban recobrando el implacable derecho vegetal sobre los trozos de muros derruidos y sobre el desorden de fragmentos de ladrillos y cementos, conjunto propicio a cualquier aventura y sitio maravilloso para una escapada; en ese decorado de Huber Robert pasaban  sus semi-rabonas el gordo Venazzano, el flaco Estiú y el loco Tays. La necesidad de las reservas era obvia ya que la difusión de la noticia hubiese significado el fin del disfrute y los tres lo guardaban como juramentados llamando, para mayor romanticismo “Ortus conclusus”, a aquel yuyal de ricino, cardos y malezas que medraban a cien metros de la Pirámide de Mayo. Sucedió que recorriendo su coto de humo dieron con algo que no esperaban jamás: la boca de un ancho túnel abovedado, libre de toda obstrucción y de estructura perfecta que partiendo de lo que habían sido los fondos del antiguo Colegio se prolongaban hasta el noreste o sea en la dirección de la Casa de Gobierno; penetraron cuidadosamente en él y avanzaron sin dificultad muchos metros hasta que los rodeó la oscuridad más completa. Abandonaron las exploraciones para mejor ocasión, pero al volver al Colegio la magnitud del descubrimiento  pudo más que el interés escapatorio y entre ilusionados e incrédulos varios más fuimos iniciados en el tremendo secreto.

Se decidieron reuniones deliberativas en casa de Vernazzano, en las que se llegó a planificaciones muy meditadas. Para evitar sospechas se resolvió que las exploraciones se efectuaran en grupos no mayores de tres y desde el día siguiente provistos de linternas sordas y de periódicos que fuertemente enrollados se transformarían en antorchas, comenzaron a partir  cuyo regreso era esperado con la ansiedad que era imaginable.

Pronto toda la clase estuvo en la cuestión; la formación de las ternas se hacía por riguroso sorteo, no pudiéndose participar de las campañas más que una vez. Durante varias semanas no hicimos otra cosa que preparar la partida y esperar su retorno. Luego nos reuníamos en asambleas carbonarias (así se llamaban) en un doble fin: 1) Renovar el juramento de que ninguna otra división que la nuestra entraría en las exploraciones; 2) Considerar y coordinar los informes del día. Los descubridores tuvieron  las prioridades y Vernazzano fue designado Primer Adelantado de todos los túneles que descubriese. En verdad, los informes eran incoordinables. Unos afirmaban que el túnel tenía trescientos metros de largo; otros que ochocientos; algunos decían que concluía en una pared ciega, otros que por un boquete se veía el sótano de la iglesia de San Ignacio con una hornacina de cristal conteniendo un cadáver momificado en traje de pontifical; el negro Rossi, que era poeta, aseguró que luego de un largo recorrido se llegaba a una salida que en suave rampa ascendente daba a la orilla del Río de la Plata. No pudo especificar a qué altura. De algunos tercios sospechábamos fundadamente que ni siquiera había penetrado en el subterráneo, desperdiciando la hora destinada a heroicas  empresas en fumar  ociosamente entre las ruinas. Sea como fuese el túnel existía y nuestra imaginación ya calentada al rojo subía cada vez de temperatura. Los escépticos consideraban que era una simple bodega abandonada cuya existencia carecía de importancia; pero tal versión fue violentamente combatida y, al fin, rechazada por carente de sentido. Mucha mayor aceptación tuvo la teoría de que el túnel había servido para traer a los monjes del Convictorio Carolino esclavas blancas que los galeones dejaban a la orilla del río y que se introducían en el convento en el más estricto secreto; cuando morían eran enterradas en el propio subterráneo y se propuso comenzar a hacer excavaciones en la absoluta seguridad de encontrar huesos femeninos; se constituyó un sub-comité destinado a diferenciar técnicamente el  sexo de los huesos gracias a lo cual varios vimos por primera vez el famoso Testut, que tanto habría después de pesar sobre nuestras vidas. El inflamable Cordobita trajo “Los Borgia” y “Ala de Muerte” de Miguel Zevaco, que leímos con febril excitación sin parar mientes en lo absurdo de las relaciones de tiempo y espacio de los disparates de la novela que aplicábamos a nuestro subterráneo. Los eruditos aportaron datos más serios; cuando los ingleses en 1806 tomaron el colegio que fue largamente defendido por los porteños, no encontraron dentro de su recinto un solo hombre que no fueses los monjes: evidentemente habían sido evacuados hacia el Fuerte a través del subterráneo. Además, un pueblo galo, los remos, vivieron, ya conquistados por Julio César, en pueblos subterráneos en los que no fueron descubiertos jamás; sus ciudades constituyen hoy las “caves” donde se elabora el mejor champagne de Reims. Las catacumbas de San Calixto y sus similares constituían otro ejemplo indiscutible de la posibilidad de vida clandestina bajo tierra. Durante varias semanas vivimos la más fiebrosa aventura; no había nada fuera del túnel que pudiese interesarnos. Los profesores notaban, sin alcanzar a explicárselo, una definida baja global del rendimiento y la aplicación. La conducta, en cambio, era perfecta,  no solo por la necesidad de cubrir la ausencia de los expedicionarios sino porque devorábamos en plena clase los tremendos novelones de Zevaco. Un día ocurrió algo dramático; la muerte de un ilustre ex profesor determinó que las autoridades resolvieran suspender las clases a la segunda hora para que los estudiantes pudiesen asistir al entierro. Los expedicionarios estaban fuera, ¿cómo abandonarlos?, y sobre todo, ¿cómo correr el riesgo de que se descubriese la ultrasecreta trama? Con mil riesgos se despachó un Adelantado que pudo rescatarlos a tiempo; regresaron antes de la salida, luego de la más angustiosa sesión de suspenso que se haya vivido jamás.

Pero tenía que ocurrir lo inevitable; un día los sorteados se quedaron rezagados al retorno al aula a fin de partir para su misión, volvieron poco después  mohínos y desilusionados; la brecha, la maravillosa brecha de Vernazzano, Estiú y Tays, había sido cuidadosamente tapiada. Al día siguiente cada celador fue encargado de avisar en todas las aulas que quedaba terminantemente prohibido, so pena de suspensión por tiempo indeterminado, pasar al terreno aledaño y sobre todo penetrar en el túnel. Veintiocho divisiones creyeron  que el Jefe de Disciplina deliraba, solo la nuestra sintió el interdicto como una frustración gregaria.

La verdad, la última verdad,  la supimos más tarde. Teodolindo (el tierno Teodolindo, a quien llamábamos “el pibe” ya que fue el último en ponerse medias largas) había sustraído del costurero de su mamá un ovillo de seda roja y del garaje de la casa una gran linterna sorda y escondió ambas cosas entre sus libros y carpetas. Descubierto el extraño hurto la familia lo apremió a preguntas; al principio permaneció mudo y firme como un héroe lacedemonio; solo cedió cuando tras horas  de presión fue amenazado con ser llevado a un médico. Aleccionado por el mito de Ariadna, Dédalo y Teseo se había propuesto,  ya que el sorteo de su nombre era inminente, llegar hasta el fin del túnel pero llevando de su mano el ovillo cuyo cabo inicial dejaría atado a una piedra. Al enterarse de la existencia del túnel y del proyecto la madre puso el grito en el cielo, presagió como Casandra, horribles riesgos de hundimientos y desmoronamientos; habló de víboras y otros animales atroces y mascullando espantosas predicciones se apersonó al vicedirector acusando al Colegio de no vigilar a los estudiantes permitiendo que se expusieran a peligros inauditos. No se sabe como el discreto Giuffra la apaciguó, pero,  en cualquier caso se limitó en hacer bloquear la histórica brecha, Puerto de Palos de tantas animosas empresas, sin pensar que al hacerlo taponaba el espíritu de aventura de toda una generación.

Le faltó “esprit de finesse” para organizar oficialmente una visita científica al túnel y sobre todo para permitir que se fumara en los recreos.-

 

Bibliografía

Gallardo, Ángel
1918   Colegio Nacional de Buenos Aires: visita a los subterráneos, La Nación, 10 de octubre, Buenos Aires.

Greslebin, Héctor
1920   El subsuelo porteño. Detalles de los subterráneos de la manzana delimitada por las calles Alsina, Perú, Bolívar y Moreno, La Unión, 11 de octubre, Buenos Aires.
1964   Aspectos de los antiguos subterráneos secretos de Buenos Aires, La Prensa, 9 de septiembre, pag. 13, Buenos Aires.
1969   Los subterráneos secretos de la Manzana de las Luces en el viejo Buenos Aires, Cuadernos del Instituto Nacional de Antropología vol. 6, pp. 31-73, Buenos Aires.

Guido, Beatriz
1970   Escándalos y soledades, Losada, Buenos Aires, 1970.

Puga, Teodoro
2002   Un recuerdo para Florencio Escardó, Archivo argentino de pediatría, vol. 100, no. 4, pp. 273-274, Buenos Aires, 2002.

Schávelzon, Daniel
2002   Túneles de Buenos Aires: 140 años entre la memoria y el olvido,  Todo es Historia,  no. 251, pp. 8-35, Resistencia, 1988; hay reedición en Lo mejor de Todo es Historia, vol. I, pp. 429-465, Ediciones Taurus, Buenos Aires.
1992   Arqueología histórica de Buenos Aires (II),  túneles y construcciones subterráneas, Editorial Corregidor, Buenos Aires.
2005   Daniel  Schávelzon, Túneles de Buenos Aires: historias, mitos y verdades del subsuelo porteño, Editorial Sudamericana, Buenos Aires.

Referencias

[1] Daniel Schávelzon, Túneles de Buenos Aires: 140 años entre la memoria y el olvido,  Todo es Historia,  no. 251, pp. 8-35, Resistencia, 1988; hay reedición en Lo mejor de Todo es Historia, vol. I, pp. 429-465, Ediciones Taurus, Buenos Aires, 2002.

[2] Daniel Schávezon, Arqueología histórica de Buenos Aires (II),  túneles y construcciones subterráneas, Editorial Corregidor, Buenos Aires, 1992.

[3] Daniel  Schávelzon, Túneles de Buenos Aires: historias, mitos y verdades del subsuelo porteño, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2005.

[4] Héctor Greslebin, El subsuelo porteño. Detalles de los subterráneos de la manzana delimitada por las calles Alsina, Perú, Bolívar y Moreno, La Unión, 11 de octubre, Buenos Aires, 1920; Aspectos de los antiguos subterráneos secretos de Buenos Aires, La Prensa, 9 de septiembre, pag. 13, Buenos Aires, 1964; Los subterráneos secretos de la Manzana de las Luces en el viejo Buenos Aires, Cuadernos del Instituto Nacional de Antropología vol. 6, pp. 31-73, Buenos Aires, 1969.

[5] Ángel Gallardo, Colegio Nacional de Buenos Aires: visita a los subterráneos, La Nación, 10 de octubre, Buenos Aires, 1918.

[6] Beatriz Guido, Escándalos y soledades, Losada, Buenos Aires, 1970.

[7] Teodoro Puga, Un recuerdo para Florencio Escardó, Archivo argentino de pediatría, vol. 100, no. 4, pp. 273-274, Buenos Aires, 2002.

[8] Hemos sacado largos textos que no se refieren en lo absoluto al tema del que venimos hablando.

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