La Cultura Material Africana en Buenos Aires: Objetos y Contextos

Cultura AfroPonencia presentada en las Primeras Jornadas de arqueología histórica de provincia y ciudad de Buenos Aires; Universidad Nacional de Quilmes; Lo Afro y su cultura material. Los invisibles de la arqueología argentina.

La arqueología del final del siglo XX ha visto el derrumbe de varios de los paradigmas que la caracterizaron durante buena parte del siglo. En algunos casos el proceso ha sido más que evidente y está estudiado, como es el caso de la arqueología precolombina. Pero en la arqueología histórica no hay aún estudios que los revise. Quizás el primer mito que se derrumbó fue el concepto de que no existía pasado debajo de las ciudades modernas; o que era imposible de estudiarlo científicamente.


Este paradigma de lo lejano y remoto había producido incluso una actitud despreciativa hacia los trabajos pioneros hechos en las décadas de 1930 a 1960 por todo el país. La arqueología histórica ha vivido otro cambio al ver caer la visión que obligaba, como deformación antropológica, a mirar el llamado contacto desde la perspectiva exclusiva del indígena (Schávelzon 1996b). Lo que importaba era estudiar la cultura de las comunidades indígenas; lo europeo se asumía como ya sabido o como despreciable al ser la cultura del dominador y no del sometido; y pese a que nunca se había publicado un estudio serio sobre la cerámica española en el país, ésta era descartada o no estudiada. Y ni hablar de los demás objetos, ni siquiera se los enumeraba; era habitual que antes de excavar se limpiara la superficie de los molestos vidrios, huesos y lozas no precolombinos.Por último, tanto la arqueología histórica, la urbana y todos los trabajos sobre el contacto cultural, plantearon a la sociedad como una dualidad blanco/indio. Influidos por la ideología Liberal y por la historia oficial, se planteó esa dupla como un par dialéctico donde la arqueología peleaba a favor de unos y en contra de otros, donde el estudio del pasado se transformaba en un proceso de reivindicación del indígena. Es lo que llamo el paradigma de la etnicidad correcta, cuya rigidez llevó a olvidarse de un tercio de la población urbana de Buenos Aires y de gran parte del país: los africanos y afro-argentinos. Para el siglo XVIII hubo lugares en Argentina como en Catamarca, Córdoba o Mendoza donde más del 70 % de sus habitantes eran afros: negros, pardos o mulatos o como se los haya llamado en cada momento; era el moreno según lo denominaban los que querían cuidar el lenguaje, o el porrudo del Martín Fierro.

Y si de recordar elementos retardatarios se trata no hay que olvidar que la arqueología histórica heredó de la arqueología precolombina el paradigma de lo local, el que hacía imposible toda comparación extra-regional. Esto, que se produjo como sana reacción contra la Escuela Histórico-Cultural, se aplicó correctamente en culturas como las precolombinas; pero cuando pasamos del siglo XVI entramos en el universo interrelacionado de las grandes redes mundiales, de la expansión del primer Capitalismo y los movimientos humanos de grandes distancia y de millones de seres a través del Atlántico. La noción de localidad y unicidad se transformaron violentamente. La comprensión de la presencia de los afros en el país nació, precisamente, tras observar la cultura material en los otros paises del continente, de entender la unidad de la Diáspora Africana y de comenzar su búsqueda a partir de esos conocimientos. La riqueza de estas comparaciones -sea por presencia como por ausencia-, son un elemento fundamental en la comprensión de este hecho cultural; por supuesto no lo es todo. Agustín Zapata Gollán fue quizás el primero que intentó “descubrirlos” en el registro arqueológico de Cayastá, pero lo que pudo hacer no fue demasiado por cierto; abrió el tema que, lamentablemente, se murió con él. Debimos esperar a este fin de siglo para encontrarnos con esa población transparente, su cultura y sus objetos. Y es interesante que el tema surgió en forma abrupta no sólo entre varios colegas del país sinó también se están haciendo grandes esfuerzos en Brasil, Uruguay, México, Cuba, Santo Domingo y Barbados; y no hace falta citar Estados Unidos donde el tema surgió como parte de las reivindicaciones del movimiento de liberación Afro-norteamericano de la década de 1960. El tema de lo africano en Argentina quedó siempre en manos de coleccionistas primero y más tarde los historiadores hicieron su aporte, pero pese a que existe una buena bibliografía al respecto la población general no tiene incorporado el que haya habido un gran población afro en la ciudad al menos más allá de lo anecdótico. Obviamente esto se debe a cuestiones ideológicas y no sólo de conocimientos. La negación del otro fue parte de la construcción misma de la nacionalidad, que se asumió como blanca, católica y europea (Rossi 1926, Studer 1958, Rosemblat 1968, Rodríguez Molas 1958 y 1980, Ortiz Oderigo 1974, de Estrada 1979, Andrews 1989, Goldberg 1994, Coria 1997, Picotti 1998 entre otros). Más adelante veremos que los porcentajes de la presencia afro fue desde un 4% en Buenos Aires en 1726 a un 16,91% en 1744 y cuarenta años más tarde había subido a 28,38%, lo que significa un crecimiento del 300% en 34 años (Ravignani 1919, Studer 1958). Y esto sin contar con la población de paso, es decir los esclavos que simplemente entraban a puerto, eran vendidos en los mercados negreros de la ciudad para levarlos a Chile, Potosí o Lima.La arqueología de lo Afro en Buenos Aires, la que aún debe ser construida, puede ser encarada por ahora desde dos perspectivas: la identificación de la cultura material característica y los contextos que indican la presencia de africanos o sus descendientes, posean o no esos materiales. Quisiera ir describiendo lo que por ahora sabemos sobre la cultura material y la compleja interrelación con lo indígena, con lo blanco y todos sus mestizajes. Por supuesto debe quedar claro que los únicos contextos que tenemos por ahora son urbanos, al menos excavados por nosotros mismos, y datos sueltos de otras regiones del país o recobrados de vieja bibliografía; lejos estamos de trener excavados sitios rurales o cimarrones como en Brasil (Funari 1995, Orser 1996).

I.2 Lo africano

Existe una minúscula cantidad de objetos que fueron traídos directamente desde África por los esclavos, quienes debieron haber logrado trasladarlos hasta estas tierras. Recordemos que precisamente Buenos Aires fue un gran puerto de entrada de barcos negreros. Es obvio que fueron objetos mínimos, sin valor alguno para los negreros y totalmente portátiles. La bibliografía de Bermuda ha demostrado que en cementerios de esclavos se encuentran collares -hay un caso insólito de una cuenta de la India (Handler, Lange y Orser 1979)-, brazaletes y pipas. En Buenos Aires sólo se ha identificado un fragmento de pipa de cerámica negra decorada con incisiones y puntos rellenos de pasta blanca, motivo tradicional de la costa oeste africana que proviene de un contexto del siglo XVIII en la Casa Ezcurra (Alsina 455); otra pipa cerámica ha sido excavada en Casa Peña en un pozo de basura de la primera mitad del siglo XIX. En la bibliografía nacional hay otros ejemplos, algunos confundidos con pipas indígenas, como la que presenta Oscar Gancedo en su estudio de las colecciones del Perito Moreno y Estanislao Zeballos (1973: no. 1840), que el mismo no pudo clasificar. Más adelante veremos que existen posibilidades de que esas cerámicas hayan sido producidas regionalmente copiando con cuidado motivos y técnicas ancestrales; como dije, el tema aún debe ser construido.

En Colonia, Uruguay, he identificado una pipa muy elaborada, negra, siempre sin tubo de aspiración, que seguramente es africana; hay otras que deben ser de manufactura local sobre patrones africanos (Fusco, com. personal). En la bibliografía de ese país he ubicado otros ejemplos que aunque habría que estudiar con detalle, parecen tener el mismo origen (Fontana Company 1936) al igual que en la de Brasil (Becker y Schmitz 1969: fig.20).

I.3 Lo Afro

Bajo este nombre incluyo las manifestaciones culturales que podemos, al menos por ahora, atribuir a personas nacidas ya en territorio argentino pero que mantuvieron pautas culturales de origen. Fueron hechas con materias primas locales/regionales, pero generalmente con técnicas, formas y a veces funciones insertas en su propia tradicionalidad. Entre ellas podemos enumerar:

I.3-a Pipas

Se han identificado varias pipas en Buenos Aires que pueden se incluidas en la categoría Afro y que no parecen ser africanas sinó productos local/regionales. Muy diferentes a lo indígena y lo europeo poseen rasgos que las unen entre sí: cerámicas burdas, simples, decoraciones hechas con rayas y puntos, sin el tubo habitual de la pipa de caolín europea, algunas están simplemente modeladas. Presentan rasgos comunes a las pipas Afro de Uruguay, Brasil (Becker 1969; Orser 1996), Bermuda (Handler 1986), Santo Domingo (García Arévalo 1986) y Estados Unidos (Deetz 1973: figs. 17-18), mostrando así la unidad de la cultura Africana en América, portadora de tradiciones comunes en su origen y dispersas en la diáspora americana. Es habitual en los grabados y pinturas de inicios del siglo XIX ver a los negros -hombres y mujeres- portando ese tipo de pipas.

I.3-b Ornamentos

Existen algunos objetos hechos de hueso y madera que fueron usados como colgantes u adornos. Habitualmente no tienen forma definida, o ésta es alargada y decorada con protuberancias redondeadas y un agujero de suspensión en un extremo. Como ejemplo, el colgante hecho de hueso de un vacuno encontrado en un nivel muy antiguo del Cabildo, es de destacar por haber sido hecho con la médula de la epífisis de un hueso largo, en lugar de usar la parte dura. La significación de este tipo de objetos es un tema abierto a estudio. También es habitual verlo en las pinturas del siglo XIX.

I.3-c Cerámicas

Ya hemos descrito en otro trabajo las cerámicas que denominados Modeladas, caracterizadas por ser piezas hechas con cerámicas de pastas simples para su tiempo -pensemos en las mayólicas, las lozas y porcelanas en uso-, cocción pobre y oxigenada, color negro o gris muy oscuro, hechas por modelado -pensemos en el torno como tradición europea y el enrollado como tradición indígena-, para objetos simples, pequeños y sin vidriados. Lo más habitual son pequeños recipientes globulares o cilíndricos, con el borde un poco evertido, con base plana, con mucho hollín en superficie. La forma globular o al menos pequeña está en relación con el sistema tradicional africano de cocinar y comer, manteniendo la comida siempre al fuego para servirse con los dedos pequeñas cantidades a todas horas del día. También tienen relación con prácticas religiosas específicas que necesitan de estos recipientes (Ferguson 1992).

El otro conjunto que ha sido estudiado es el de las ya citadas pipas de cerámica. Si bien no hay una forma o una decoración particular, lo que existe es un conjunto de ellas que son absolutamente diferentes de todo lo que existe en la región. Es decir, no son indígenas, no son europeas ni son las usadas por los grupos étnicos hasta la actualidad. En muchos casos tienen semejanzas fuertes con las pipas halladas en Brasil, Cuba, Bermuda, Uruguay y hasta en Estados Unidos, todas asociadas a lo Afro. Sabemos que en Buenos Aires el fumar era una práctica muy común entre los negros, incluso entre las mujeres:

“Las lavanderas negras o mulatas más o menos oscuras, con la cabeza
cargada con una gran batea, en la cual llevan ropa y el jabón, se dirigen
al río fumando gravemente su pipa”

(D’Orbigny 1945:476).

Para la misma época describe la misma situación José Antonio Wilde con palabras semejantes: “provistas cada una de un pito o cachimbo, desafiaban los rigores de la estación [el invierno]” (1966:127).

También sabemos que entre los rubros de venta de las pulperías porteñas, al menos en un caso documentado había a la venta “pitos para negros”, usando el término común en la colonia para las pipas (Porro, Astiz y Róspide 1982:211).Una investigación más profunda necesita revisar detalladamente las colecciones de pipas etnográficas ya que entre ellas hay algunas pocas que no son, en lo absoluto, indígenas. Otras en cambio parecerían mostrar una mezcla de elementos indígenas y afros dignas de ser estudiadas.

I.3-d Los objetos mágicos

Si bien a veces es difícil de identificar un objeto al que se le ha dado valores rituales o mágicos, al menos en un caso es evidente: un muñeco tallado en madera usado para la ceremonia del vudú. Fue hallado en un costado de un lago de Palermo, localidad que en el siglo XIX estuvo claramente asociada a la población Afro e incluso allí funcionó la Capilla de San Benito de Palermo, santo de la población de color. Posee una espina de hueso clavada profundamente en el lado del corazón y se la encontró ahorcada con un cable y ritualmente enterrada.

I.3-e Los instrumentos de corte

El uso de instrumentos cortantes y de armas de cualquier tipo parece haber sido un tema candente en los tiempos de la esclavitud. Obviamente significaban un peligro potencial en muchos casos, de allí la necesidad de generar objetos cortantes que pudieran reemplazar a cuchillos de hierro y acero: o porque se era tan pobre que ni siquiera se los podía comprar o porque sus patrones les impedían tenerlos y/ o usarlos para nada fuera de lo permitido. Lógicamente debía haber diferencias entre los esclavos recién llegados y los asimilados desde tiempo atrás, entre los libertos y los que esperaban la oportunidad de huir; lo cierto es que en algunos contextos hemos hallado objetos que fueron usados en los siglos XVIII y XIX para reemplazar al cuchillo. Podemos citar tres tipos de instrumentos cortantes ya identificados: cuchillos de palo, raspadores de hueso e instrumentos hechos con vidrios. Del primero se halló uno fragmentado en un pozo de basura doméstica en la Casa Peña (San Lorenzo 392), el que fue imposible de entender en ese momento más allá del clásico refrán que dice “en casa de herrero cuchillo de palo”, y que hoy resulta incomprensible. Un buen raspador hecho de hueso de vacuno, muy simple y con muy poco uso, fue hallado en el pozo de basura domiciliaria de la Casa Ezcurra; ambos están fechados en los primeros años del siglo XIX, época en la cual la ciudad estaba literalmente inundada de buenos cuchillos ingleses, suecos y de todo el mundo industrializado.

Por último habría que enumerar los vidrios tallados, material que es perfecto para ser usado con instrumento cortante. Ya Mariano Ramos estudió artefactos similares en el Fortín Miñana y de otros sitios de la provincia e incluso de la ciudad de Buenos Aires por lo que sabemos que los hay dispersos por todo el país, siempre atribuidos a la población indígena. Pero en los casos urbanos parecería poco probable que así fuera. Por ejemplo, Ramos ha descrito un tintero de cristal con tapa de bronce de la colección del Centro de Arqueología Urbana, que recolectamos en un basural ubicado en Amancio Alcorta al 5500 en 1987; éste posee trabajo de lascado y retoque de excelente manufactura. Sin duda es casi imposible imaginar que para la época (el tintero fue fabricado después de la mitad del siglo XIX y descartado definitivamente hacia 1910) hubieran indígenas en la ciudad haciendo ese tipo de trabajo. En otros países, como Estados Unidos, esto fue común hasta el siglo XX, habiendo incluso tallados sobre vasos (Klingelhofer 1987:fig.6; Watters 1994). Un conjunto de vidrios usados como raspadores fue encontrado en un contexto afro-norteamericano de una plantación cuyo fechamiento llega a 1930 (Willkie 1996); en Barbuda se identificaron en un contexto similar piedras de chispa reusadas (Watters 1997).

I.3-f Las piedras pulidas

Al igual que otros objetos ésta es una costumbre extendida en el continente y al menos ya descrita en Estados Unidos (Klingelhofer 1987). Se trata de cantos rodados o piedras diversas extremadamente pulidas, de pequeño tamaño -por lo general menos de 5 cm-, que habíamos identificado hace tiempo como pulidores de cerámica; sus formas y el hallazgo en San Telmo de una de ellas hecha con lava volcánica indica que su uso es otro, posiblemente asociado a las ceremonias de magia y adivinación ritual. Ya son al menos tres los sitios de la ciudad en los que se han ubicado este tipo de objetos.

I.4 Lo mestizo

Este conjunto lo conforman los objetos que representan elementos o conjuntos de ellos pertenecientes a diferentes grupos culturales o étnicos. Por ejemplo la cerámica denominada Buenos Aires Evertido (Schávelzon 1991) parece una tradición indígena adaptada a formas de uso Afro. Su manufactura, decoración, morfología y función son claramente indígenas y está presente en Buenos Aires y en Cayastá desde el siglo XVII; ahora pensamos que, por su forma y por su borde, pudieron haber sido elegidas por los afro, ante la imposibilidad de fabricar sus propias vasijas.

I.5 Lo apropiado

Los esclavos y libertos utilizaron en su vida doméstica objetos producidos por otras culturas que fueron reusados; quizás la mayor parte de su vida cotidiana se dio con este tipo de productos, sean indígenas, mestizos o blancos. En este conjunto están los platos, botellas y otros objetos que simplemente fueron usados de la misma forma que los usaban sus patrones: para contener líquidos o para comer; lo que posiblemente era diferente era lo que comían y la manera en que lo hacían. Pero también están los objetos que fueron modificados: las llamadas “fichas para juegos” de gran tamaño hechas de otras cerámicas son un ejemplo extendido entre los habitantes afro de todo el continente (Klingelhofer 1987). Son claramente diferentes de las verdaderas fichas de juego (Schávelzon 1997) ya que no están bien terminadas en los bordes y fueron hechas a partir de cerámicas rústicas o de tejas. Su función no está bien definida. En otras regiones del continente hay discos como los ya descritos hechos de cerámica, vidrio, piedra y metal asociados a la magia africana (Watters 1994).

Otro tipo de objeto que se encuentra en los contextos de este tipo son las cuentas de collar de color azul, aunque hay de otros colores. Las cuentas azules parecen haber sido las preferidas también en otros países por las poblacioned de este tipo, aunque sabemos que también lo fueron por los indígenas (Stine, Cabak y Groover 1996). Las únicas halladas en el contexto Afro de Casa Ezcurra son dos de ese color y de muy baja calidad. La única cuenta encontrada en la Imprenta Coni, correspondiente al período en que la casa fue propiedad del pardo Almandoz, es también azul (Schávelzon 1996b). No hay duda que no eran los únicos que las usaban, pero posiblemente haya una predilección especial de significación ritual.

I.6 La contextualidad

Por último, al hablar de contextos afro, africanos y afro-argentinos, debemos pensar que en la zona urbanizada sólo podremos hallar sitios de ocupación y conjuntos de objetos. Los primeros están o en los patios del fondo de las viviendas o en los estratos que correspondan a períodos pre-constructivos, es decir, mientras los lotes estuvieron no utilizados o sub-utilizados. La otra opción es la identificación de este tipo de objetos en los pozos de basura domiciliarios, los que generalmente corresponden a las familias mas ricas de la ciudad -las únicas que gastaban dinero en construirlos- y en los cuales se encuentran a veces por igual objetos de amos y servidumbre.

Hasta la fecha no existe excavación alguna en el país hecha en un asentamiento afro o que haya sido identificada esa ocupación en el sitio en forma específica. En Santa Fe la Vieja se han logrado identificar objetos que posiblemente pertenezcan a esos grupos (Carrara, com. personal 1997). He identificado los extraños hallazgos de Arroyo de Leyes como pertenecientes a la cultura Afro, posiblemente un cementerio del siglo XIX temprano, aunque teniendo en cuenta que hubo falsificaciones en la década de 1920 a 1930, ampliamente estudiadas y descritas, lo que se discute más adelante.

Estas hipótesis sobre la presencia Afro abren la necesidad de releer estudios y excavaciones más antiguas; un ejemplo de las posibilidades de reinterpretar otros hallazgos son las pipas que hemos citado del Uruguay y en las colecciones etnográficas nacionales. Otro caso es el cementerio al aire libre del Departamento de Durazno, Uruguay, publicado por Carlos Seijo (1951:fig.42) en una foto tomada en 1881: cajones negros, blancos y de color amontonados entre las raíces de un enorme árbol, calaveras, cruces sueltas y restos colocados en petacas de cuero. Todas expresiones culturales fuera de lo habitual, inexplicables desde las tradiciones indígenas o europeo-criollas. Obviamente, comparar no significa caer en analogías, sino entender el panamericanismo de lo Afro; lo que llamamos la Diáspora Africana en América. Pero ésto debe hacerse con extremo cuidado ya que es evidente que no existen patrones fijos: valga como advertencia la enorme diferencia entre las cerámicas que en la misma época usaron estos habitantes en Buenos Aires y los del sur del Brasil; en cambio en ambas regiones las pipas son semejantes. Al trabajar con diferentes regiones del continente se hace cada vez más evidente la no existencia de un patrón afro pero si la presencia de algunos objetos característicos, al parecer más relacionados con el comer-cocinar y con lo ritual-mágico. Hay sitios en que sí existen todos o algunos de estos rasgos y otros en que no. Hay ejemplos en el continente que muestran esta variedad: el Fort Mose, una fortín de la independencia de Estados Unidos que fue usado solo con tropas negras, casi no tiene objetos típicamente Afro -salvo la cerámica-, cosa que posiblemente suceda también en los fortines de frontera en nuestro país. Lo único que es posible observar hasta ahora es que en algunos sitios sí existe este conjunto de rasgos de cultura; la explicación de sus causas y el papel que jugaba cada objeto en la sociedad esclava o liberta, es tema abierto a estudio. Y más abierto están el tema de la identidad y la posibilidad que al hacer o seguir haciendo objetos y manteniendo rituales, música o la lengua de origen se esté frente a una actitud fuertemente contestataria a la cultura blanca opresora.

II. Una aproximación a la cerámica de la población africana de Buenos Aires y Santa Fe

La arqueología histórica argentina, como ya hemos visto, se ha caracterizado por una interpretación bi-racial del registro arqueológico: todo lo que se encontraba pertenecía a blancos o a indios, y en el mejor de los casos a una entidad intermedia que denominábamos como mestizo, hispano-americano o criollo. Polarizada, segmentada en dos mitades, se negó el tercer gran componente de la heterogeneidad americana: la población africana o afro-americana. Esto es particularmente interesante porque parecería que el consenso de los investigadores, salvo pocas excepciones, ha asumido la visión Liberal de la historia. Es por eso que queremos tratar de iniciar una búsqueda desde la arqueología que permita acercarnos al tercio invisible de la población; la presencia africana en el país ha sido estudiada sólo muy parcialmente por la historia, además de los coleccionistas y curiosos.La presencia numerosa de la población negra implica a su vez entender la pluriculturalidad y la heterogeneidad étnica que presentaba. A lo ojos del blanco todos eran simplemente negros, pero entre ellos no hablaban ni siquiera un idioma en común ni compartían las mismas tradiciones. Esto era tan obvio que los mismos blancos se referían a las naciones en que se agrupaban: congos (de Camerún y Congo), benguelas (de Angola), cafres (Mozambique y Madagascar) y mandingas (de Guinea) entre muchas otras. Tenían diferentes religiones y hasta colores de piel ya que incluyeron pobladores de étnias arábigas musulmanas.

La identificación de tradiciones culturales africanas en el continente (la Diáspora Africana) es un viejo tema en el cual confluyeron, en la década de 1970, conocimientos provenientes de la arqueología histórica, la historia del arte y los estudios del folklore a lo que podemos agregar el coleccionismo, muy intenso en el Río de la Plata en particular en Uruguay y Brasil. En Estados Unidos la arqueología de los últimos 30 años se dedicó a excavar casas, plantaciones y asentamientos afro-norteamericanos gracias al impulso inicial de Charles Fairbanks y Robert Schuyler, a estudiar su cultura material y a interpretar la vida y cultura de esa población, pero la existencia de cerámicas netamente afro fue publicada en 1980 por Leland Ferguson y en forma de libro, sólo en 1992. Y no casualmente se trataba de una cerámica que era habitualmente identificada tanto como indígena como mestiza, llamada Colono Indian Ware desde su designación original por Ivor N. Hume y hoy rebautizada como Colono Ware.

En la historia del arte desde 1970 y también impulsada por la luchas por los derechos civiles habían estudios que se centraron en los ceramistas de Carolina del Sur, donde se había desarrollado a lo largo del siglo XIX una tradición de alfarería muy peculiar, que se atribuyó al trasplante cultural Afro sumado a la tradición cerámica blanca dueña de los talleres en que los esclavos hacían su trabajo (Burrison 1978). Hoy sabemos que ese fenómeno fue mucho más amplio, cubrió casi todo Estados Unidos y tuvo un desarrollo especial en los lugares en que los esclavos vivieron en grupos o que tuvieron mayores posibilidades para expresar viejas tradiciones culturales, a veces con materiales nuevos o con técnicas diferentes. Fenómenos similares se produjeron en el Caribe y en las costas del Brasil.

II.1 Las cerámicas modeladas de Buenos Aires

El primer conjunto cerámico que podemos describir es un reducido número de vasijas pequeñas, siempre modeladas a mano sin usar torno ni enrollado -que son las respectivas tradiciones indígena y blanca-, siempre mal cocidas en atmósfera abierta, con paredes de color gris muy oscuro y con gruesas capas de hollín en el exterior hasta que quedan totalmente negras. Los bordes tienden a ser ligeramente evertidos y muy raramente tienen alguna decoración en superficie; pueden tener o no base plana. Se las suele encontrar en contextos del siglo XIX aunque parecería haber desde el siglo XVIII en su segunda mitad, lo que coincide con la época de mayor presencia de africanos en la ciudad. Han sido observadas en todo tipo de contextos: rellenos, pozos de basura domésticos, asociadas a obras de construcción y en depositaciones primarias. El hallazgo más significativo, por tratarse de una pieza completa, fue hecho en la Plaza Roberto Arlt en asociación con una cámara séptica subterránea de la Asistencia pública construida poco después de la mitad del siglo XIX; no es casual que uno de los trabajos habituales de la población afro-argentina fue la de pocero. En los contextos domésticos suele tener una presencia cuantitativamente baja.

Además de esas vasijas se encuentran pipas también hechas a mano, que en algunos casos presentan motivos decorativos en forma de sucesiones de puntos, triángulos, cruces o más de uno de esos motivos. Tanto las cerámicas como las decoraciones están alejadas de lo habitual entre las cerámicas indígenas, las europeas y las mestizas hispano-americanas. Suelen tener un pigmento blanco en el interior de los puntos o rayas. Esta tradición de las pipas decoradas es una de las más comunes en la cultura material Afro en todo el continente americano. No debe pasarse por alto el que, al igual que en otras regiones, sólo existen – que sepamos por ahora- vasijas, tazas, portavelas y pipas, pero nunca platos, ya que corresponden a una forma de comer no africana.

II.2 La cerámica de Arroyo de Leyes, Santa Fe

En el arroyo de Leyes, en la provincia de Santa Fe se descubrió un singular conjunto cerámico hacia 1928, el cuál fue dado a conocer por Manuel A. Bousquet, un arqueólogo amateur de la época muy en contacto con el Museo Etnográfico de Buenos Aires. Se hicieron varios viajes al lugar y excavaciones muy grandes, sin demasiado control arqueológico pero que no salían de lo normal en su tiempo. De allí se obtuvieron docenas de cerámicas enteras que fueron aceptadas como auténticas -pese a su obvia rareza- ya que no cabían dudas de que provenían de un sitio no habitado y que estaban enterradas y semi-enterradas. Fueron asumidas como antiguas por Francisco de Aparicio que excavó en el sitio (1935), Félix Outes (1935) que las difundió, por Antonio Serrano que las publicó (1934 y 1955), por el padre Furlong (1935) y por el Museo Etnográfico de Buenos Aires donde se organizó una gran exhibición para su difusión (Outes 1935). La bibliografía es enorme ya que desataron una increible polémica en su tiempo. Pero pocos años más tarde el hallazgo fue sentenciado como una falsificación con dos artículos, uno de Joaquín Frenguelli (1937) y otro de Raul Carbajal (en Furlong 1938) por lo que las piezas fueron enviadas a los depósitos o simplemente destruídas. Queda una colección en los museos de Santa Fe y Paraná y parte de los papeles de Bousquet. Demás está decir que, al menos para el grupo mayor de cerámicas, no había prueba alguna de que fueran falsas -recordemos que Aparicio las excavó y publicó las fotos-, salvo que mostraban ser relativamente modernas por detalles que sólo indicaban cronología, no falsificación. En ese sentido Furlong las había ubicado como hechas por los Mocobíes en el siglo XVIII (1935:20). Sí es cierto que Frenguelli observó que había piezas modernas, hechas con objetos metálicos tales como clavos o chapitas de bebidas, pero eso sólo las ubicaba como más modernas sin quitarles importancia como producto en uso por los pobladores de la región.

Lo interesante de ésto es que a la luz de la arqueología reciente en el continente, podemos suponer que se trataba de un asentamiento (mejor aún, al menos en parte un cementerio) de afro-argentinos establecido durante el siglo XIX, posiblemente poco después de la Independencia y que las cerámicas debieron estar, al menos en algunos casos, colocadas sobre tumbas en la mejor tradición africana. No era una falsificación, se trataba de algo tan diferente a todo lo que la arqueología estaba acostumbrada en la cerámica etnográfica que no pudo ser interpretada. Al estallar la polémica los arqueólogos dejaron de lado el tema y pese a las cientos de páginas escritas sobre el asunto a nadie siquiera se le ocurrió conversar -y registrar lo hablado- con los ceramistas que allí vivían y aún mantenían esa tradición plástica. Esa cerámica -en particular la que parece ser más antigua- presenta rasgos que no sólo mantienen relaciones estrechas con las de las regiones costeras de Africa, sinó que lo tienen con otras zonas del continente donde también fueron producidas por población Afro: por ejemplo sus motivos globulares, grandes cabezas sin cuerpo, figuras humanas incluídas en recipientes de base ancha y boca estrecha, decoración por bandas continuas hechas por la incisión de un instrumento metálico, superposición de dos cabezas deformes una sobre otra, reproducción aislada de partes del cuerpo (mano, brazo, pierna), superficies decoradas en relieve marcado por puntos, pellizcos, uñas y en especial círculos concéntricos o cruces de varios brazos. Pero el motivo constante, sistemáticamente repetido, es lo grotesco. La decoración en base a puntos, rayas e incisiones está emparentada con la tradición indígena de la costa del Paraná. Por lo general no son recipientes que puedan ser usados con comodidad ya que tienen bocas muy estrechas y altas.

La región del continente donde mejor se han estudiado cerámicas contemporáneas y con grandes similitudes formales y compositivas es Estados Unidos. En Carolina del Sur en su mayoría pero dispersa por todo el territorio se desarrolló durante el siglo XIX una cerámica llamada Face Vessel o Voodoo Vessel. Se caracteriza por grandes cabezas aisladas sobre recipientes de boca reducida, grotescas y muy llamativas, personajes en recipientes que le sirven de cuerpo o tazas y botellas con rostros también grotescos. Estas cerámicas están hechas en gres y han sido interpretadas como resultado de la interculturalidad entre africanos (motivos, ornamentos) y blancos (uso del torno, esmaltes de colores y cocción de alta temperatura). La tradición de origen más fuerte es la cerámica de Ghana con sus vasijas de rostros grotescos y decoración superficial. También fue interpretado como la trasposición de las cabezas míticas y retratos reales de toda la costa africana, de la madera a la cerámica (Burrison 1978, Vlach 1990, Jamieson 1995). También llama la atención la constante presencia de la manija transversa, desconocida en Europa y típica de la cerámica del Congo en la misma época. No hace falta decir que en 1928 no existían -ni aquí ni en Estados Unidos- publicaciones de esas cerámicas para que pudieran ser copiadas y menos falsificadas.

Otro aspecto que puede arrojar luz sobre ese sitio es el hecho que Bousquet insistió en que las cerámicas estaban dispersas o semi-enterradas por una gran superficie y muchas de ellas enteras. Esto hace pensar que debía tratarse de un cementerio, cosa imposible de saber en esa época; los afros en toda América mantuvieron tradiciones de origen, en especial en áreas marginadas, para el tratamiento de sus muertos: los solían enterrar en tumbas fuera de las ciudades y en especial alejados de las iglesias (Combes 1972, Jamieson 1995), sobre las cuales colocaban botellas, frascos, objetos domésticos, cerámicas y hasta muebles. Es parte de un ritual y de una concepción de la vida ultraterrena muy alejados tanto de la cultura europea como de la indígena. Esto explicaría también la poco funcionalidad de esos recipientes. Serían necesarios trabajos de campo para constatar o no esta hipótesis.

II.3 La cerámica Buenos Aires Evertido

Este tipo de cerámica mestiza o hispano-americana fue definida hace varios años (1991). Sus características eran: manufactura generalmente en torno, cocción irregular, boca abierta y de bordes evertidos marcados, de base plana reducida, adaptadas para ser usadas sobre un fuego de piedra de lo que siempre tenían evidencias con gruesas capas de hollín. En algún caso estuvieron pintadas de rojo en la forma del Monocromo Rojo pintado. Es decir, aparentaba ser la síntesis de dos tradiciones culturales, la indígena y la blanca; su contextualidad urbana en casas de familia las asociaba a usos culinarios y su baja presencia parecía confirmarlo, aunque su cronología mostraba iniciarse en el siglo XVII y terminar con el inicio del siglo XIX. Más tarde supimos que existía, en forma casi idéntica, en Santa Fe la Vieja.

En base a las evidencias antes presentadas es posible pensar que la población Afro haya usado estas vasijas, que si bien eran un producto indígena aculturado eran lo más similar a sus propias vasijas, al menos en la región. Esto lo basamos en el hecho que existen piezas en las que es casi imposible separarlas de otras, ligeramente más globulares y con el borde evertido menos marcado, hechas en torno o por enrollado, que se asemejan a la cerámica modelada. El borde evertido es común en Africa central y costera ya que se usaba una horqueta para ponerlas y sacarlas de encima del fuego. Es interesante que en muchas ocasiones ambos tipos, el modelado y el evertido se los encuentran juntos, como en las recientes excavaciones de la plaza Roberto Arlt y en la Casa Ezcurra, ambas en Buenos Aires.

¿Es posible pensar en una cerámica que aúne tradiciones indígenas, europeas y africanas? ¿Poemos pensar que la población Afro las usó en las casas en que hacían su trabajo servil, pero que cuando podían producían sus propios objetos? La bibliografía internacional muestra que sí es factible. Es otro tema abierto para el trabajo futuro.

III. Conclusiones

Este trabajo se centró en el estudio de objetos y contextos que podemos atribuir a la presencia de africanos, afros y afro-argentinos en la cultura argentina. Asimismo intenta presentar diversas maneras de acercarse a ellos centrándose en la posibilidad de reconocerrlos -aislados o en contexto- como integrantes de una población étnica que era invisible para la arqueología tradicional. Las posibilidades que este tema abre son enormes y sólo excavaciones especialmente delineadas con ese propósito -el estudio de lo Afro en la región- podrán verificar o no lo aquí propuesto. Ha sido el objetivo central abrir un estimulante conjunto de nuevas preguntas que ya no podían continuar inexistentes en la arqueología histórica.

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Agradecimientos

Quiero agradecer en Uruguay a Nelsys Fusco; en Brasil a André Jacobus y Paulo Funari; en Estados Unidos a David Watters, Jerome Handler y Leland Ferguson; en Argentina a María T. Carrara y Carlos Cerutti, que tienen todos el común su intensa preocupación por la cultura Afro en el continente. La vasija cerámica de la Plaza R. Arlt fue excavada por Marcelo Weissel y Silvana de Lorenzo con sus colaboradores.

 

 

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