Cuando el arte llegó al cemento: Arquitectura de grutescos y rocallas en Buenos Aires

Artículo de Daniel Schávelzon y María del Carmen Magaz publicado en la revista “Todo es Historia”, número 320, correspondiente al mes de marzo de 1994, pps. 62 a 70, ISSN 0040-8611, ciudad de Buenos Aires.

La corriente denominada tapera revival o estilo de grutas y rocallas que se impuso a fines del siglo pasado, construyó paisajes imaginarios en las plazas y paseos de la capital argentina y sus alrededores. Gustó porque permitía escapar a la monotonía del paisaje urbano y recrear, en plena llanura, las montañas cubiertas de vegetación de los trópicos. Chicos y grandes se arriesgaban por sus escaleras y pasadizos, los que siempre parecían estar a punto de derrumbarse. La moda de las rocallas, llevada a las fachadas de las casas particulares, fue catalogada como “de medio pelo” por la exigente elite, que la impone, en cambio, en los parques públicos, tal como se hacía en París, de donde provenía el ejemplo. Pocas de estas creaciones han resistido el paso del tiempo. La piqueta de las demoliciones concluyó con ellas hace muchos años.

La historia de la arquitectura y la ciudad han sufrido cambios y transformaciones a lo largo de los últimos años. Entre ellos ha habido un aumento en el estudio de algunos estilos y corrientes habitualmente soslayados por la historiografía, que los consideró menores, marginales o que simplemente no entraban en esa evolución casi mecánica que la bibliografía establecida planeaba como paradigmática. En líneas generales, era aceptable el esquema de una historia de la arquitectura que salía del neoclásico, se engalanaba en los Academicismos, pasaba a través del art nouveau, cruzaba rauda por el art decó y desembocaba ineludiblemente en el modernismo racionalista. La década de 1960 vio iniciarse el estudio de otras tendencias, rompiendo así el análisis evolucionista, encontrando sorpresas agradables: el eclecticismo no era el patito feo, sino que ya se había transformado en cisne. Se abría la puerta para su estudio, pero éste debió esperar otros veinte años y profundos cambios en la cultura nacional para que eso se produjera. Entre las corrientes eclécticas que cubrieron buena parte de las arquitecturas urbanas en el fin del siglo XIX y el inicio del XX, se ha identificado una corriente que ha tomado diferentes nombres y que desde hace algunos años ha sido denominada con nombres como neovernáculo, tapera revival o estilo de grutescos y rocallas.

 

De todas formas, y más allá del nombre, importa que todos ellos identifican una arquitectura caracterizada por una fuerte ornamentación, o por ser un motivo ornamental en sí misma, que tendía a construir paisajes imaginarios, grutas, grupos de rocas, acopiar formas de la naturaleza, siempre en cemento. Ramas, troncos, hojas, eran imitados en sus mínimos detalles creando grutas y pasajes fantasmales caros a la imaginación romántica de la época.

Esta corriente, de importancia en Europa, en especial en Francia, casi no ha sido historiada en América latina1. Quizás porque no fue un movimiento importante, ya que los grandes edificios eran académicos, quizás porque por sus características estaba destinado a ser ornamental, o a lo mejor porque las trabas historiográficas impedían estudiarlo. Y justamente por eso es importante analizarlo. Varios son los motivos que nos llevan a valorizarlo: porque representa una fisura dentro de las grandes corrientes de la arquitectura; porque fue el último intento de un grupo social de trabajadores de la construcción por impedir su proletarización —regresando al artesanado-; porque rompió con los cánones compositivos de la Academia, pero sin entrar en el art nouveau y sus coetáneos; porque significó una búsqueda de profundo contenido, quizás mucho mayor que cualquier otra tendencia de la época.

Fue una recreación de la naturaleza, una apropiación mediante técnicas artesanales y materiales industriales de las rocas, cascadas, árboles, montañas, grutas y ramas de árbol, en un intento por asirse de la naturaleza que cada vez estaba más lejos de la ciudad, ese campo y esos árboles que hacia 1880 había que ir a verlos en tren o en tranvía. Por supuesto que la arquitectura de rocalla no es más que un trasplante europeo, pero a la vez es mucho más que eso: toma en nuestra tierra un significado diferente del original.

Todo proceso de transculturación es dialéctico: tiene un modelo original en el país central, se da el proceso de transplante mismo y, además, este modelo se transforma en la circulación hacia la periferia. La última etapa es como se acepta, modifica o rechaza en el país receptor. Nuestro caso es un buen ejemplo de todo este fenómeno. La arquitectura rocallosa-grutesca existe desde que las ciudades mismas existen. Conocemos ejemplos que se remontan a Grecia y Roma, donde los Nympheos copiaban intramuros a la naturaleza exterior.

En Pompeya (Italia) y en China, como casos extremos, hubo grutas y jardines artificiales y el Amaltheum construido por Atticus (amigo de Cicerón), fue modelo en su época. Arboles, grutas y rocas fueron copiadas con cemento romano, para quedar más tarde en el olvido. De allí el impacto que fue su redescubrimiento por los primeros dilettanti de la arqueología romana durante el Renacimiento, y el retomar unido lo «monstruoso y dantesco» con las grutas y rocallas realizadas durante los siglos XV y XVI. Citar los jardines del Boboli en Florencia (con la Gruta del Buontalenti), o la escultura de Los Apeninos de Giambologna en Pratolino (en la misma Florencia) es más que suficiente.

En la pintura aparecen recién cerca del tercer cuarto del siglo XV, y para 1543 ya tenía su gruta el palacio de Fontainebleau2.

Casa de Jean Jaurés 645; sobre azulejos verdes, se decoró la fachada con troncos, ramas y ramitas de cemento, creando balcones y balaustradas, jambas y dinteles.

Desde allí hacia los siglos XVII y XVIII la transición es directa, en especial en la construcción de jardines y pabellones pintorescos en espacios abiertos. Siempre acompañaban otras travesuras del diseño, como las ruinas dispersas por prados alrededor de palacios o el petit hameau de María Antonieta. La iconografía de la época está llena de puentes, canales, tumbas, fuentes y quioscos hechos de esta manera.

Durante los siglos XVIII y XIX se transformó en un estilo aceptado por el buen gusto de las clases altas, y fue recreo y juego de la aristocracia centroeuropea. Incluso llegó a desarrollarse todo un bagaje teórico sobre sus formas, ornamentos, sistema constructivo y otros detalles, que conformaron parte de esa gran ciencia que fue la jardinería, es decir el diseño a gran escala de los espacios abiertos3.

Pero durante el siglo XIX las cosas cambiaron en Europa: la transformación económica y social significó el paso de esta corriente desde los grandes jardines privados a los parques públicos y de los palacios a las residencias burguesas suburbanas. Profundamente enraizado en el gusto pequeño burgués hacia mitad del siglo, los artesanos que realizaban estos trabajos eran los rocailleurs.4

Lograron su jerarquía sindical y un primer status social cuando la industria de la construcción y del cemento proletarizaba al maestro albañil. Fue uno de los últimos grupos en bajar de categoría, cosa que no pudieron evitar hacia 1910, en que lentamente desaparecen subsumidos en la gran industria mecanizada y estandarizada.

El modernismo de la arquitectura no sólo acabó con las formas tradicionales de hacer arquitectura sino que también acabó con toda una clase social, la de los artesanos.

Lo interesante de este grupo es que hacía trabajos por contrato directo, ya que no era proyectable lo que hacían. Un arquitecto podía planear el conjunto y a lo sumo ubicaba el lugar donde debía emplazarse una gruta o conjunto de lago-rocalla o puente, pero de allí en más era el artesano el que la realizaba. Incluso en las fachadas de viviendas el propietario trabajaba al lado de los especialistas para crear el conjunto.

No faltaron las grandes obras del gobierno en parques y paseos de París y otras ciudades europeas, y también las exposiciones internacionales tuvieron varios ejemplos: quizás el más grandioso haya sido el de la exposición de 1878.

Podemos asumir que en Europa «el cemento esculpido a mano, o hecho con molde artesanalmente para decoración de fachadas o para jardines, aparece como una técnica de transición situada entre el descubrimiento del cemento y el invento que va a permitir la utilización masiva del hormigón armado».5

A partir de 1911, la piedra reconstruida a máquina, usada masivamente en todo el mundo, reemplazó definitivamente esta tradición artesanal.

Hay que destacar el auge que durante la segunda mitad del siglo actual tuvo la decoración de fachadas con rocalla, a tal grado que ciudades como Marsella poseen aún centenares de ejemplos. Pero siempre son escasos en viviendas pequeñas, burguesas y semi urbanas.

Siempre estuvo desligado del art nouveau y sus estilos contemporáneos (obra de artistas y arquitectos): no tuvo contactos ni competencias con ese estilo, ya que era el producto de otro grupo social, y destinado al consumo y recreación de un grupo diferente. Desconocemos cuándo exactamente se inician los ejemplos de esta arquitectura en nuestro medio, pero al parecer se presenta recién después de iniciada la década de 1880. Y si bien los manuales de arquitectura pintoresca y de jardinería romántica eran traídos por nuestros primeros arquitectos, sólo la influencia de Juan Buschiazzo en 1882, que hizo la gruta de la Recoleta, y más tarde en 1885 Ulrico Courtois, quien realizó su similar en la plaza de Constitución (ambas en la ciudad de Buenos Aires), los pusieron de moda.

Estos dos colosos serían los paradigmas para que en la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores fueran tomados como una expresión pura de arquitectura pintoresca, como una forma de cultura no académica, marginal y no sistematizable en un estilo.

La Enciclopedia definía desde el siglo XVIII la rocalla y las grutas artificiales, pero las academias nada podían hacer al respecto: sólo la genialidad de Gaudí pudo racionalizado, pero en otras condiciones y en otro contexto.

¿Qué significaba en Buenos Aires de fin de siglo la construcción de estas grutas en los paseos importantes? Creemos que había un doble juego de intereses: por una parte, la recreación burguesa de la moda «a la francesa» copiando modelos; por la otra, una forma de congraciarse con la naturaleza que se estaba destruyendo, alejando cada día más rápidamente.

Ideológicamente era la gran contradicción de una clase social en el poder que gozaba sus logros, que se veía satisfecha con la mera reproducción de los modelos importados, pero que por otra parte vivía con culpa el precio que debía pagar por ello. Era asumir su propio fracaso en el control de la sociedad.

Fue el racionalizar la naturaleza, fue el apropiarse de ella —rasgo positivista sin duda alguna- y crear una ilusión en el mejor estilo Julio Verme. Era un ejercicio de humor, alegría, canto triunfal a una naturaleza que, por cierto, era artificial.

Se podían explorar las grutas, atreverse a entrar en ellas pese a que amenazaban caerse (la de plaza Constitución fue demolida porque parecía que iba a derrumbarse, aunque esto nunca ocurrió). Era la oportunidad de entrar a un reino donde todo era posible, donde la imaginación no tenia más limites que los que imponía la dura y cruel realidad de saber que no estaban explorando África, sino meramente la barranca de Retiro: un gesto romántico, imprevisto, simpático, insólito, bohemio al fin. Pero eso si, para las clases altas sólo era un paseo. Una cosa era decorar San Isidro con la gruta de los Tres Ombúes, o la Recoleta o incluso el Jardín Botánico, Barrancas de Belgrano y Parque Lezama aun hasta la plaza Garay, pero totalmente distinto era usarlo para una fachada de vivienda. Eso sí que era medio pelo, pequeñoburgués, hasta lumpen para muchos. Era cosa de barrio, de artesano media-cuchara, ya no eran obras de Courtois y Buschiazzo, no eran obras del intendente Alvear.

Torcuato de Alvear tenía «entre otras, la manía de las grandes grutas de cemento». Instaló una en el reducido jardín de su propia casa de la calle Cerrito esquina Juncal, que se veía desde la acera de enfrente. «Colocó otras en la plaza Lorea y en la Recoleta, con árboles de imitación pintados y podados. ¡Un horror! Había adoptado tales simulacros decorativos acaso porque entonces adornaban también varios parques públicos de París: el de Monceau, el de Bois de Boulogne y el de las llamadas “Buttes Chaumont”, según lo describen en su época.»8

La casa que construyó Alejandro Christophersen en la esquina de Callao y Arenales, demolida en 1973, tenía su gruta en el jardín, y aún se conserva en Barrio Norte la Gruta de la Virgen de Lourdes todavía en pie. No así la de la iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes, en el bajo Belgrano, hecha en 1915 por el padre Román y parcialmente demolida en 1969.

Era una manera de enfrentar la nueva ciudad, muchas veces sucia y con condiciones de vida y de trabajo también duras. Eran ciudades donde el habitante necesitaba encontrar un paliativo, una justificación, un momento de sorpresa, de asombro ante una cascada artificial, ante un lago hecho a nuevo, un puente de seudotroncos o una gruta de cemento que pudieran distraer su atención de la rutina, de una ciudad enorme, cuadriculada, donde los ríos de verdad eran enterrados para hacer calles, donde las barrancas del Río de la Plata eran cubiertas por el puerto, donde el campo empezaba a estar lejos y los gauchos, las vacas y los árboles eran cosa de literatura, no ya de la vida diana.

Esta publicidad de la Revista Hortícola (1911) ofrece grutas, macetas y otros productos en cemento artesanal.

En los barrios, esta arquitectura fue más ornamental que interior: decoraba como pantalla las fachadas, los pasillos abiertos de las casas-chorizo y excepcionalmente algún patio. Nunca ganó los interiores, ya que tampoco fue pensada para ello.

Era para ser vista y para ser mostrada, el producto contradictorio de una sociedad aún más contradictoria, en el fondo un sarcasmo, la expresión de un artesanado en extinción que se aferraba a lo popular. Un obrero se auto titulaba, como en el caso de Augusto Crettet constructor de las grutas de Constitución y plaza Garay como «artista del género llamado rústico», pero cuando se crearon los sindicatos y sociedades de constructores no tuvieron lugar ni cabida.

Estos obreros eran eclécticos, social más que formalmente: era el juego real entre la ilusión y la desilusión, entre la academia y la informalidad: en el fondo un grito de humor sarcástico para contrarrestar la vida cotidiana, la conjura formal del tedio urbano. Era también una forma más de la utopía grande del siglo pasado: hacer compatibles el trabajo y la creación, la industria y la artesanía, el trabajo y el placer.

Fue una forma de cultura, con sus expresiones de élite y de lo popular unidas por un hilo muy delgado: pero la industria del cemento tenía otros intereses. Nos quedan de todo esto sólo algunos pocos ejemplos, fotografías y recuerdos, y el placer también mordaz de penetrar por las fisuras de nuestra historia para vislumbrar desde allí una de las muchas caras ocultas del siglo pasado en nuestro país y en el mundo entero.

La gruta de Constitución

La gruta de Constitución fue la más importante de todas, construida por orden del intendente de Buenos Aires, Torcuato de Alvear, como parte del proceso de mejoramiento de la zona que habla dejado de ser plaza de carretas y mercado de frutas.

Este predio comenzó a transformarse en un activo lugar en función del ferrocarril y de sitios como la confitería El Tren Mixto y el teatro Variedades, donde concurran los estancieros de la provincia a tratar sus negocios y recrearse.

Gracias a Alvear, la plaza se transformó rápidamente: pasó a tener un lago con puentes y la famosa gruta en su centro. Estaba ubicada en una de sus esquinas, la de Pavón y Lima Oeste, y Llanes la describe de la siguiente manera: «Era una llamativa gruta monacal, en ruinas, viéndose también en medio de ella un lago artificial provisto de un pequeño puente».7

La historia de la gruta es sencilla. Fue levantada por el arquitecto Ulrico Courtois, por encargo del intendente, como parte del gran proyecto hecho por la Municipalidad para mejorar y urbanizar ese gran terreno, tradicionalmente usado para carga y descarga de carretas. Courtois realizó la gran mole de la gruta entre 1885 y 1888, y su costo, según fuentes extraoficiales, fue de unos cien mil pesos, una verdadera fortuna en la época. Las Memorias de la Municipalidad son parcas en referencias sobre esta obra, que en su momento no dejó de ser un trabajo de jardinería urbana más.

En 1885 se dice que «la parte izquierda de la Plaza Constitución está convertida en un paseo ya bien arraigado y completamente establecido: en cuanto a la otra parte ya está hecho el plano que por orden del señor intendente se ha elaborado para completar la formación de esa gran plaza»8.

Dos años más tarde se indicaba que «la construcción de los jardines de la parte de la plaza Constitución donde hasta hace poco tiempo se estacionaban carretas, está muy adelantada: se levanta en ella una gran gruta y se forma un lago»9.

Muchos años más tarde, otra Memoria de la Municipalidad nos señala que «en la Plaza Constitución se han formado jardines alrededor de la gruta y se han rehecho completamente los caminos»10.

La gruta tenía escaleras, pasadizos, un túnel interior, un tanque de agua sostenido por columnas estilizadas, pero roto de un lado, pasarelas colgantes, y mil y un vericuetos más. Un recorrido por ella era algo así como ir a un Disneyworld del pasado: había aventura, asombro y entretenimiento para el ocio de la nueva burguesía. Como siempre, su destrucción fue una larga y penosa agonía que comenzó cuando un nuevo intendente reemplazó a Alvear. Esta vez, Seeber inició una primera demolición apenas un año después de la inauguración. La excusa fue la misma que se esgrime en estos casos: «que amenazaba la ruina», es decir que según los expertos iba a caerse en forma inminente.

Casa de la calle Cabildo 66, hoy demolida. Aunque se las catalogue de gusto dudoso, demandaban cierto grado de imaginación y de esfuerzo a cargo de artesanos hábiles.

En la Memoria Municipal del año 188911, el intendente dice: «En la Plaza Constitución he ordenado la demolición de una parte de la monstruosa gruta que la afea, porque según opiniones técnicas autorizadas, amenaza derrumbe. Ha costado aproximadamente la enorme suma de $ 100.000 y en el sumario que mandé levantar, consta que una parte agregada que tiene, fue construida para guardar el equilibrio a otra porque amenazaba caerse».

Al año siguiente, el intendente, portador sin duda de un gusto sobre estética urbana bastante diferente que su antecesor, escribe que «la Plaza Constitución se encontraba dividida en cuatro partes por dos calles que la cruzaban y la mitad aún no había sido transformada en jardines teniendo solamente una gruta -ofensa del buen gusto-, que importó fuertes sumas de dinero». Proyectó transformarla construyendo los jardines que faltaban, suprimiendo las calles y demoliendo parte de la gruta que ofrecía serios peligros.12

La prensa de la ciudad de Buenos Aires escribió abundantemente acerca de esa gruta, la que a diferencia de la de Retiro, tenía una escala y una hechura difícilmente accesible para el porteño de barrio. Quizás el paseante de la zona norte tenía mayor relación con los paseos franceses de la época y estaba no sólo interesado por imitarlos, sino también por copiar su funcionamiento social en la recreación del nuevo ocio burgués.

En Constitución la cosa era diferente. La posible demolición de la gruta trajo una polémica digna de ser recordada, con sus defensores, sus detractores y quienes intentaron soluciones conciliatorias. Por supuesto, al intendente Seeber nada de ello le preocupaba, al igual que en muchos de sus actos de gobierno hizo lo que le vino en gana: demolerla, o por lo menos iniciar la demolición.

En un artículo firmado bajo el seudónimo de Molécula, la revista Caras y Caretas de febrero de 1907 hace notar varias cosas interesantes, aunque de poco rigor científico en un articulo titulado: «Cosas inútiles».13

«Porque bien se comprende que nuestro propósito no es que la gruta de la Plaza Constitución se eche abajo. Bien puede quedar donde se encuentra como una tradición que un pueblo como éste, que según dicen debe formar sus tradiciones, estas tradiciones tan caras a las nacionalidades de añeja historia que ha de echar mano de la que se le presente que no tenemos mucho de dónde elegir. Eso sí, que el que la construyó nos permita una sonrisa como se la ha permitido a cuantos entendidos la examinaron, que el intendente Alvear, cuando la mandó construir no la había concebido torcida, sin puntos de apoyo, no había para qué decirlo, pues existen centenares y centenares de ejemplos de personas que mandaron construir palacios hermosos que luego se derrumbaron, no diremos por ignorancia sino más bien por exceso de ciencia de sus constructores, sin que el autor del proyecto tuviera nada que ver con el percance: la gruta en cuestión está clausurada desde 1886 y hay quien opina que rectificada y reconstruida en parte, llenaría su objeto, cual es el de embellecer y dar variedad a una plaza y servir de novedoso paseo a los habitantes de los alrededores. Aprovechamos pues la circunstancia de que se encuentra otro Alvear en la intendencia para endilgarle nuestro proyectito.»

No hace falta decir que la gruta, a pesar de los pronósticos que iba a caerse en «forma inminente», siguió en pie y, en 1914, cuando cumplía veintisiete airosos años, fue definitivamente demolida por la Anglo Argentina, empresa que iba a construir el subterráneo Retiro-Constitución.

En 1927, el historiador de Buenos Aires, A. Taullard14 decía respecto de Constitución que «fue convertida en paseo público, adornándola con árboles, un lago artificial y una gruta que representaba a un antiguo castillo en ruinas, que tan a lo vivo estaba hecho, que su aspecto ruinoso intimidó a las mismas autoridades, que temiendo que no ofreciera suficiente seguridad para el acceso al público lo clausuraron y demolieron al poco tiempo». Algunos diarios de la época criticaron estéticamente a la gruta de Constitución, como La Prensa del 30 de noviembre de 188815, calificándola de «espléndido mamarracho» y «valiente derroche de la renta municipal».

En el Iibro titulado Imagen de Buenos Aires a través de los viajeros16, se coincide con ese criterio peyorativo, y sus autores dicen textualmente: «Entre ellas llamaba muy especialmente la atención la gruta de la Plaza que era de muy mal gusto».

La gruta se clausuró y se transformó en los años siguientes en lo que dio en llamarse la «cueva de los gatos». En un articulo publicado en P.B.T.17, abril de 1914, se lee lo siguiente: «Viven allí libres en todo género de preocupaciones para la búsqueda del sustento, puesto que el vecindario inmediato y los dueños de los hoteles contribuyen con las sobras de sus cocinas; ahora entre la falange gatuna ha cundido el pánico al enterarse de que el desalojo es inminente (…)».

Esta gruta, sin que nadie lo quisiera, sirvió para lo que se había planeado en origen: era un núcleo de reunión popular, de intercambio social, tema de discusión y polémica. Ciertamente es éste el mejor uso que puede dársele a un monumento urbano. Trató de otorgársele también una finalidad más práctica: en el diario La Prensa del 6 de setiembre de 1903 se informa que el intendente «considerando que la gruta de la plaza Constitución no tiene destino útil alguno y es por el contrario un foco de infección, amplio espacio en su interior, que bien podría destinarse a negocio, a confitería o restaurante, se propone sacar a licitación su arrendamiento para cualquiera de estos usos»18.

Según datos obtenidos, el único candidato firme para instalar una confitería fue un tal Medardo Brindani, en 1906, quien se hacía cargo también de las obras necesarias para garantizar la seguridad de la construcción. El trámite fue larguísimo y sólo tras tres años de cabildeos el permiso fue concedido en 1909, pero con un alquiler tan exorbitante que el interesado huyó despavorido. Según P.B.T.20, la «Municipalidad pedía $5.000 anuales de alquiler y la refacción por cuenta del arrendatario. La idea quedó en proyecto y hoy se va a demoler esa mole que no presta ningún servicio ni al vecindario ni al ornato público».

No sólo la gruta dio que hablar desde la perspectiva estética, sino también desde la legal: el constructor de la obra, quien también estuvo más tarde a cargo de la similar de la plaza Garay, le entabló juicio al intendente. En 1902, Augusto Crettet demandó al ex intendente Guillermo Cranwell por deudas contraídas durante su mandato por la realización de dichas obras. El juez, al revisar el caso, encontró una grave falla, ya que no había habido la licitación correspondiente sino una contratación directa. Y además de ilegal, le quedó debiendo $12.600, ya que sólo se le había pagado de anticipo la cantidad de $10.000. Es así que el juez falló contra Cranwell, ya que al no haber licitado se consideraba el contrato como de índole personal, aunque se redujo la cantidad a $ 4.500 más los intereses devengados.21

De todas formas, el fin llegó en el mes de mayo de 1914, en que la piqueta del progreso, que iba a instalar por debajo el subte a Retiro, destruyó lo que otro progreso habla levantado sólo unos pocos años antes, cerrando y cumpliendo así la cruel dialéctica del desarrollo en el subdesarrollo: construir y luego demoler, en un circuito cerrado eterno del cual no hemos podido aún salir. Como ejemplo podemos recordar que Seeber, el intendente que mandó destruir las grutas, había escrito en 1886 una larga carta a Torcuato de Alvear hablando bien de las que estaba construyendo como copia de las francesas. Decía que «Les Buttes Chaumont es el paseo más original y grandioso y difícilmente existe otro igual en Europa (…). Una hermosa gruta que permite el paso por debajo, con hilos de agua que brotan por distintos lados, un precioso arroyuelo cae desde lo alto en diferentes cascadas: serpenteando por diversos parajes, alimentando a su costado plantas acuáticas; va a morir en un extenso lago que tiene en el medio un grupo de rocas; un puente colgante de 63 metros de largo apoyado en rocas de uno y otro lado y a 30 metros de lo alto cruza el lago y diversos quioscos y casitas situadas entre grupos de árboles dan a este parque un aspecto fantástico. Es aquí donde se adquiere la idea de lo que un paseo debe ser y calculo las ingentes sumas que se habrán gastado en él. ¡Cuánto me he acordado de su paseo de la Recoleta y en la gruta que tantos reproches le ha valido y que apenas ocupan un espacio de cuatro hectáreas!». Es posible que Courtois haya hecho en Buenos Aires vanas otras grutas, o que por lo menos las haya proyectado. Un ejemplo es la plaza que enfrentaba la Recoleta, donde el proyecto de Courtois muestra varias construcciones, entre ellas un lago con puente y gruta. Otro ejemplo es el de «La Convalecencia», dibujado en 1886, e indudablemente uno de los más grandiosos proyectos paisajísticos de la época. Incluía escalinatas, auditorio, lago, grutas con cascadas, pozos surgentes, vivero y en el medio una enorme construcción para el nuevo Hospital de las Mercedes.

Pabellón de ciervos en el Jardín Zoológico de Buenos Aires. Aquí, el elemento decorativo resulta especialmente apropiado.

La diáspora de las grutas y las rocallas

Entre las grutas famosas de la época, se encontraba la que adornaba la actual plaza Garay, antes «29 de Noviembre». Fue realizada en 1887, y por la fecha es de suponer que su autor haya sido Ulrico Courtois. Entre los documentos de la gestión de Torcuato de Alvear que se conservan22, y que corresponden a ese mismo año en el ramo de Obras Públicas23, se encuentra el presupuesto original de los trabajos de rocalla por ejecutar, «según maqueta», un ya perdido modelo depositado en la Dirección de Paseos Públicos23. El presupuesto está firmado por la compañía de Guillermo Crettet y asciende a un total de $3.600. La gruta estaría formada por una gruta-cascada de 7 metros de frente por 6 metros de fondo y 7 metros de alto. Una barrera-cascada de 7 metros de largo y 2 metros de alto con piedras formadas en el lago; un puente rústico formado por trozos de roca e imitación madera, y una roca de sostenimiento de una extensión de 60 metros.

Ricardo Llanes, en su libro Antiguas plazas de la ciudad de Buenos Aires24, la describe así: «Hubo un tiempo en que a esta plaza se la distinguía por su decoración de flores y alguna que otra joya artística levantada. Mantenemos la imagen de la gruta con sus juegos de agua, acaso todavía en 1912. Recuerdo las que el intendente municipal don Torcuato de Alvear mandar construir en algunas plazas: Recoleta. 11 de Septiembre yConstitución. Se la veía sobre el ala de la calle Garay, entre las de Virrey Cevallos y Solís, si bien no eran tan altas, ni con figura de castillo como la de Constitución. Después frente al paisaje, se proyectaba instalar el quiosco (…). Bajo la inteligente y constante preocupación de quien fuera considerado el Haussman porteño, la plaza rica en variedad de arbolado como de vistosos cuadros de jardinería, quedó convertida en una de las mejores de la capital platina, destacándose en una de sus esquinas, la de Pavón y Lima Oeste, una llamativa gruta monacal, en ruinas, viéndose también en medio de ella un lago artificial provisto de un pequeño puente».

Tampoco podía quedar atrás la plaza de Barrancas de Belgrano, gran paseo de la zona. Proyectada por Carlos Thays, con beneplácito para ciertos rincones pintorescos, se dejó la rocalla para el acceso a la plaza desde la calle La Pampa, donde aún subsiste. Se trataba de la escalinata y la entrada a la pequeña habitación semi subterránea del cuidador, todo lo cual fue cubierto por símil piedra, símil ladrillo (cubriendo a su vez ladrillo verdadero) y símil piedra derretida como lava volcánica que emergía voluptuosa en medio de una pampa sin volcanes. Parque Lezama también tiene su gran fuente y una excelente escalera, toda hecha de este estilo.

La otra gruta importante de la ciudad fue la de Recoleta. Encargada por Alvear a Juan Buschiazzo en 1882, es posiblemente la primera a gran escala de la ciudad. Se trataba de una parquización completa, que incluía una gruta pequeña, un lago, un mirador y varios grupos de rocallas y estalactitas colgando alrededor de los caminos. Se hizo aprovechando parte del desnivel de la barranca hacia el río de la actual plaza Francia, y ocupaba un espacio bastante amplio. Rápidamente se transformó en un paseo concurrido del Barrio Norte, y si bien su iconografía es rica, las descripciones que de ella existen son pocas. A la inversa de su similar de Constitución, fue más usada, pero menos discutida y defendida. Cuando se la destruyó fueron muy pocos los que levantaron alguna voz en contra.

El propio Alvear, al realizar el paseo, dijo que25 ésta se había hecho debido a que «si en la ornamentación de las casas de Buenos Aires se produce una evolución artística que transforma del todo su fisonomía, asumiendo muchos de los nuevos edificios proporciones artísticas monumentales que parecen hacer surgir una nueva faz de la arquitectura, tratándose de un nuevo paseo público, ¿cómo no desplegar un gusto de variada decoración? Y tal es lo que se ha tenido en vista para el arreglo de la gruta y el lago».

Existe una carta de Sarmiento, escrita el 25 de julio de 1882 al intendente Alvear26, en la que elogia la gruta. Recordemos que en esa fecha Sarmiento era ya un anciano y por lo tanto el trasladarse a pie era un verdadero esfuerzo. Dice lo siguiente: «Me hago un grato deber de felicitarlo por el lago artificial y artístico aquarium con que ha dotado los alrededores, no sólo por el embellecimiento de la ciudad, sino porque personalmente espero de tan delicioso fin hacer un ejercicio constitucional, como le llaman los americanos y me salve del marasmo a que me lleva la vida sedentaria, repugnando salir a la calle por sólo hacer ejercicio y sin un lugar adonde dirigirme. Si el lago me da un poco más de vida será usted quien contribuya a prolongármela. Ayer fui en parte a pie, y a pie de una pieza volví a casa reconfortado y aún listo para ir y volver, sin el auxilio del tranvía que es tan socorrido. No es de ahora que gusto de esos lugares. Ustedes me han oído disertar largamente sobre un plan del frontis del cementerio. Hace seis años o no sé cuando aconsejaba a la Municipalidad abatir los feos murallones que sostenían la barranca, donde es hoy el Asilo, peinarla en talud y revestirla de musgo, para hacerle un digno terraplén al edificio de la Recoleta visto desde el río (…)».

Pero ese mismo año el periódico El Mosquito daba una visión diametralmente opuesta: «Don Torcuato de Alvear es como el infierno, pavimentado de buenas intenciones (…). Está en este momento sepultando millones al lado de la Recoleta. Parece que quiere hacer allí un magnifico paseo, con grutas, cascadas, lagos, etc. (…). En lugar de esta absurdidad ¿no sería mejor que se gaste el dinero eh arreglar numerosas calles intransitables del Municipio? ¿No seria preferible remediar un poco la horrorosa insuficiencia del asilo para locos, cuyo número va aumentando cada día? (…) Y mil otras necesidades podemos reclamar al grotesco Presidente de la Municipalidad que sean más duraderas que la erección de grutas, cascadas y lagos de la Recoleta (…).»

Muchos otros atacaron la obra. Bajo el seudónimo de Aníbal Latino se publicó un libro en 1886 donde se decía «simulacro de gruta la que hay en la Recoleta: estanque en miniatura el que esta debajo de la gruta (…)27

Otro paseo que incluía grutas y grutescos era Palermo. No podían faltar allí, y fueron ubicadas en sitios muy característicos del Zoológico y del Botánico. En el primero de ellos se usó para puentes, cuyos barandales eran de madera falsa, tan falsa que hasta los herrajes son aun de cemento. Los canales para las focas y otros animales marinos tenían cascadas y también hielo de cemento pintado de blanco. Era toda una recreación de la naturaleza que culminaba en la jaula de los cóndores con una montaña nevada.

En el porteño zoológico se encuentran precisamente las obras de un ingeniero importante para nuestro tema y gran impulsor del hormigón armado: Domingo Selva (1870-1944), quien creó varios ejemplos elocuentes de esta arquitectura.

Además de los ya citados puentes y tres pabellones (éstos últimos quizás de los mejores ejemplos del país) realizó la jaula para los ciervos, imitando troncos y tablones con sus nudos, ramas y clavos, y la imitación de una pagoda china, cuyo techo figura estar construido con pequeños palitos uno encima de otro. El toque realmente pintoresco son las persianas de mimbre, hechas de cemento, incluyendo los hilos, clavos y ganchos que las mantenían semiabiertas.

El Botánico fue más modesto: bajo la mano precisa del diseño de Carlos Thays, fue proyectado un lago con pequeñas cascadas, una gruta y puentes, gran parte de lo cual aún queda en pie. Estos se realizaron entre 1892 y 1898, y poco más tarde una publicación oficial anunciaba que se estaba terminando la «construcción de un lago de mampostería con grutas y piedras rústicas en la sección japonesa de Europa y América del Norte de 200 metros de largo por un ancho de 1 a 5 metros»28. Más lejos aún de la ciudad también hubo proliferación de grutas y montañas de cemento. El caso que más atrajo la atención de las familias porteñas fue el de la Gruta de los Tres Ombúes, en San Isidro, paseo que aún existe pero despojado de su forma original a excepción de sus barandales. Una enorme gruta recubierta de piezas falsas, vegetación rampante, escaleras, falsos troncos dan la imagen idílica de la selva dominada: la lujuriosa vegetación de la inhóspita África, pero bajo control total.

Una guía de viajeros a la zona norte de la capital anunciaba que «esa sensación de bienestar se completa con una visita al Paseo de los Tres Ombúes, lugar clásico de distinción sancionado por la costumbre, al que concurren en las horas de la tarde las familias de San Isidro. La crónica elegante reconoce que el Paso de los Tres Ombúes debe ser mirado como uno de los más genuinos exponentes del espíritu de la vieja sociabilidad porteña».29

Existieron en la ciudad muchísimas casas de este tipo, y ya es imposible saber siquiera cuántas. Pero las que nos han llegado hasta la actualidad son pocas, y por su dispersión es difícil de ubicar. Pero hay algunas que es necesario describir, como las de Cabildo 66, Jean Jaures 645, Warnes 186, Ramos Medía 1015 y Castro 965. Las dos últimas nombradas son casas chorizo con doble entrada en la calle, una para la casa de adelante y otra para la parte posterior del lote. El muro frontal es ciego y en uno de los casos le dejaron espacios para futuras ventanas, en el otro se imitaron ventanas de piedras y maderas. En ambos ejemplos los troncos fueron hechos con todo naturalismo con su corteza, los nudos, ramas y rugosidades. Las ramas están unidas entre sí con grampas imitación hierro -hechas de cemento- y hasta los clavos fueron imitados con toda minuciosidad. No faltan ni tornillos, ni arandelas, ni tablones, ni rocas que se derriten y caen sobre las vigas superiores. En la casa de Warnes la decoración se repite en el pasillo y los patios interiores con el mismo detalle.

La casa de la calle Jean Jaures 645 representa la misma tradición de una fachada de rocalla sobre una casa doble tipo chorizo. Son dos puertas juntas que dan a sendos pasillos que conducen a respectivas casas en tronco de cemento, con un parte-luz similar. Un balcón de seudotroncos con un cerco, todo ellos sobre piedras. Encima de la ventana, y como remate de fachada o cornisa, un enorme tronco con ramas cierra el gran rectángulo que enmarca todo el frente. Arriba de todo, al igual que sobre las puertas, se encuentran ramas.

Antigua casa-quinta de Los Ombúes en la avenida Luis María Campos, circa 1910, hoy demolida.

NOTAS

  1. DANIEL SCHÁVELZON y MARÍA DEL CARMEN MAGAZ, «Imaginación y cemento: grutescos y rocallas en la arquitectura de Buenos Aires», Revista Summa, número 263.
  2. Sobre el tema en Europa puede verse: Nicole Dacos, La découverte de la Domus Alma et la forniation de grotesques a la Renaissance, The Worburg, Institute, London, 1969; MICHEL RACINE,Architecture rustique des rocailleurs, Edition Moniteur, Paris, 1981: DORA WIEBESON,The pittoresque garden in France. Princeton University Press, Princeton, entre 1978. entre los más conocidos.
  3. Sobre jardinerías con grutas y rocalla véase ANDRÉ EDOUR, Parcs et jardins, l’art des jardins. G. Masson, Paris: VICTOR PETIT, Constructions pittoresques pour la décoration des parcs, jardins, fermes et bases-cours, Ducher et Cie., Paris, 1870.
  4. M. RACINE y el libro clásico de ABBÉ BOUILLE:Contribution a l’histoire des rocailleurs. Plon-Nourit et Cie., Paris, 1893.
  5. M. RACINE,Architecture rustique des rocailleurs, op. cit.
  6. DANIEL GARCÍA MANSILLA,Visto, oído y recordado apuntes de un diplomático argentino, Buenos Aires, 1910.
  7. RICARDO M. LLANES,Antiguas plazas de la ciudad de Buenos Aires, Municipalidad de la ciudad de Buenos Aires. Cuadernos de Buenos Aires, volumen I, VII, 1965.
  8. Memoria Municipal, Buenos Aires. 1885, p. 282.
  9. Memoria Municipal, Buenos Aires, 1887. volumen T. p.10.
  10. Memoria Municipal, Buenos Aires. 1889, volumen I, p.188.
  11. Memoria Municipal, Buenos Aires, 1890, p.94.
  12. Memoria Municipal, Buenos Aires, 1903, p.134.
  13. Caras y Caretas, artículo «Cosas inútiles», 16 de febrero de 1907.
  14. A. TAULLARD, Nuestro antiguo Buenos Aires, Talleres Peuser, Buenos Aires, 1927.
  15. La Prensa, 30 de noviembre de 1888, Buenos Aires.
  16. GARCIA, RIBOK, ASATO y LÓPEZ,Imagen de Buenos Aires a través de los viajeros: 1870-1910, Universidad de Buenos Aires, 1981.
  17. Revista P.B.T., articulo «La gruta de los gatos», número 489, 11 de noviembre de 1914, Buenos Aires.
  18. La Prensa, 6 de setiembre de 1906, Buenos Aires.
  19. Datos suministrados por el profesor Puccia.
  20. Idem nota 17.
  21. La Prensa, 19 de mayo de 1901, Buenos Aires.
  22. Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, Documentos de la Gestión de Torcuato de Alvear, Obras Públicas 90, carpeta 370, Buenos Aires.
  23. Según hemos podido comprobar, nada queda en los archivos respecto de esta obra.
  24. Ídem nota 7.
  25. ADRIÁN BECCAR VARELA, Torcuato de Alvear. primer intendente municipal de la ciudad de Buenos Aires, Guillermo Kraft y Cía., Buenos Aires, 1926.
  26. Ídem, ibídem.
  27. ANIBAL LATINO, Tipos y costumbres bonaerenses, Losada, 1943 (edición original de 1886).
  28. CARLOS THAYS, El Jardín Botánico de Buenos Aires, Peuser, Buenos Aires, 1926. MARTA DEL CARMEN MAGAZ y MARIA BEATRIZ AREVALO, «Los grutescos del Jardín Botánico», LaGaceta de Palermo, numero 27, pps. 11 y 14, Buenos Aires, 1991.
  29. Pocket Holliday Guide. Ferrocarril Central Argentino 1908-9, Buenos Aires.

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