Escribiendo en la pared: los relevamientos de graffitti y su significación arqueológica

Metodologías científicas aplicadas al estudio de los bienes culturales

El artículo “Escribiendo en la pared: los relevamientos de graffitti y su significación arqueológica” de Daniel Schávelzon ha sido publicado en Metodologías Científicas aplicadas al Estudio de los Bienes Culturales, pps. 530 – 534, publicación del Primer Congreso Argentino de Arqueometría, Rosario 27 y 28 de Octubre de 2005, Editores: Adrián Pifferetti y Raúl Bolmaro, Humanidades y Artes Ediciones, ISBN 987-22224-7-9, Rosario, Provincia de Santa Fe, Argentina.

Para la arqueología histórica las inscripciones dejadas en las paredes o piedras son de significación ya que tengan o no fechas, son registros fechables con certeza y nos hablan no sólo del uso del sitio, de su percepción y del proceso de deterioro, sus niveles y alteraciones.

Posiblemente no hubo nada más frustrante para los arqueólogos y viajeros del siglo XIX que, al descubrir un sitio, encontrar que otro lo había encontrado primero. Y esto le ha pasado a casi todos los «descubridores» de los grandes sitios arqueológicos y lo interesante es que siempre se han enterado porque sus predecesores dejaron escrito en la piedra sus propios nombres; por supuesto ellos se incluyeron en la lista. Podemos recordar que Hiram Bingham. descubridor primero de Choquequirao y en su siguiente viaje de Macchu Picchu, en realidad no lo hizo con ninguna de ambas pese a que la fama se la ganó por eso mismo. En su propio libro cuenta que al llegar, «en uno de los edificios encontramos varias losas de pizarra en las cuales los visitantes habían inscrito sus nom­bres. De acuerdo con esas inscripciones, Choqquequirau (con el grafismo antiguo) fue visitado en 1834 por un explorador francés, M. Euguene de Sartiges, y por dos peruanos, José María Tejada y Marcelino León, y en 1861 por José Benigno Samanez (vicepresi­dente de Castilla), Juan Manuel Rivas Plata y Mariano Cisneros. En 1865, tres Almanzas, Pío Mogrovejo y una partida de trabajadores» (1). Esto fue en Sudamérica, más al norte, en México lo mismo le sucedió a John Lloyd Stephens en Palenque en 1840, lo que no debió causarle ninguna alegría; y así podríamos seguir por varios otros sitios del continente.

Esta antigua costumbre de escribir sobre las paredes no es nueva, es tan antigua como el primer hombre que hizo un dibujo en una pared de roca de una cueva, pero lo que nos interesa aquí es su posibilidad de uso como instrumento de trabajo en la arqueología, en forma más precisa como elemento para fechar muros e incluso para interpretar procesos de formación de los sitios.

Quizás de todo el continente los graffitti han sido más sistemáticamente estudiados en la zona maya, sea por su excelente grado de conservación, por lo numerosos que son, por lo vívidas de sus escenas, han sido relevados e interpretados en numerosas ocasiones a partir de que Teobert Maler lo comenzó en las ruinas de Hocchob en 1894 y lo hizo más intensamente en Tikal, Guatemala, en 1911. Según lo que se ha descubierto hasta ahora los mayas venían realizando estas inscripciones desde el período Formativo y cu­briendo las paredes interiores de templos y palacios -y no sabemos si de otros edificios también- con simples incisiones hechas con cualquier clase de instrumento agudo (2). La variedad es notable y van desde simples líneas hasta complejas imágenes de grupos humanos desarrollando alguna actividad. De esta forma estamos frente a una expresión que si bien es de elite, dados los lugares en que fueron hechos y el nivel de conocimien­tos que se ponen en evidencia, no por ello dejan de ser una manifestación espontánea y generalmente no intelectualizada (3). Existen evidencias de más de veinte sitios con es­tos dibujos, la mayoría de los cuales se encuentran en la zona central de las Tierras Bajas, entre Tikal y su entorno y el sur del Yucatán.

También los hay en Dzibilchaltun (4) y en Chichen ltza donde hay varios en el Templo de los Guerreros y en El Caracol (5); este caso por sí solo bastaría para mostrar que los graffitit son copias de edificios verdaderos que quizás quien los trazó tuviera de­lante de sus ojos. También en Nakum (6) y en Hocchob descubierto por Teobert Maler en 1894 (7). Los de Río Bec y sus alrededores (8) tienen templos y edificios con plataformas y escaleras de acceso, personajes con trompetas y estandartes, sentados y de pie, en lo que parecería una verdadera fiesta. Para algunos investigadores recientes estas imáge­nes pueden ser resultado de la acción de drogas alucinógenas sobre miembros de la elite (9). El más impactante de todos estos graffitti es el del juego de pelota de Tikal encontrado en la Estructura 5D-43 (10). En este se ve un juego con sus dos edificios completos, cuatro jugadores en acción, un observador tocando una trompeta, y a ambos lados sen­dos templos, uno de ellos con su altar y estela al frente. Se trata de una visión de conjunto de un sector de una ciudad maya en plena actividad, el dinamismo que expresa transfor­ma el todo en una verdadera fotografía de Tikal en el período Clásico Tardío. También se han encontrado graffitti en Cholula, Teotihuacan (11) y diversos otros sitios arqueológicos, pero su enumeración resultaría interminable e imposible, pero el estudio de El Tajín ha sido hasta ahora el más metódico que se ha publicado (12).

Para la arqueología histórica el tema es diferente ya que salvo para Estados Uni­dos en que se lo ha tomado como una curiosidad, como un divertimento arqueológico (13) o como una fuente literaria, es muy poco lo que se ha hecho; en cambio sí se han hecho docenas de estudios de los graffitti modernos, tema por cierto más de la sociología y la antropología urbana que de la arqueología. Podemos citar entre los muchos casos cono­cidos las 12,500 inscripciones en las paredes de la casa de la familia Hailes, iniciados en 1859 y continuados hasta los inicios de la década de 1930 por un mismo grupo familiar y que hoy es, por ese motivo, Monumento Histórico de Estados Unidos (14).

Creo que me tocó iniciar el tema cuando publiqué los graffitti de una iglesia del siglo XVI en la localidad de Zempoala, México, en 1978 (15). Allí encontramos que en la torre, junto a una ventana tres dibujos de sucesiva calidad —intentos de hacer una escena en extremo compleja- alguien había intentado representar lo que estaba viendo: el juego del Volador. Este consiste en un palo de gran altura desde el cual se lanzan hombres vestidos de pájaros que, rotando atados a cuerdas, van descendiendo, en algo que tenía un pro­fundo sentido religioso entre los pueblos de la costa de México. Precisamente el nombre del pueblo, reproducía un sitio importante de la zona costera pero no había comprobación de que los Totonacas hubieran estado en ese sitio dejando el toponímico; la presencia de este juego en el atrio de la iglesia sirvió para reafirmar el movimiento de esta población hacia el altiplano central en tiempos coloniales tempranos. Por suerte en la actualidad hay varios estudios que intentan relevar (16) o interpretar estos graffitti en los edificios coloniales mexicanos (17) que durante tanto tiempo han quedado fuera de los releva­mientos (18) y más aun, sin ser tomados en cuenta en las restauraciones.

En otras regiones de América también hay algunos avances en el tema, y el más metódico o al menos que ha transcendido es el de las murallas de San Juan de Puerto Rico (19), donde los soldados españoles grabaron en sus sitios de guardia sus nombres y dibujos de fragatas, goletas, balandras y botes, típicos de los siglos XVIII y XIX, y galeones y carabelas, comunes en los siglos XV y XVI; otros representan caballos, peces, pájaros, serpientes y soldados.

Sí habría que recordar que ha habido estudios de dos tipos de inscripciones: las de los canteros en las piedras de los conventos coloniales de Cusco, aunque es factible que varias de ellas sean simples graffitti, aunque otras, por su grado de abstracción, ubicación y dimensiones parecen realmente ser identificación de quien talló la piedra (20). Se puede unir, no sabemos cómo aun, con la antigua tradición peruana de marcas en los adobes usados en la paredes de las ciudades precolombinas, la marca del fabricante, comunidad donante o algún tipo de identidad que ahora desconocemos; ciudades como Cajamarca tienen miles de estos ladrillos marcados.

Es quizás en Europa donde el tema ha sido más trabajado, entendiendo su poten­cial documental no tradicional, y no de elite como es el caso de los mayas, teniendo así acceso a un conjunto escrito o dibujado de información que de otra forma sería casi imposible de tener. Valga como ejemplo las inscripciones de los prostíbulos de Pompeya (21) y las críticas políticas romanas por doquier (22). Pero ha habido estudios metódicos en casi toda Europa e incluso en Oriente (23).

Entre las conclusiones más razonables al observar, aunque sea con una mirada muy preliminar, a todo lo que se ha escrito sobre la materia, es la enorme variabilidad de este registro: si entre los mayas fueron una expresión de la elite que vivía dentro de los palacios y registraba en las paredes su visión de lo que sucedía en su entorno, en las iglesias coloniales parecerían mucho más ser fruto del aburrimiento creativo de quienes estaban destinados a vivir sin poder salir demasiado; hay marcas de canteros que así identificaron su trabajo y de visitantes que quisieron dejar testimonio de su paso por la vida y por el lugar, retratando su propio ego en la posesión del sitio. ¿Quién grabó la fachada de una iglesia jesuítica en una baldosa del piso de la reducción de Trinidad, en Paraguay, posiblemente en el siglo XVII (24)?

Al iniciar los trabajos de investigación y arqueología en las Ruinas de San Francis­co en Mendoza, en 1995 (25), hicimos un primer relevamiento completo de inscripciones en las paredes. Con la colaboración de un grupo de historiadoras del arte de la Universi­dad Nacional de Cuyo se cuadricularon los muros considerados antiguos y, mediante diversas técnicas instrumentales, se fueron reproduciendo estrato por estrato todos los graffitti, cuyo fechamiento escrito se inicia en 1801. Si bien consideramos que los hay anteriores, los que hemos visto como previos al terremoto de 1861 que destruyó el edifi­cio, estaban ubicados en sitios escondidos, luego fueron cubriendo muros de abajo a arriba. Justamente una manera de fecharlos ha sido la altura ya que con el tiempo las inscripciones se fueron haciendo cada vez mas grandes y colocándose en sitios de difícil acceso. Incluso, como dato curioso, fue posible entender porqué había inscripciones a unos 2,50 metros de altura en forma pareja y luego descendían a nivel de altura humana normal, cuando supimos que a partir de 1907 el lugar fue cerrado haciendo imposible que la gente ingresara a caballo. Hay muchas lógicas para sus contenidos y más para su colocación en los muros.

¿Para qué nos sirvió este estudio? Se lograron muchas respuestas a interrogan­tes que de otra manera eran de compleja resolución, además de obtener imágenes de la vida cotidiana en su tiempo en relación a las ruinas de San Francisco: cuándo aparece la mujer en el registro en los muros, cuándo aparece el amor y las parejas heterosexuales, cuándo llegan las parejas homosexuales, la presencia del fútbol como referente obligado de la identidad personal y muchos detalles más. Por otra parte la secuencia de fechas nos han permitido entender el fechamiento de algunos sectores construidos en fechas impre­cisas y cuáles fueron las reparaciones hechas en cada época. Un ejemplo fue la interven­ción que hizo en 1941 Mario J. Buschiazzo para restaurar el sitio; en el interior pintó una galería abovedada y la caja de la escalera de color amarillo oscuro lo que hizo creer que era pintura original; la absoluta falta de inscripciones anteriores a esa fecha sirvió de prueba para su remoción y el hallazgo por debajo del color original, también amarillo pero muy claro.

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Inscripciones en los muros de una tumba en las ruinas de Macchu Picchu con la evidencia de sus primeros visitantes (foto P. Frazzi)

En síntesis, es objeto de esta ponencia el pedir que se entienda que las inscripcio­nes en los muros son una forma de registro documental significativo que no puede ser alterada sin ser estudiada y registrada, y que su pérdida puede ser importante para el patrimonio. No digo que los revoques no deban ser removidos nunca sino que de tomarse en consideración este conjunto de inscripciones y evaluar su significación antes de cual­quier intervención de restauración. Nunca hemos visto que se lo considere como un nivel estratigráfico más, aunque no lo sea en forma estricta en cuanto a «estrato», podemos considerarlo como un «estrato informático» que debe ser tomado en consideración en los relevamientos de la arqueología de la arquitectura.

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BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS

  1. H. Bingham, La ciudad perdida de los incas, Zig Zag, Santiago, 3ra. ed., 1956; pag. 92
  2. D. Schávelzon, Treinta siglos de imágenes, Ediciones Fundación Ceppa, Buenos Aires, 2005.
  3. W. Havilland y A. Laguna, Glimpses of the supernatural: altered states of conscio­uness and the graffiti of Tikal, Guatemala», Latin American Antiquity vol. 64, no. 4, pp. 259-309.
  4. E. W. Andrews y Anthony Andrews, Excavations at Dzibilchaltun, Yucatan, Mexico, Middle.
  5. A. C. Morris, Murals from the Temple of the Warriors and Adjacent Structures, The Temple of the Warriors at Chichen ltza, Yucatan, Vol. II, Carnegie Institution, Was­hington, 1931.
  6. A. M. Tozzer, A Preliminary Report of the Ruins of Nakum, Guatemala, Memoirs of the Peabody Museum, vol. V, no. 3, pp. 137-201, Harvard University, Cambridge, 1904.
  7. R. Robina, Estudio preliminar de las ruinas de Hochob, Municipio de Holpechén, Campeche, edición del autor, México, 1956.
  8. P. Gendrop, Representaciones arquitectónicas en los graffitti de la región de Río Bec, Campeche, Representaciones de arquitectura en la arqueología de América, UNAM, pp. 127-131, 1982.
  9. G. F. Andrews, Architectural Graffiti and the Classic Maya Elite, ponencia en: Socie­dad Mexicana de Antropología, San Cristobal las Casas, México, 1981.
  10. H. T. Webster, Tikal Graffiti, Expedition, vol. 6, no. 1, pp. 36-47, 1963; H. Trik y M. E. Kampen, The Graffiti of Tikal, Tikal Reports no. 31, 1983; M. Kampen, The graffiti of Tikal, Guatemala, Estudios de cultura maya, no. 11, 1978, pp. 155-180.
  11. N. Morelos García, Escultura y arquitectura en un conjunto teotihuacano, Teotihua­can 1980-82: nuevas interpretaciones, pp. 185-192, INAH, México, 1991.
  12. Michel Kampen, The sculptures of El Tajin, Veracruz, University of Florida Press, Gainsville, 1972.
  13. I. N. Hume, Lasting lmpressions: Graffitti as History: Victorian vandals or homespum historians?, In search of this and that: tales from and archaeologist’s quest, The Colonial Williamsbug Foundation, 1996, pp. 32-36.
  14. No hay bibliografía publicada, la casa está en el Historie Haile Homestead, Kanapa Plantation, Gainsville.
  15. Daniel Schávelzon, El juego del Volador en Zempoala, Hidalgo, Material de lectura no. 10, pp. 3-22 UNAM, México, 1978.
  16. www.nuevomundo.revues.org/optika/1/fiesta/html.
  17. A. Russo, Lenguaje de figuras y su entendimiento, preparación de un estudio sobre los graffitti en los conventos de la época colonial, Anales del Instituto de Investigacio­nes Estéticas, no. 73, 1998, pp. 187-192.
  18. A. Muñoz Cosme, Cédula para el levantamiento de datos arquitectónicos en estruc­turas arqueológicas, Cuadernos de Arquitectura Mesoamericana no. 14, pp. 79-81, México.
  19. I. Rivera Collazo, información de la autora de 1996, véase Ship graffiti as a resource for historio and archaeological studies, ponencia en el 21 Congreso de la Asociación Internacional para la Arqueología del Caribe, Trinidad, 2005.
  20. G. Viñuales, Marcas de canteros en el segundo claustro de Santo Domingo del Cus­co (Perú), Actes du Colloque International de Glyptographie, pp. 617-625, 198, Zara­goza.
  21. R. Garrucci, Graffiti de Pompei: inscriptions et gravures tracées au stylet, Paris, B. Duprat, 1856.
  22. V. Vaananen, Graffiti del Palatino, Helsinki, Instituto Romano Finlandés: 1, Pedago­gum, 1966 y II, Domus tiberiana, 1970; G. Lacour-Gayet, Graffitis figurés du Temple d’Antonin et Faustine, au Forum romain, Mélanges d’archéologie et d’historie no. I, 1881, pp. 226-248.
  23. M. Blindheim, Graffiti in Norwegian Stave Churches, c.1150-c.1350, Oslo, Universite­tforlaget, 1995; L. Bucherie, Mise en scene des pouvoirs dans les graffitis anciens, Gazette des Beaux Arts, no. 1380, 1984, pp. 1-10; M. A. Coulton, Medieval Graffiti, especially in the Eastern Countries, Medieval Studies no. 12, London, Simkin and Co., 1915; V. Pritchard, English Medieval Graffiti. Cambridge, Cambridge University Press; S. Ramond, Les graffiti: un patrimoine oublié, Revue archéologique de l’Oise no. 23, 1981; S. Ramond, Traces et mémoire des murs: un ad instinctif sauvegardé. Les graffitis anciens, Conséil Général de l’Oise, 1994.
  24. B. Sustersic, Templos jesuíticos-guaraníes, Facultad de Filosofía y letras, Buenos Aires, 1999, pag. 305.
  25. D. Schávelzon (editor), Las ruinas de San Francisco, Municipalidad de Mendoza, 1991.

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