La primera ilustración de un sitio arqueológico en Patagonia, Argentina (1615)

Primera Ilustración de la PatagoniaPublicado en Signos en el tiempo y rastros en la tierra, IIIras. Jornadas de Arqueología e Historia de las Regiones Pampeana y Patagónica, Universidad Nacional de Luján, pps. 247 a 250, M. Ramos y E. Néspolo (Editores), año 2003, Luján, provincia de Buenos Aires, República Argentina.

La historia de la arqueología ha cambiado profundamente en el último decenio, tanto que hoy nos parecen irreconocibles los libros pioneros de Glyn Daniel y la época –sólo han pasado cuarenta años de ello- en que se creía que la arqueología derivaba de la historia del arte del Renacimiento.

Desde el derrumbe de esta visión darwiniana se pudo construir una historia en la que sólo Europa jugaba el rol protagónico (hasta el siglo XX), ni los paradigmas se generaban siempre en los Estados Unidos (durante el siglo XX); entre otras cosas, apareció el resto del mundo jugando un papel activo. Pero vayamos paso a paso: el primer avance importante fue descubrir que la indagación del pasado es un fenómeno multicultural: muchos pueblos se preguntaron por sus tiempos idos, por su historia lejana y cercana, y elaboraron mecanismos para registrar los hechos y eventos, y para investigarlos. Hoy tenemos bibliografía sobre los paleontólogos romanos y griegos (Mayor 2000), sobre las excavaciones hechas por los vikingos en el año 982 un túmulo en los Estados Unidos (Rowett 1982), sabemos que en la antigua Mesopotamia hubo trabajos arqueológicos en el mejor sentido de la palabra desde que en Larsa se excavó en el año 540 aC. en el ese entonces perdido palacio de Nabucodonosor II (que había vivido en el año 1350 aC, cosa que los de Larsa sabían por leyendas); el Museo de Babilonia reunía en año 700 aC esculturas de pueblos anteriores que se remontaban hasta el 3750 aC. Estos casos incluyeron no solo excavación sino la redacción de textos describiendo los trabajos y la puesta en valor de lo hallado. Los griegos excavaron y salvaron textos minoicos aunque no los podían leer y en China en el siglo XI dC. se comenzó a excavar tumbas de la dinastía Shang (25 siglos más antiguas) para recuperar bronces y usarlos como modelos de diseño. El primer catálogo explicado e ilustrado de objetos provenientes de excavaciones se hizo en China en el 1092 dC. con más de mil entradas que incluían el dibujo y el texto de cada pieza (Schnapp 1977). La estratigrafía como tal surgió con los trabajos del sueco Olof Rudbeck en su libro Atlántica de 1697 y en América Latina ya se usaba desde la mitad del siglo XIX (Schávelzon 1999). Hoy sería absurdo seguir asumiendo esa visión etnocéntrica y darwinista de una pre-ciencia en embrión que se desarrolló a partir de otra anterior, de la existencia de un campo del conocimiento más simple ¿primitivo diríamos? de la que nació un estado superior: la arqueología. Esto fue necesario para ayudar a crecer este campo del conocimiento al darle a la arqueología un antecesor digno pero menos científico –supuestamente-, y así mostrar que tenía un alto rango científico. En realidad parece ser que eran los arqueólogos los que dudaban de que su actividad fuera realmente científica, más que la comunidad que nunca lo puso en duda. Los paradigmas de la arqueología en América Latina ya estaban establecidos desde la Ilustración en la segunda mitad del siglo XVIII (Alcina Franch 1995; Schávelzon 1991, 2000), como bien dijo Rabelais en 1534 en su libro Gargantúa y Pantagruel: ”los mejores tesoros y las cosas más maravillosas se los puede encontrar enterrados debajo de la tierra, y no sin razón”; y era para contestarle a Erasmo de Rótterdam que en 1509 había criticado a los arqueólogos porque “si desentierran un fragmento de piedra antigua en la que leen una mutilada y borrosa inscripción, entonces ¡oh Júpiter, que ataques de alegría, que triunfos, que encomios!, ¡cómo si hubieran conquistado África o tomado Babilonia!”. Para esta nueva historia de la indagación del pasado mediante trabajos de campo, que sin fines de buscar tesoros sino como intentos de explicar preguntas intelectualmente válidas, tenemos buenos ejemplos en nuestro continente desde el siglo XVII. Quizás el más conocido ha sido el de Carlos de Siguenza y Góngora excavando las pirámides de Teotihuacan hacia 1675, cuya historia ha sido estudiada (Schávelzon 1983).

Un ejemplo muy diferente es el que quiero presentar aquí ya que explica la exploración de tumbas indígenas, que no sabemos si eran pre o posthispánicas, por exploradores europeos que registraron lo hallado en textos e ilustraciones, sentando así las bases de esto en nuestro territorio. Recordemos que los holandeses viajaron en forma asidua a lo largo de las costas del Atlántico durante el siglo XVII, tuvieron un virtual monopolio comercial costero que ni siquiera las flotas de España lograron romper; sus capitanes aprovecharon las necesidades concretas de abastecimiento que tenían las ciudades y puertos que España mantenía cerradas al comercio. Muchos de ellos fueron además de comerciantes, intrépidos navegantes y curiosos exploradores, a un nivel mayor de lo que era habitual en la marinería de su tiempo. Y uno de ellos dejó para el futuro una curiosa imagen que nos presenta el interés científico que algunos tuvieron al observar entierros y restos humanos ya antiguos en zonas incluso muy poco pobladas o casi desiertas. No es la primera vista de América ni del mundo prehispánico (Sturtevant 1976), pero es muy significativa para la zona sur del continente por lo que representa.

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La flota de Schouten en Puerto Deseado:
el grabado completo tal como fue hecho para la primera edición de De Bry

El grabado también es la primera referencia arqueológica para Argentina y fue producto de un desembarco en Puerto Deseado en diciembre de 1615, hecho por William Schouten y Joseph le Maire, quienes querían abrir una nueva ruta de comercio a través del Estrecho de Magallanes. En realidad trataban de romper el monopolio de la Dutch East India Company que tenía el control del comercio marítimo a través del sur de África. Recordemos que en homenaje a Le Maire lleva su nombre el mar que separa el continente de la Antártida. El sitio de su desembarco y descubrimiento mantiene aún el nombre de Puerto Deseado que ellos le pusieron, aunque ahora traducido; allí también los viajeros perdieron un barco y pasaron diversas aventuras además de hacer sus descubrimientos.

El grabado se basó en la narración hecha por Schouten que logró sobrevivir a la expedición y regresó a Holanda en 1617. Allí la historia fue editada infinidad de veces y entre ellas fue recuperada por la familia de Teodorode de Bry, célebre compilador y editor de viajes con ilustraciones a veces fantasiosas pero dignas del gusto consumidor de su tiempo en Europa. De Bry había fallecido en 1598 dejando inconclusa su serie llamada Historia Americae de la que llegó a ver solo los seis primeros volúmenes. Su familia siguió el negocio editando en total catorce tomos ilustrados con 250 grabados muy conocidos en el mundo entero; entre ellos el que aquí analizamos.

El grabado es amplio y se titula “La flota de Schouten en Puerto Deseado”; en él se ve un plano que incluye desde el accidente acaecido a uno de sus barcos, el incendio de otro, el desembarco, la caza de animales de la zona y con la letra H se lee que: “muestra la tumba de los muertos; grandes personas con esqueletos de 10 a 12 pies de largo, las cabezas eran tan grandes que los holandeses podían usarlas como cascos”; en la letra N se indica: “una suerte de fortaleza hecha de piedras, como si hubiera sido creada por hombres con gran esfuerzo”. Era la primera ilustración de un entierro y una construcción de piedras en la Patagonia; ¿lo sabrían ellos?

La presencia de gigantes en la Patagonia fue una leyenda muy común a partir del primer viaje de Magallanes a inicios del siglo XVI y fue difundida por su narrador Pigafetta; luego de esa fecha fue repetida por muchos otros viajeros que supuestamente los vieron o les narraron otros al respecto, aunque a veces se olvida que, en cambio, hubo muchos otros viajeros que insistieron en su inexistencia. Desde Alcides D´Orbigny existe una razonada relación histórica sobre la formación de este mito tan popular, publicada en 1839 (1944). Otros viajeros también vieron, o alguien les describió, entierros similares en la zona de San Julián, como a Samuel Purchas en 1625 y a Lord Cavendisch poco después, entre otros viajeros. Incluso este último reportó en uno de sus viajes un entierro en el mismo Puerto Deseado que no sabemos si era el mismo que el de la expedición de Schouten, aunque seguramente debió ser bastante similar ya que estaba “made all with great stones of great length and bignesse, being set all along full of a dead mans whiche he used when he was living, and they colour both their darts and their graves wiht a red colour thet use in clouring thenselves” (Schouten 1618:128); Purchas había escrito que “Upon the higest part of the hilles wee found some burying places, wich were heaps of stones, and we not knowing what that meant, pulled the stones off from one of them, a found mens of tebbes of tenne and eleven foot long” (Purchas 1905-II:151) Es posible que la narración de Schouten haya sido la base para esas descripciones. Más tarde otros vieron entierros en la zona pero ya de personajes de estatura normal como el padre Guevara en 1746 (en De Angelis 1836-I:557).

Detalle ampliado de la apertura del entierro cubierto de piedras, nótese el tamaño del cráneo

Es interesante destacar que la descripción anterior es coincidente con los conocidos chenques de la zona, entierros hechos cubriendo el cadáver con grandes piedras. No tenemos noticias si esas tumbas de los viajeros holandeses fueron vueltas a ver o estudiar, pero sí hay datos de otras cercanas, ya que es imposible ubicar con exactitud el sitio original. Si bien el grabado es muy detallado fue hecho a partir de las descripciones por los De Bry. El caso más aproximado es el del viaje hecho por la zona de Puerto Deseado por Francisco de Aparicio en 1933, quien remontó el río y recorrió buena parte de los alrededores, encontrando entierros similares, varios de ellos incluso saqueados (¿cuándo?), pero ubicados a distancias que no creemos que haya sido posible que los holandeses hayan cubierto en su exploración. Lo que llama la atención es que los chenques “habían sido ubicados en la cumbre de un pequeño cerro basáltico, muy alargado, que termina en una verdadera cresta erizada de piedras” (1973/75:73) lo que, casualidad o no, coincide con el grabado antiguo. La diferencia está que en los entierros estaban ubicados dorsalmente y no en la forma ilustrada. Lo que sí puede haber ayudado a la imaginación para crear el mito de los gigantes patagones es que los montículos miden generalmente unos cuatro metros de largo por dos de ancho.

De ese grabado antiguo, como todos los hechos por De Bry y sus sucesores, circularon docenas de versiones redibujadas una y otra vez, provenientes de diferentes manos y fechas, las que causaron confusiones al ser rescatadas por otros interesados en la historia de la arqueología en América (Vignati 1936: fig.14 y luego reproducido por Fernández 1982: portada) y nunca citadas correctamente. Incluso sabemos que todos los editores usaban grabados generados por diferentes artistas aunque fueran casi idénticos entre sí por la necesidad de contar con planchas originales para cada nueva edición. Esto era habitual en la época en que no habian sistemas más eficientes de reproducción y lo más simple era copiarse uno al otro, con algún añadido o faltante. De allí el valor de las ilustraciones originales de De Bry en que se basaron todas las demás.

Bibliografía

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Nota aclaratoria

Publicado en Signos en el tiempo y rastros en la tierra: III Jornadas de arqueología e historia de las regiones pampeana y patagónica, M. Ramos y E. Néspolo (Editores), Universidad Nacional de Luján, 2003, Luján, pp. 247-249

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