Arqueología y Política en Centroamérica: las excavaciones de Zaculeu y su contexto histórico (1946-1950)

Democrito N°1

Artículopublicado en la revista Demócrito, nùmero 1, año 1, correspondiente al mes de julio de 1990, pps.9-26, ISSN. 0327-3350 Buenos Aires, Argentina.

Entre 1946 y 1950, un grupo de arqueólogos norteamericanos de primer nivel académico, de larga trayectoria en el campo de la arqueología centroamericana y relacionados con varias de las instituciones más importantes de los Estados Unidos, formaron parte de la excavación que se llevó a cabo en las ruinas de Zaculeu, Guatemala. La organización, el financiamiento, las publicaciones y la dirección estuvieron a cargo de la compañía bananera United Fruit. La creación misma del proyecto, el tipo de excavación y restauración realizadas y la relación de los arqueólogos con la empresa, con el gobierno y con el pueblo estuvo empapado de cuestiones políticas, económicas e ideológicas que fueron mucho más allá de la arqueología misma y que llegaron a determinar la calidad de la labor realizada. Además, es muy probable que los científicos involucrados en el tema jamás se dieran cuenta de lo que significaba realmente ese trabajo, que con la certeza de que estaban haciendo ciencia pura, arqueología de alta calidad científica, se hayan considerado al margen de la realidad del momento. Quizás por extrapolación como un caso extremo de complejidad en la interrelación entre política y arqueología, es que este caso es bueno para analizar como experiencia.

Guatemala entre 1944 y 1950

Los trabajos arqueológicos de Zaculeu se realizaron durante años complejos de la historia guatemalteca: la época de la Revolución. Sin entrar a analizar ese tema, es interesante tener una idea sobre la realidad del país en ese momento: en 1945 tenía en total 3,487,444 habitantes, de los cuales el 55% eran indígenas, con más de un millón y medio de hablantes de lenguas autóctonas. En algunos departamentos, como Totonicapán, el 96% de la población hablaba lenguas indígenas y sólo una minoría el español (1).

En 1950, el 33% de la población padecía de alguna forma de paludismo que causaba el 18% de las muertes (2). El 89% del total de los fallecidos había carecido de todo tipo de atención médica y para más del 82% no había certificado legal de defunción. La proporción de médicos a pacientes en el campo era de un médico por cada 32.437 habitantes. El analfabetismo era altísimo, siendo el 65,36% del total analfabetos absolutos y, en departamentos indígenas como Sololá, llegaban al 88,44%. De los inscriptos en primer grado de primaria, sólo llegaban a tercero el 4% (3). La falta de medicamentos hizo que en 1950 el 38,7% de los fallecimientos hayan sido producidos por enfermedades infecciosas muy fáciles de evitar (4).

Los salarios oscilaban antes de la Revolución alrededor de cinco centavos de dólar por día en el campo, subiendo lentamente en las zonas marginales de las ciudades a diez centavos. A partir de 1944, la Revolución obligó a que las empresas pagaran sueldos más altos, llegándose a pagar 1,40 dólares diarios en 1950. Recordemos que en las fincas cafetaleras trabajaban 425.000 personas. El ingreso per capita del país fue de 70 dólares anuales para el indígena y de 246 para el blanco, manteniéndose un promedio de más de 2 dólares diarios para finales de la Revolución, en 1953 y 1954 (5).

La propiedad de la tierra sufría las mismas desigualdades: el 76% de las fincas del país tenían menos de cinco hectáreas y sólo representaban el 10% del territorio; en cambio, 2,2% de los propietarios eran dueños del 70,6% de la tierra nacional. Existían 161.500 fincas de menos de dos hectáreas; de allí que la gran mayoría de los dueños de la tierra no obtenían de ella ni lo mínimo necesario para la subsistencia por kilómetro cuadrado (6).

La situación de inestabilidad política también puede observarse a través de datos estadísticos: desde que se firmó la república en 1847 hasta la caída del gobierno de Arbenz en 1954, hubo veintidós presidentes y seis juntas militares; sólo dos de los primeros llegaron a entregar el mando libremente y once de ellos se auto-reeligieron; uno se autonombró presidente vitalicio. Sólo hubo dos elecciones limpias: las de la Revolución. En esos años surgieron diez guerras con países vecinos, tres revoluciones, diez alzamientos armados, tres golpes de estado, una invasión extranjera y cien conatos revolucionarios, cincuenta de ellos entre 1944 y 1954. eso sin contar dos terremotos y once intervenciones extranjeras (7).

Los derechos sindicales y sociales mínimos se lograron por primera vez después de la Revolución de 1944; es decir, derecho a la sindicalización , seguro social, salario mínimo, derecho de huelga, vacaciones, séptimo día de descanso obligatorio y atención médica e indemnización por despido entre otros . Pero tales derechos fueron derogados en 1954. Hasta 1944 existía el Decreto 1474 de prestación obligatoria y gratuita de servicios personales al estado y el decreto 2795 de impunidad legal a quien matara a cualquier persona que penetrara a una finca o explotación rural ajena. En 1955 había en el país solamente 328 kilómetros de pavimento y 1.157 kilómetros de ferrocarril de una sola vía angosta. El 57% del producto nacional bruto era resultado de la agricultura; de las exportaciones, el 83,2% iba hacia los Estados Unidos. El café era enviado en un 85,2% a dicho país y éste era el principal producto exportado.

Otros datos que muestran la situación social existente antes de la Revolución y que fueron cambiando lentamente con ésta son los siguientes: la educación primaria y secundaria estaba bajo régimen militar; existía el reclutamiento forzoso en haciendas y los indígenas debían prestar un mes de trabajo gratuito y obligatorio para la construcción de caminos. No existía el séptimo día de descanso obligatorio ni tampoco reglamentación de horarios o condiciones de trabajo. Económicamente, el mercado interno casi no existía dado el bajo poder adquisitivo. El producto per capita en 1943 era de 55,56 dólares y el consumo menor aún; 47,95 dólares. Cuatro compañías internacionales controlaban la producción bananera, el ferrocarril, los teléfonos y telégrafos, los seguros y las cuatro radiodifusoras. Dos de ellas, además, eran subsidiarias de la United Fruit Company, que controlaba la Electric Bond and Share y a International Railways of Central America (8).

La United Fruit Company en Guatemala

Si bien sobre el tema de la instalación y funcionamiento de la empresa existe ya una larga bibliografía, la cuestión sigue siendo polémica y, por lo general, la falta de acuerdo no pasa por posturas históricas diferentes sino por la defensa o ataque al tipo de empresa y de política económica que representa, así como a la posibilidad o no de

que las grandes industrias estadounidenses participen de las políticas de los países en los cuales trabajan. En los propios Estados Unidos este fenómeno ha ido cambiando con los diferentes gobiernos de este siglo, aumentando o retrayendo el beneplácito con que se veían estos sucesos. Pero la United Fruit no era una empresa cualquiera. Formada en 1899 por la unión de varias empresas bananeras en operación, hacia 1910 ya controlaba el 80% del total de la producción de ese fruto en Centroamérica: Honduras, Guatemala, Cuba, Nicaragua, Jamaica, El Salvador y otros países estaban dentro de su radio de explotación. Por lo general en esos mismos países, el banano representaba a veces el 50% de sus ingresos totales. La United Fruit tenía a su vez empresas subsidiarias en distintos grados. Para Guatemala, la más importante era La International Railways of central America (IRLA), que era propietaria de los ferrocarriles del país. El poder de ambas se consolidó conjuntamente, ya que la United Fruit ingresó al país como empresa de transportes marítimos, La Gran Flota Blanca, controlando la exportación del fruto a los Estados Unidos, favoreciendo a algunos productores y no transportando sus mercaderías a otros. En 1901, el dictador Estrada Cabrera otorgó el monopolio del transporte marítimo a dicha empresa y en 1904 se estableció el monopolio del tren que favoreció a la Guatemala Railways, fundada por Minor C. Keith, propietario de la United Fruit, Más tarde cambiaría de nombre a IRCA (9).

Estrada Cabrera favoreció a la empresa entregándole la concesión del telégrafo, la explotación del único puerto nacional, de varios miles de hectáreas de terrenos y, entre otras cosas, la total exención aduanera e impositiva. Esto incluía los tramos del ferrocarril ya construidos por el Estado y su equipamiento, a cambio de que, en el año 2000, la empresa vendiera al Estado al precio que ésta creyera oportuno. Paralelamente, en la vecina Honduras se había establecido una nueva empresa bananera creada por Samuel Zemurray y con el apoyo de la United Fruit, que se llamó Cuyamel Company. Entre 1911 y 1913 se estableció una sonada batalla entre estas dos empresas por conquistar nuevos territorios en otros países, pese a que el 60% del capital inicial de Zemurray pertenecía a la United Fruit. Los enfrentamientos se acentuaron cuando, en la revolución de Dávila, las empresas apoyaron sectores políticos diferentes, lo cual llevó casi a una declaración formal de guerra entre ambos países. El papel de las empresas en este contexto ya ha sido estudiado extensamente (10).

Sin entrar en muchos detalles, Zemurray logró adquirir las acciones mayoritarias de la United en 1929 y en 1939 fue nombrado director de la fusión de ambos conglomerados, bajo el nombre de United Fruit. Si en 1939 se habían exportado de Guatemala, 3.444.036 racimos de banano, en 1932 ya se exportaban 9.248.000 (11). Pero si el impuesto pagado por el café al país era del 8,7% en 1928, la United sólo pagaba el 1,97%. Esto significaba que el café pagaba al Estado el 13% del total recaudado, mientras que el banano sólo aportaba el 0,25%.

Durante estos años, el control e influencia de la United Fruit sobre los gobiernos, a través de la IRLA, la empresa eléctrica, los telégrafos, el transporte de correo y la exportación e importación terrestre y marítima, fue enorme. Cuando el gobierno de Carlos Herrera propuso construir una línea de ferrocarril estatal hacia El Salvador, su gobierno se derrumbó precipitadamente. El nuevo general al mando tomó entre sus primeras resoluciones la decisión de comprar por casi 1,5 millones de dólares parte de las mismas tierras que le habían sido donadas a la United; y como favor a la empresa, el Estado renunció al derecho de inspección administrativa. También se decidió pagar a la IRCA la cantidad de 1.500 dólares por cada kilómetro de riel que construyera. Esto pese a que la donación del ferrocarril existente se había hecho a condición de que la empresa terminara de construir los tramos hacia los puertos de ambos océanos. Algo similar sucedió cuando el dictador Orellana donó tierras en la zona de Izabal y otorgó la explotación de gran parte de las márgenes del río Motagua, por veinticinco años (más tarde se ampliaría el término). En 1931, la United y en especial la Tropical Radio and Telegraph, desempeñaron un papel esencial en la aceptación del dictador Ubico y en su revolución (12).

Es mucho lo que se podría hablar respecto al papel de esta empresa y sus subsidiarias en el país. Seguramente debe haber quienes han exagerado y quienes han tratado de suavizar los problemas. Pero no hay duda que para un guatemalteco la United Fruit era la corporización de muy buena parte de los males que lo aquejaban. Es difícil saber qué porcentaje de culpa tenía la empresa y qué parte le correspondía a los gobiernos corruptos que aceptaron el juego, pero lo que queremos recalcar es la imagen que el pueblo tenía de esta empresa. Es posible que para la mayoría de la población, la empresa fuera el único contacto que tenía con el mundo occidental, más allá de sus fronteras regionales, sobre todo las miles de familias indígenas que muchas veces ni siquiera hablaban español y que vivían marginadas de la educación y del contacto social exterior. Dentro de los terrenos de la bananera transcurría la vida de generaciones completas. Es cierto que era una fuente de trabajo -aunque las condiciones de explotación eran absolutas- y que en un momento dado se construyó un hospital en Quiriguá, pero también es cierto que el servicio se pagaba con trabajo y que aunque el costo no era alto, con jornales que raramente llegaban a los treinta dólares mensuales, cualquier cifra por baja que fuera resultaba altísima. El hospital, por lo tanto, era un lujo inaccesible.

Los años de la revolución guatemalteca

El año de 1944 fue crucial para el país: una serie continua de movimientos sociales, políticos y económicos produjeron la caída del dictador Ubico y su régimen de gobierno por el terror. Si bien hubo un intento de colocar a Ponce Valdez en su lugar, el movimiento de grandes masas de población obligó a llamar a elecciones democráticas. Fue la primera vez en la historia del país en que se pudieron presentar candidatos sin censuras ni prohibiciones. Juan Arévalo fue elegido masivamente como presidente. Esto fue visto con beneplácito por el gobierno de Roosevelt, en la época de la llamada política de la “buena vecindad” de los Estados Unidos.

Arévalo inició una serie de reformas: abolió la legislación de servicios personales obligatorios, creó el primer Código del Trabajo, instaló el Banco de Guatemala, emitió la autonomía municipal y la Constitución de 1944. Se creó el Ministerio de Economía, Trabajo y Previsión Social, las guarderías infantiles, las escuelas de tipo federal, el Instituto Nacional de Antropología e Historia, el Instituto Indigenista y el Museo de Antigua. También se reformó la Universidad con la nueva Ley Orgánica. Podemos agregar a esto la creación del Centro Editorial, la colección de libros Veinte de octubre, el Libro de Guatemala, la Revista de Guatemala, los Clásicos del istmo y el certamen permanente de Artes y Ciencias. En la arqueología, antropología e indigenismo hubo un notable crecimiento de publicaciones, estudios y trabajos de campo con investigadores de todo el mundo. La revista Antropología e Historia es una buena muestra del trabajo que se llevó adelante en esos años.

Estos cambios operaron una profunda transformación en el mercado interno y en las posibilidades de acceso a cultura, salud pública e ingresos. Si el último balance nacional antes de la Revolución (1943) dio como ingreso per capita solamente 55 dólares, el de 1953 daba ya para todo el país 163 dólares. Guatemala estaba cambiando y esto provocaba profundas perturbaciones en todos los niveles.

El sucesor de Arévalo, también elegido popularmente, fue Arbenz, quien asumió la presidencia a los 36 años de edad, tras una brillante trayectoria académica en la cultura. El proyecto de Arbenz fue indudablemente revolucionario, aunque siempre estuvo claro que, como él mismo dijo en el discurso del estadio en 1951, su intención era “transformar a Guatemala de un país atrasado, de economía semifeudal, en una nación capitalista” (13). Su obra máxima fue la Reforma Agraria, la cual si bien lesionaba los intereses de los grandes terratenientes, otorgó terrenos a más de cien mil indígenas en sólo dos años. Esto significó que medio millón de personas pasaron a la autosuficiencia alimenticia, sin tener que depender exclusivamente del trabajo en las plantaciones.

La United Fruit se vio profundamente afectada con todos estos cambios: casi 150.000 hectáreas de tierras que nunca habían sido cultivadas y que la empresa tenía por donación desde hacía medio siglo, fueron nacionalizadas, previo pago en 1953. Si bien se pagó por algo que antes se había obsequiado, esto se sumó igualmente al malestar de la empresa por las huelgas, los sindicatos y la obligación de pagar un salario mínimo, vacaciones y seguro social. En el interín, una investigación del Fondo Monetario Internacional demostró que la empresa había estafado al fisco, tanto en Guatemala como en los Estados Unidos -lugar donde se promovió la investigación- a lo largo de muchos años (14). En 1946 habían ocultado el 50% de sus exportaciones, lo que representaba 10,5 millones de dólares; en 1947 se ocultaron 19 millones y en 1948 fueron 21. En 1950, la ganancia neta había llegado a los 50 millones de dólares. No hace falta mencionar el escándalo que esto significó y el tipo de imagen que la empresa proyectaba.

Arévalo empleó un mecanismo especial para romper con los monopolios: se inició la carretera al Atlántico, paralela a la vía del tren, única forma hasta ese momento de salir al exterior; se inició la construcción del puerto de Santo Tomás, ya que los dos únicos existentes -incluyendo la propiedad de la tierra de toda la zona- eran de la United Fruit, y se empezó la construcción de la Hidroeléctrica Marinalá.

La United Fruit en Quirigua (1910-1913)

La relación de la United Fruit con la arqueología fue estrecha desde principios de siglo. El primer acercamiento se produjo cuando la empresa financió los trabajos de restauración y exploración de Quirigua, que se realizaron entre 1910 y 1913 bajo la dirección de Edgar Lee Hewett (15). Junto a él trabajaron Earl Morris y Sylvanus Morley, quienes dedicarían gran parte de su vida a la arqueología maya.

En lo que a las excavaciones se refiere, fueron trabajos bien realizados, con todos los avances que la arqueología podía ofrecer en ese entonces y con un marcado interés en la preservación del sitio. Incluso se hizo la restauración parcial del Edificio 1 y se experimentó con moldes de hule para sacar copias de estelas y monumentos. Todos los trabajos fueron financiados por la United Fruit, quien facilitó el transporte y alojamiento en las instalaciones bananeras del lugar. También donaron al Estado los terrenos en que se encontraban las ruinas, los que a su vez le habían sido donados por Estrada Cabrera a principios de siglo. De todas maneras, Hewett nunca permitió que la empresa figurara como organizadora de las actividades académicas, sino su propia institución. Poco antes había pasado a visitar las ruinas Philander Knox, secretario de Estado norteamericano, en viaje hacia Honduras. Esta visita fue muy significativa, ya que Knox iba a firmar un convenio en Tegucigalpa para la United Fruit, de extensiones impositivas y regalías diversas que otorgaba el dictador Bonilla como agradecimiento por la colaboración de la empresa en el derrocamiento del presidente Dávila. Al año siguiente, las controversias entre la United Fruit y la Cuyamel, una de cada lado de las fronteras, produjo la declaración de guerra entre ambos países. Allí nació la instalación de la United en Tela, donde iniciarían sus trabajos arqueólogas tales como Dorothy Popenoe, Concepción Turnbull y la hija de Zemurray, Doris Stone (16).

Aquí es donde entra un personaje de gran importancia para la arqueología maya: Samuel Zemurray. Casi no hay referencias sobre él en la historia de la arqueología mesoamericana, pero su papel fue más importante de lo que se podría sospechar. Llegado con el siglo al puerto de Mobile, Alabama, desde el Cercano Oriente, inició su relación con la industria del banano en New Orleans, al tener la imaginativa idea de comprarle a la United Fruit los racimos que se arrojaban al río por su mal estado, para venderlos a precios mínimos. En pocos años fundó la Zemurray y luego la Cuyamel Company, con un 60% de capital de la United Fruit. Con una visión de gran agresividad se transformó en pocos años en el rey del banano, dueño de plantaciones en seis países. En 1929 pasó a ser director y principal accionista de la United Fruit que lo había ayudado a crecer. En 1924 Zemurray hizo la donación de dinero que posibilitó la creación del Middle American Research Institute en la Tulane University, bajo la dirección de William Gates; el papel de este instituto en la arqueología maya es de indiscutible importancia. Zemurray también hizo numerosas donaciones, a veces por montos muy altos, para la arqueología, además de facilitar el uso de equipo, tecnología y transporte.

Las excavaciones en Zaculeu (1946-1950)

En pleno auge revolucionario nacional, la cultura fue uno de los aspectos más favorecidos por el régimen de Arévalo, quien no dejó de lado la arqueología. Inicialmente se pensó en ésta corno una forma de rescate del patrimonio cultura] del pueblo, capaz de fomentar los ideales del nacionalismo y el valor de la cultura indígena tradicional. En ese contexto, la United Fruit decidió impulsar un gran proyecto de arqueología, cuyo objetivo central consistía en reconstruir un grupo de edificios que fueran accesibles al turismo; esto permitiría mejorar la imagen de la empresa. También se pensó que la excavación debía hacerse con todo el rigor científico de la arqueología de la época (17).

Se comenzó con ]a elección del sitio: se formó un primer grupo de arqueólogos bajo la dirección de John Dimick (posteriormente, él mismo dirigió el proyecto), quien recorrió varios lugares en las tierras altas. Nunca quedó claro porqué se seleccionó esta zona; todos los lugares visitados presentaban problemas: a Chutixtiox lo descalificaron simplemente porque no era de fácil acceso al turismo internacional. También quedaba claro que el propósito indispensable era que el sitio tuviera “arquitectura lo suficientemente bien conservada como para permitir su minuciosa reconstrucción” (18). Es decir, que no se buscaba un sitio con un buen potencial arqueológico o un lugar que por sus características pudiera resolver alguna hipótesis. Simplemente, debía ser un lugar grande, imponente y accesible, y este sitio fue Zaculeu, próximo a Huehuetenango.

¿Qué clase de sitio era Zaculeu en ese entonces? Si leemos las publicaciones hechas por la United Fruid, dan la idea de un lugar abandonado, virgen, nunca -o casi nunca- explorado. Esto es muy curioso, ya que Zaculeu era casualmente uno de los lugares más visitados y estudiados de las tierras altas. Una antología de lo que se sabía puede verse en el libro de José Antonio Villacorta (1930), y cabe destacar que ya había planos dibujados por Jorge Acosta (1930) (19). En 1927, una misión de la Secretaría de Gobierno había procedido a limpiar el sitio y a hacer una restauración parcial y, aunque desde el parámetro de la arqueología de 1946 podía juzgarse esta restauración como “poco científica”, fue un trabajo bueno, y con un solo error: la restauración lateral de la Estructura 1. Fue financiado por el Estado en un intento por comenzar a proteger el patrimonio cultural prehispánico. No se había reconstruido, sino simplemente consolidado los estucos y recolocado piezas; los sectores que no se pudieron intervenir quedaron cubiertos con tierra, como una forma de protección. Este trabajo sólo fue citado por los arqueólogos posteriores una o dos veces y siempre criticando el error al que nos referimos más arriba.

El equipo de trabajo estuvo formado por especialistas de primera categoría: John Dimick, Alfred V. Kidder corno consultor de la empresa, Stanley Boggs (hasta mayo de 1947), Aubrey S. Trik corno arquitecto restaurador, y Daniel Murcia como superintendente. Este último había trabajado anteriormente en El Salvador con Boggs. Luego se integraron Edwin Shook como asesor y Gustav Stromsvik como arqueólogo. Nathalie Woodbury realizó la investigación histórica. Si bien para Boggs y Dimick éste era su primer trabajo en la región, todos eran de lo mejor que se podía reunir en Centroamérica en ese momento. Todos tenían experiencia, en especial Trik y Stromsvik, quienes habían hecho una acertada labor de restauración en Copán. La parte antropológica estuvo a cargo de T. Dale Stewart.

Las primeras publicaciones fueron estableciendo los objetivos con más claridad, a partir del comienzo de los trabajos en febrero de 1946; los objetivos eran: recobrar objetos para hacer la historia de los antiguos habitantes; preservar y hacer accesibles los hallazgos y los edificios; y reconstruir los edificios para que pudieran ser visitados. El trabajo que se emprendió a partir de allí estuvo dirigido hacia la reconstrucción. A pesar de que en la época era común en México rehacer edificios prehispánicos, muchas veces yendo más allá de las evidencias descubiertas, el caso de Zaculeu fue más lejos aún: se logró rehacer completos, con sus plataformas, escaleras, muros y hasta parte de los techos, varios edificios. Fue la primera y la única vez en América que se hizo un recubrimiento total de cal, para dar la impresión de que estaban intactos. Sobra decir que no se dejaron evidencias que permitieran reconocer qué partes eran originales -suponiendo que quedara alguna a la vista- y cuáles eran nuevas (20).

Este aspecto, el más criticado en ese momento (21) fue lo que consumió los esfuerzos y dineros del proyecto, y aunque la excavación arqueológica fue técnicamente impecable, el tema de rehacer totalmente los edificios se transformó en el punto focal de los trabajos y que definió dónde excavar y de qué manera, puesto que todo quedaría luego enterrado bajo toneladas de cemento moderno. De allí que en los cinco años que siguieron, se fueron recubriendo las plataformas y pisos de cada pirámide y estructura, e incluso, como en el caso de la Estructura 1, desarmando lo que se había restaurado en 1927.

Entre los objetivos de la empresa estaba sin duda el de hacerse publicidad, en tanto que era partícipe de los “nuevos aires culturales” que se vivían en el país. Para dichos fines se recurrió al Middle American Information Bureau, que organización cuyo objetivo era difundir en el mundo las grandezas de la United Fruit. Esta oficina publicó folletos y boletines, emitió programas de radio y organizó conferencias sobre Zaculeu y las excavaciones. Lo que fue realmente lamentable y que por cierto no ayudó mucho a mejorar la imagen de la empresa en Guatemala, es que la publicidad estaba dirigida al ciudadano corriente de los Estados Unidos, en idioma inglés y dejando ver un conocimiento pobrísimo del mundo centroamericano: mostró una visión idealizada de la arqueología y un panorama de cuento de hadas del país. El primer folleto de la serie decía:

La compañía, financiando escuelas agrícolas, reforestando y desarrollando granjas experimentales, juega un papel de importancia capital para mejorar los sistemas agrícolas -así corno las condiciones económicas- del pueblo de Centroamérica. También sostiene trabajos arqueológicos de campo e investigaciones para ayudar a descubrir y restaurar para esos pueblos, su gran herencia cultural (22).

No hace falta decir que el verdadero pueblo de Guatemala -y de todo Centroamérica- que trabajaba en pésimas condiciones en las fincas bananeras, tenía una idea completamente distinta de esas supuestas mejoras en su calidad de vida. En otro folleto anterior, impreso para anunciar la firma del convenio con el gobierno, se describía a Huehuetenango como “a fairy city of Disney-like color and cleanliness” (¡una ciudad de hadas con la limpieza y los colores corno los de Walt Disney!). En la carátula posterior, se hablaba del pionero norteamericano Stevens (sic, por Stephens) (23).

A los indígenas no les iba mucho mejor: una publicación mostraba a un antropólogo físico -un académico de gran prestigio- comparando la estatura de un campesino frente a la de una pirámide. El texto de la ilustración decía:

la calma del trabajador indio que está siendo medido… es un tributo a su ingenuidad. Sobrepuso su temor a los siniestros instrumentos médicos haciendo del procedimiento un juego: esperando dos cigarrillos por la mayor altura, otro por la mejor dentadura y así sucesivamente (24).

Esto era recalcar una visión etnocentrista y en el fondo racista del antropólogo inteligente engañando en aras de la ciencia al tonto indígena.

Al revisar someramente el desarrollo de las reconstrucciones, se entiende mejor lo sucedido. Comencemos por la Estructura 1, la de mayor tamaño, que ya había sido restaurada parcialmente en 1927. En ese trabajo anterior se habían reconstruido varias terrazas del basamento, aunque éste había quedado a la mitad. En esta ocasión se procedió a reconstruir todas las terrazas escalonadas, las escaleras y parte de los muros superiores hasta llegar a un metro de altura. Se completaron los núcleos que faltaban a causa de la destrucción o por las nuevas exploraciones y luego se colocó una cubierta de cal en toda su superficie, para que quedara tal como supuestamente había sido en sus orígenes. Unicamente se respetó la altura de los muros del templo que no pasaron del nivel máximo descubierto.

Pero al año siguiente esto ya no resultó suficiente: se procedió a retirar la alfarda de la escalera superior para descubrir una de época anterior, que fue reconstruida unificando el estuco con el de la época de la construcción exterior, transformándola así en algo que en realidad jamás había existido con esa forma. El templo superior también se completó: se subieron los muros y columnas y por encima de ellos se colocó un techo plano con dos cornisas. Si bien había ciertos datos parciales sobre el templo, el trabajo fue más fruto de la fantasía que de la evidencia arqueológica. Lo peor no fue eso; con el apuro no sólo cometieron errores irreversibles, sino que llegaron a dejar de lado la exploración arqueológica (25). Sobre la alfarda superior escribieron que “la información completa respecto a este volumen no pudo ser descubierta, pero las ilustraciones de la estructura restaurada muestran el posible arreglo original” (26). Es decir, que procedieron a rehacerla sin evidencias, planteando que su probable forma era la que ellos mismos habían elegido.

La otra estructura importante en tamaño y por la intervención que se le practicó fue la número 4, formada por un templo elevado y dos edificios con pórticos a sus lados. El basamento y el templo superior también fueron reconstruidos mediante el mismo procedimiento, incluyendo la fachada completa hecha en base a unos pocos fragmentos originales; se rehizo también el lado norte, mientras que el lado sur quedó tal como se le encontró. De más está decir que también fue reestucado hasta lucir nuevo.

Hace falta aclarar que no había ningún dado completo, ni un ángulo de basamento, ni se conocía la altura completa del techo. ¿Cómo se llegó a la forma de los lados del altar del ala norte? ¿De dónde salieron tantas cosas que ni en los propios planos o fotos de las excavaciones aparecen? La respuesta es sencilla: si había un lado en la ciudad que se había conservado más o menos en buen estado, eso era suficiente para decidir que todos los demás debían ser iguales. No importó que los mismos arqueólogos descubrieran que los dos únicos restos de fachadas que se hallaron mostraban que eran diferentes entre sí.

En un folleto se lee que “cuando la forma general de un elemento es conocida, pero sus detalles exactos no pueden ser determinados, deben utilizarse datos comparativos” (27). Cabe preguntarse entonces por qué el juego de pelota fue recubierto con vigas de hierro que sostienen una capa de hormigón armado. Así se restauraron las estructuras 6, 13 y 17, al igual que los altares. Por suerte quedó un pequeño museo con instalaciones para albergar un guardia y algunas otras facilidades. Un trabajo que pudo haber sido un modelo de interdisciplina entre arqueología y restauración arquitectónica se transformó, por arte de las prioridades publicitarias, en una fantasía sin ningún asidero científico (28).

En 1950 se dio por finalizado el trabajo. La situación en el país había ido cambiando y las buenas relaciones entre el gobierno y la empresa bananera se habían esfumado. La United Fruit ya no aceptaba las condiciones de trabajo exigidas por el gobierno ni veía con agrado la pérdida del monopolio del transporte, del correo y de la electricidad, entre muchas otras cosas. Ya se había hecho público el escándalo que había estallado en los Estados Unidos por las estafas al fisco y a los propios accionistas de la empresa. Lo más interesante es que, al margen de todo esto, los arqueólogos terminaron los trabajos de laboratorio -como siempre, excelente desde el punto de vista técnico- y publicaron un voluminoso libro en dos tomos, con el pie de imprenta de la United Fruit Company, dedicado a Samuel Zemurray.

En esos mismos años se hicieron otros trabajos arqueológicos en Guatemala, los cuales son útiles para comparación. Uno de ellos fue la excavación de Zacualpa hecha por Robert Wauchope en 1947. Este trabajo fue producto del entusiasmo de quien habia estado trabajando en el sitio en 1935 para la Carnegie Institution de Washington y donde estableció la primera secuencia cerámica de la zona norte de las tierras altas. Wauchope dirigía en ese entonces el Middle American Research Instituto que, corno dijimos, había sido fundado por Samuel Zemurray y a quien recurrió para el financiamiento de esta nueva excavación. Zemurray únicamente le facilitó cinco mil dólares (29).

Wauchope, arqueólogo de gran prestigio, estableció una base teórica previa -a diferencia de lo que se hizo en Zaculeu- con hipótesis bien meditadas y planteadas. También sabía que en Zacualpa había arquitectura monumental susceptible de restaurar. Se hizo una excavación reducida pero minuciosa; se obtuvo un buen caudal de información; se logró mejorar la cronología cerámica y entender mejor el sitio; en fin, fue una investigación a tal punto provechosa, que al reiniciarse el estudio de la cerámica muchos años más tarde -entre 1967 y 1968- se seguían obteniendo datos valiosos para la historia regional (30). Se hicieron varias publicaciones de buena calidad y presentación. Como apoyo económico adicional se obtuvo una beca de la Ford Foundation, y de la United Fruit el transporte, equipo y traslado de un vehículo. Todo el trabajo se hizo en un ambiente de cordiales relaciones con los arqueólogos guatemaltecos. Había objetivos arqueológicos, no político-económicos, y los resultados fueron los esperados.

Otro caso que podría estudiarse con mayor detenimiento es el de las excavaciones de Kaminaljuyú, hechas por la Carnegie Institution durante esos mismos años. Estas exploraciones produjeron valiosa información y trabajando en conjunto con el Instituto de Antropología e Historia se logró preservar y proteger al sector central del conjunto, aunque desafortunadamente el resto de este gran asentamiento fue destruido por el crecimiento urbano descontrolado (31). Esto muestra la variedad de posiciones que los arqueólogos norteamericanos y sus instituciones han ido asumiendo en los países del continente, con resultados tan distintos en cada caso.

El final de la historia

Si bien la excavación arqueológica en Zaculeu finalizó en 1950, las publicaciones continuaron hasta que en 1954 salió a la venta en gran volumen The Ruins of Zaculeu, de Woodbury y Trik, cuyo pie editorial era de la United Fruit Company. Paralelamente a esta historia académica, la empresa y el gobierno de Arbenz se habían declarado la guerra frontal. En esos cuatro años la empresa se vio involucrada en veintiocho intentos revolucionarios de derrocar al gobierno y en una campaña internacional destinada a desprestigiar al presidente Arbenz, persiguiéndolo por su supuesta postura comunista, aunque ya se ha visto que su proyecto era profundamente capitalista, aunque sí independiente (32). El manejo de gran parte de esta operación estuvo a cargo de Spruille Braden, embajador que poco antes había sido expulsado de Argentina por su macartismo. Braden había fungido como secretario adjunto del Departamento de Estado, para pasar luego a jefe de relaciones públicas de la United Fruit. Le sucedió el embajador Peurifoy, quien había participado en el golpe de Estado ocurrido en Grecia y que culminó con la imposición de una dictadura militar. En el senado de los Estqdos Unidos colaboró en esta campaña Henry Cabot Lodge, accionista de la United Fruit, quien en 1954 había actuado como presidente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, impidiendo que los demás países ayudaran a bloquear la invasión que, desde Honduras, provocaría la caída de Arbenz. En el golfo de Fonseca, dos acorazados con soldados de la marina estadounidense apoyaron dicha invasión.

Las tropas invasoras estaban bajo el mando de Castillo Armas, quien logró reunir muchos millones de dólares y equipo, en buena parte donados por la empresa (33). Los invasores penetraron a través de tierras que la empresa poseía en Morales -casualmente allí había triunfado la primera gran huelga- y el embajador Peurifoy transportó tras su triunfo a Castillo Armas en su avión hacia Guatemala. Se podrá comprender entonces cuál fue el sentimiento popular cuando la ciudad de Guatemala fue bombardeada por aviones de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos y cuando el país fue invadido por tropas mercenarias que vestían el uniforme norteamericano. Pero se trataba del nuevo gobierno republicano y en el Departamento de Estado se encontraba John F. Dulles, apoderado de la United Fruit y quien, como abogado, había redactado y firmado los contratos de 1930 y 1936. No casualmente el primer acto del nuevo gobierno dictatorial de Guatemala fue devolver las tierras a la empresa y firmar una larga serie de prebendas y nuevas exenciones fiscales. El primer campo de concentración que instaló la nueva dictadura se ubicó en una finca de la empresa, en Tiquisate. Pocos días más tarde se firmaban varios contratos petroleros con empresas extranjeras en el Petén y se autorizaba la instalación de cuatro bases militares de los Estados Unidos en la capital, en Chiquimula, Puerto Barrios y el puerto de San José. Como dato auxiliar que permite entender cómo pudo ocurrir todo esto, debemos tener presente que el directorio de la United Fruit Company reunía, sólo a nivel de sus directores, a empresas como el First National City Bank, Atlas Copco, Chrysler, American Telephone and Telegraph, Union Carbide, General Foods y el Hannover Bank. Es decir, lo más selecto del mundo de las finanzas y la economía mundial.

Con la caída de Arbenz, muchos de los hombres de la política y la cultura guatemalteca que pasaron al exilio escribieron o citaron los trabajos arqueológicos, sin ser necesariamente especialistas en el tema. Por ejemplo, en la obra de Manuel Galich intitulada Por qué lucha Guatemala, un clásico de la América Latina sobre este asunto, encontramos lo siguiente:

Afortunadamente para la justicia, contra las cadenas noticiosas yanquis, contra el chillido de los ladinos ladrones por herencia y contra las pastorales de un tonsurado traidor, que desgraciadamente también es guatemalteco, se levanta el acervo científico de norteamericanos de ojos limpios y europeos de austera y generosa ciencia, sabios unos y otros y no técnicos del saqueo, que ofrecen la evidencia incontestable de la existencia, antes en la libertad y hoy en la opresión, de un mundo espiritual inspirado en las más altas virtudes humanas y de un orden social fundado en la comunidad y en la justicia (34).

Más adelante insiste acerca de los “sabios y amateurs franceses, ingleses, alemanes, suizos, norteamericanos y centroamericanos que han consumido gran parte de su vida para desenterrar aquel hierático mensaje” y cita a renglón seguido a Sylvanus Morley, a Rafael Girard y a Robert Wauchope y no a la United Fruit, contra quien está escrito el libro (35).

Los trabajos de Zaculeu nunca fueron olvidados. Es difícil concebir que arqueólogos y antropólogos probadamente competentes, de ganado prestigio internacional, hubieran participado en esa gigantesca farsa montada por una empresa de las características de la United Fruit. ¿Cómo había sido posible que se establecieran objetivos prioritarios en la reconstrucción monumental por encima de los académicos? ¿Cómo se dejaron utilizar los investigadores para tratar de mejorar una imagen imposible de cambiar a través de actos culturales en los cuales el pueblo no había tenido la más mínima participación? Como siempre, el alegato posterior fue el de la “apoliticidad de la ciencia”. Otros aún insisten en que, como extranjeros, no pueden ni deben entrometerse en la política interior de otro país. Pero, ¿acaso no se entrometía ampliamente la empresa que los contrataba? Y lo que en estos casos no se llega a entender es que, aunque no hayan estado conscientes de ello, al hacer esa arqueología en Zaculeu estaban avalando políticas desgraciadas para Guatemala. Sólo sabiendo ver y prever cosas de esta naturaleza es que las barreras de la nacionalidad dejarán de ser un obstáculo para los científicos de todo el continente.

REFERENCIAS

1. Oscar Barahona Streber y J. Water Dittel, Bases de la seguridad social en Guatemala: informe de los señores Barahona y Dillel relativo a la implantación científica de un régimen de seguros sociales en Guatemala (Guatemala: Instituto Guatemalteco de Seguridad Social, 1947).
2. George Charles Shattuck, A Medical Survey of the Republic of Guatemala (Washington, D.C.: Carnegie Institution, 1938); y Che ster Teller y Vernon Bent, De mography Factors and Their Food and Nutrition Policy Relevance: The Central American (Guatemala: Instituto de Nutrición de Centro América y Panamá, 1977).
3. Guillermo Toriello, La batalla de Guatemala (México: Cuadernos Americanos, 1955) y Manuel Galich, Por qué lucha Gua
temala: Arévalo Y Arbenz, dos hombres contra un imperio (Buenos Aires: Elmer Editor, 1956).
4. René Molina Abril, Estudio de la mortalidad infantil en Guatemala (Guatemala: Edición del Autor, 1971).
5. Dirección General de estadística, Quinto censo general de población (7 de abril de 194W (Guatemala: Dirección General de Estadística, 1942); Sol Tax, El capitalismo del centavo: una economía indígena de Guatemala, 2 lomos (Guatemala: Seminario de Integración Social Guatemalteca, 1964); y Consejo Nacional de Planificación Económica, Cuadros estadísticos de población, censos 1950, 1964 y 1973 (Guatemala; Secretaría General del Consejo, 1978).
6. Galich, Por qué lucha Guatemala; y Thomas Melville y Marjorie Melville,
Guatemala: The Politics Land Ownership (New York: The Free Press, 1971).
7. Galich, Por qué lucha Guatemala; José de Atitlán, Guatemala: junio de 1954, relato de la invasión, de la caída de Arbenz y la re- sidencia popular (Buenos Aires: Editorial Fundamento, 1954); y Juan José Arévalo, Guatemala: la democracia y el imperio (Buenos Aires: Editorial Renacimiento, 1955).
8. Charles David Kepner y Jay Henry Soothill, El imperio del banano: las compañías bananeras contra la soberanía de las naciones del Caribe (Buenos Aires: Triángulo, 1957).
9. Stacy May y Galo Plaza, The United Fruit Co. in Latin America (Washington, D.C.: National Planning Association, 1958); Kepner y Soothill, El imperio del banano; y Thomas McCann, All American Company: The Tragedy of United Fruit (New York: Crown Publishers, 1979).
10. Atitlan, Guatemala; junio de 1954; y Toriello. La batalla (le Guatemala.
11. Kepner y Soothill, El imperio del banano.
12. Arévalo, Guatemala: la democracia y el imperio.
13. Gobierno de Guatemala, Mensaje quincenal, 13 de julio (Guatemala: Dirección General de Estadística, 1951).
14. John H. Adler, Eugene R. Schlesinger y Ernest C. Olsen, Las finanzas públicas y el desarrollo económico de Guatemala (México: Fondo de Cultura Económica, 1951).
15. Edgar Lee Hewett, “Two Seasons Work in Guatemala”, Bulletin of the Archaelogical Institute of America (1911): 3: 117-134; véanse también, del mismo autor: “The Third Seasson’s Work in Guatemala”, Bulletin the Archaeological Institute of America (1912): 3: 183-171; y “The Exeavation of Quirigua by the School of American Archaeology”; XVIII International Congress of Americanists (London: International Congress of Americanists, 1913).
16. Daniel Schávelzon, “Dorothy H. Popenoe y la arqueología en Centroamérica”. En prensa.
17. John Dimick, Zaculeu: Restoration by United Fruit Co. (New York: Middle Ameri- can Information Bureau, 1947).
18. Richard Woodbury y Aubrey Trik, The Ruine of Zuculeu, 2 tomos (Richmond: United Fruid Company, 1953).
19. José Antonio Villacorta C. y Carlos A. Villacorta, Arqueología guatemalteca (Guatemala: Tipografía Nacional, 1930); y “Las ruinas de Zaculeu”, Anales de la Sociedad de Geografía e Historia 1 (1930): 4: 454-466.
20. John Dimick, “Zaculeu, A Highland Maya Restoration Study”, El Palacio 44 (1948): 201 y 209; y Richard Woodbury, “Progress Zacualpa, Guatemala”, American Antiquity 14 (1948): 2: 121-122.
21. Daniel Schávelzon, La conservación del patrimonio cultural en América Latina: restauración de monumentos prehispánicos en Mesoamérica, 1780-1980, Instituto de Arte Americano, Buenos Aires, 1990.
22. Dimick, Zaculeu: Restoration by United Fruit Co., pág. 1; y Dimick, The Age of Zaculeu.
23. Dimick, Zaculeu, Restoration by United Fruit Co., pág. 4
24. Dimick, Zaculeu, Restoration by United Fruit Co., pág. 14.
25. Woodbury y Trik, The Ruins of Zaculeu, I: 25.
26. Woodbury y Trik, Tlte Ruins of Zaculeu, I: 30.
27. Dimick, Zaculeu, Restoration by United Fruit Co., pág. 9.
28. Véanse las siguientes obras del autor: “Historia de la restauración arquitectónica en México”, Vivienda 6 (1981): 5: 434-477; “La restauración de la pirámide de Cholula”, Documentos de Arquitectura Nacional y Americana 13 (1982): 96-104; “Conservaeión y restauración en el subdesarrollo”, Trama 33 (Quito, 1984): 24-28; y La conservación del patrimonio cultural en América Latina.
29. Robert Wauchope, Excavations Zacualpa (New Orleans: Middle American Research Instituto, 1948); y Robert Wauchope, “Tulane Expedition tu Guatemala”, El Palacio 54 (1948): 16-18.
30. Robert Wauchope, Zacualpa, El Quiché, Guatemala: A71 Anczcn1 Provincial Center of the Highland Maya (New Orleans: Middle American Research Instituto, 1975).
31. Daniel Schávelzon y Víctor Rivera: “Proyecto de restauración en la ciudad de Guatemala”, Documentos de Arquitectura
Nacional y Americana 19 (1985); 81-89; y
“La destrucción de Kaminaljuyú”, Mesoamérica 14 (1987), 535-551.
32. Arévalo, Guatemala: la democracia y el imperio; Galich, Por qué lucha Guatemala; y Luis Cardoza y Aragón, Guatemala: las líneas de su mano (México: Fondo de Cultura Económica, 1965).
33. Kepner y Soothill, El imperio del banano y Atitlán, Guatemala: junio de 1954.
34. Galich, Por qué lucha Guatemala, pág. 14.
35. Galia, Por qué lueha Guatemala, pág. 15.

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